domingo, 10 de mayo de 2009

Miuras a la Padilla

Miura
Fundi
Padilla
Valverde
(3 de Mayo, Sevilla, -fin de feria-)

Un toro de Miura le dio un cornalón en el ojo a Faustino Posada en Sanlúcar de Barrameda, un primo de mi abuelo materno, toreaba con Juan Belmonte, hicieron venir a su padre de Sevilla y durante una noche agónica sufrió lo indecible hasta exhalar el espíritu.

A Faustino lo siguió Francisco, su hermano, que tenía algunos desajustes nerviosos, hay quien dice que iban a recogerlo al manicomio para torear.

Villalón escribió:

“A Faustino Posada que murió
lo siguió Francisco Majaró”

Tengo un corto de cine donde se lo ve toreando con Joselito en la inauguración de la Monumental de Barcelona. El padre de ambos había sido mayoral de Tablada, creo que Chaves Nogales cuenta como éste hacía la vista gorda para que pudieran hacer la luna, que es como llaman los cursis a torear de noche, con el Pasmo de Triana.

Esta dinastía –a la búsqueda de su gran figura- continuó con Antonio Posada, al que le pilló la Guerra y que fue, luego, asesor artístico durante muchos años de la Maestranza o Juan Posada al que las cornadas retiraron pronto (hoy reconocido crítico y escritor), pero que tuvo un capote templado que en algún vídeo hemos disfrutado.

Esta tarde torea en Madrid Ambel Posada el último vástago, no nos conocemos, ojalá sirva este recuerdo para darle suerte y no “jindama”.

Es de suponer que la afición, como la bravura de los toros, se propaga misteriosamente a través de los genes… o no. Taurinamente hablando yo soy de otro encaste hecho de Televisión Española y Canal +, vamos, como los Juampedro…, aunque todo cuenta.

Viene esta introducción para seguir con los Miura del achicharrante domingo pasado.

La Leyenda de Miura se forjó con la muerte del Espartero que, añado, había nació en la Alfalfa justo donde comienza la Calle Águilas donde nació mi madre….

Empieza usted de nuevo, ¿y Manolete?

Me contaba mi tío Antonio, a quien Dios tiene en su gloria, que de camino a La Granjuela que era el pueblo cordobés del padre de mi padre, por los polvorientos paisajes de Jaén y la Córdoba reseca de la posguerra, pasto del hambre y de la tremebunda mano negra, vio el cartel que anunciaba a Manolete en la Plaza de Toros de Linares…

¿Sigue?

Sigo. Quiero decir con esto que los Miuras se ha prestado ya a demasiadas mixtificaciones y que convendría poner a la ganadería en su sitio.

Es un tesoro disponer del encaste más antiguo, pero esto no significa que no haya degenerado hasta hacerse inmanejable, en lo que lo llevo visto. Hasta hoy, quizá.

Este encaste, además, era lidiado por Pepe Luis y por Manolete, luego era toreable.

Y puede volver a serlo. Si el público lo apreciara.

¿A qué este afán de consagrar a estos bellos bisontes de espectaculares capas a la innoble tarea de asustar al personal?

Si estamos en contra del toreo tremendista, también deberíamos estar en contra del toro tremendista, no del toro agresivo y pujante, sino del toro asesino, de esos de los que dice Esplá: “como te coja te parto en dos” y que dejan con su mirada –continúa el maestro de Alicante- más miedo que otros tabacazos previsibles.

Se repite demasiado este cartel en Sevilla, los toreros que vayan superando la prueba deberían torear otras ganaderías si las hubiera o hubiese, que parece que no. A Padilla, que ha desesperado de la idea de pegar un día un natural, ahora que los ha dado, ¿por qué no ponerlo en una corrida de dulce?

Y ahora al lío, pero rápido, que a las siete hay novillada en La Maestranza y me he colado en los terrenos de San Isidro para completar la gesta, nunca vista, de tener completada la reseña feriante de Sevilla.

El Fundi me gustó muchísimo con ambos antagonistas, especialmente con el segundo, la manera de andarle al toro, los pases acabados por alto alargados atrás, el macheteo por la cara, la seguridad ante los imponentes cornúpetas, (el primero parecía un Uro), oro viejo, como otras veces hemos dicho. Toreo arqueológico como los toros, precioso, pero para el aficionado. No cala en los tendidos de las ferias, pero sí en esta plaza, con la estocada bien recetada a la primera hubiera colgado alguna oreja en el esportón.

Este año, a diferencia del pasado, en el que uno de los hermanos ganaderos coincidió cerca de nuestro palco, sólo echaron un toro al corral de los de Miura, pero el del Serrano que salió no permitió a Valverde nada de nada ( a uno de esta ganadería había desorejado Manzanares) y, a la postre, fue el más Miura de los toros corridos. Apenas tengo recuerdos de lo que hizo Valverde en su primero, supongo que no hubo toro, nada.

En esto salió un maletilla del patio de cuadrillas (esto alguien tiene que hacérselo mirar), dicen que un aficionado práctico, que dio dos pases por alto bastante estimables y pudo hacer realidad su sueño, la lidia antigua en el albero viejo.

Hay que respetar los sueños.

Y Padilla puedo hacer realidad el suyo. Es un torero muy heterodoxo, pero hay que saber valorar lo que aporta también en la Plaza, cosas viejas y maneras de ciclón nuevo ¿no eran ciclones o vientos de levante lo que llegaban desde la tierra gaditana de Paquiro? Cádiz, la isla y los Puertos, no es sólo Paula o Galloso, pero, a la que se descuide, (perdonen la exageración) Padilla pudiera serlo. Me conmovió el vídeo de Canal Sur en el hotel con su familia y sus hijitos, rodeados en la alegría –hay que llevar la alegría a los toros-, pero también como quien se despide de los suyos para ir a la guerra. Como cuando el hijo de Héctor en la Ilíada lloraba al ver a su padre al calarse el aterrador yelmo de Ilión. El capote de paseo que Padilla no sabe o no quiere liarse.

Alguna vez ha dicho guasonamente que ya no torea de salón porque nunca va a poder dar un pase artístico, pero algo se le ha pegado de su amigo Morante.” ¡Los toros que torea el Morante, esos son lo que yo quiero!" le decía a su hijo.

Han afeado al segundo toro, Platero (¡qué nombre más bien puesto para una embestida tan dulce! ) su pastueña condición, pero Padilla nunca olvidó que se trataba de un Miura, si no, hubiera cuajado todavía una faena más profunda. El toro aprendía rápido.

Toreó con mucha delicadeza, seriedad y gusto, con pases suaves nobles, ligados y cadenciosos, aunque sea Padilla. Pedimos muy contentos la oreja. Porque con tantísimo calor como el que hacía, el día más ardoroso de la fiesta, apoyado en los hierros del balcón como en una fragua candente, necesitábamos eso: Miuras a la Padilla para celebrar el final de la feria más aburrida del mundo.

PS: Y, tras la feria, la bruma del septentrión invade las calles hanseáticas de la industrial Sevilla que rápidamente vuelve a su infatigable trasiego comercial y calvinista… ¡Y después de la Feria para el Rocío!

1 comentario:

L.C. dijo...

Grandioso epílogo, José María.

Una pena que el pariente no haya estado como debiera en la capital.