lunes, 14 de agosto de 2017

Otra forma de prohibir

La decisión de Morante de cortar su temporada nos ha sorprendido a todos. La razón esgrimida, el cansancio de presidentes y veterinarios que imponen un tipo de toro con el que es imposible hacer el toreo que él desea, ha suscitado todo tipo de reacciones, desde quienes creen que Morante es el menos indicado para hacer esta crítica hasta quienes creen que es sólo una excusa.
Tengo para mí que las razones para esta retirada (esperemos que temporal) son variadas. Y que probablemente tenga necesidad de descansar, de reflexionar, de reencontrarse con su mejor toreo, de encontrar nuevos aires en la gestión de su carrera,… Pero la referencia al tipo de toro no es una excusa. El toro que sale ahora en la mayoría de las plazas es un toro mucho más grande, ofensivo y menos armónico que hace tres o cuatro décadas. El problema o la referencia no deben ser Madrid, Pamplona o Bilbao. La cuestión es que en Sevilla ya no sale el “toro de Sevilla” y que en plazas como El Puerto, Sanlúcar, Córdoba, Málaga, Granada, Badajoz, Valencia, se ha impuesto un tipo de toros que poco tiene que ver con lo que ha sido y debe seguir siendo el toro de lidia.
Morante ha podido elegir ganaderías. Pero muchas veces los veterinarios y presidentes no han aprobado los toros elegidos en el campo de esas ganaderías. La última vez, en el Puerto, la tarde tras la que anunció su decisión.
Que los toros elegidos fueran a servirle más que los que salieron o no es una incógnita (también al Juli le obligaron a cambiar de toros, incluso de ganadería, y los que vinieron le propiciaron un triunfo histórico). Pero la cuestión no es esa. El problema es qué razones hay para que un veterinario y un presidente decidan los toros que deben lidiarse, si los reseñados tienen la edad correspondiente. No me vale, lo siento, el argumento de que debe velarse por la seriedad de la plaza y cosas por el estilo. Lo único que hay que garantizar es que el toro está sano (y en eso el veterinario sí debe opinar), que tiene la edad y que el público está informado de lo que va a lidiarse. Eso es más que suficiente para que quien quiera vaya a la plaza y quien no deje de hacerlo.

Porque imponer un determinado tamaño y tipo de toro es una forma de prohibir una cierta tauromaquia. Y no hay razones de ningún tipo para que escudándose en la defensa de la integridad de la fiesta se prohíba una manifestación de ésta, perfectamente lícita y necesaria.

domingo, 13 de agosto de 2017

Reflexiones de agosto

Inmersos en el que tradicionalmente se ha considerado el fin de semana más taurino del año, que marca también el inicio de una segunda parte de la temporada con ferias muy relevantes (Málaga, Bilbao, Cuenca, Albacete, Logroño, Zaragoza,…), conviene hacer un pequeño alto en el camino y tratar de ordenar algunas reflexiones sobre las múltiples cuestiones que nos preocupan a los apasionados de la tauromaquia.
Hasta ahora, el año ha estado marcado sin duda por la muerte de Iván Fandiño. Menos de un año después de la de Víctor Barrio. Dos tragedias que nos recuerdan la terrible dureza del toreo, su imponente verdad. La que nos interroga y la que refleja la más profunda libertad de los héroes: poner su vida al servicio de un sueño.
A pesar de la tragedia, o quizá por ella, la vida taurina sigue su ritmo, y los festejos y las ferias se suceden con su habitual frecuencia. Y cuando uno repasa lo que está sucediendo en las plazas lo primero que observa es que, en general, está yendo más gente a las plazas. No a todas ni en todos los sitios igual, pero da la impresión de que hay mejores entradas. Las razones pueden ser variadas, pero uno tiende a pensar que es cierto que existe una cierta mejoría económica y que la asistencia a los toros, como actividad lúdica que es, correlaciona de forma bastante directa con los ingresos de los ciudadanos.
La asistencia a las plazas resulta incluso llamativa en algunos lugares. El fin de semana pasado, sin ir más lejos, resultaba realmente curiosa la buena entrada que había en las localidades de sol en la plaza de Huelva. Con el calor que hacía, a quienes se sentaban en aquellos tendidos habría que pagarles, y no cobrarles entradas no precisamente baratas. Sé que para algunos las plazas no deben perder un ápice de su incomodidad porque de ello depende la pureza del rito. Pero debo reconocer que yo soy de los que opino que el rito está en el ruedo y que en todo lo demás hay que adaptar las plazas a los estándares de comodidad de cualquier actividad cultural de alto nivel del siglo XXI, que es lo que es la tauromaquia.
Esta reflexión nos llevaría a hablar de Madrid y de sus obras. Pero el asunto tiene tantas derivadas que bien merece una reflexión independiente. Basten solo algunas afirmaciones tan personales como contundentes: Las Ventas debe ser una plaza de toros, pero también un espacio en el que se desarrollen otras actividades sociales, culturales y artísticas, siempre que con ello no se perjudique su finalidad taurina principal. Eso no es una profanación de un templo ni nada parecido; es una consecuencia básica de la necesidad de utilizar de forma eficiente y obtener rentabilidad de cualquier inmueble público (y si se hace con inteligencia, es una manera de promocionar la tauromaquia). A la vez, este carácter público de la plaza de Las Ventas nos recuerda la fragilidad de depender de cosos de titularidad pública. Y obliga además a la Administración a analizar con cuidado los pliegos de los concursos que convoca (incluir en el pliego la posibilidad de realizar actividades para las cuales la Plaza no cumple los requisitos legales es, cuando menos, poco inteligente). Por otro lado, sería bueno que la empresa demostrara ante esta situación la misma locuacidad que en los momentos inmediatamente posteriores a la concesión de la plaza y en el inicio de la temporada: la transparencia debe ser un compromiso real y constante, no un discurso oportunista cuando mejor convenga.
Lo sucedido en las Ventas, en San Isidro, con el anuncio del “cierre” por obras y con la programación veraniega, lleva a otra reflexión fundamental: la realidad no es lo que se publica en twitter y la plaza se llena por gente cuya vida no gira en torno a la tauromaquia (lo cual, por otro lado, es una bendición y una demostración de sentido común). Generalizando: la fiesta la sostiene el público y no los aficionados (sea quien fuere quien reparta los carnets de aficionado). Algunos creen que no existen aficionados porque las empresas se han empeñado en aniquilarlos, ya que son mucho más críticos que el público ocasional (también más fieles a la taquilla, habría que apuntar). Probablemente las empresas habrán agradecido que haya menos aficionados, pero ni siquiera han tenido que hacer el esfuerzo de acabar con ellos porque la falta de difusión de la tauromaquia en los medios generalistas hace que seguir la evolución de cada torero, aprender sobre la diversidad de encastes o sobre el momento de los distintos hierros sea imposible fuera de los círculos de iniciados.
Aquí surge, una vez más, el principal desafío de la tauromaquia en los próximos años: la normalización social y la consecución de un espacio público acorde con su importancia real en los hábitos culturales y de ocio de los españoles. Me consta que este es, junto con la defensa jurídica frente a los ataques que recibe la tauromaquia, el principal objetivo de la Fundación del Toro Lidia.
¡Ah, la Fundación! Lo han explicado miles de veces, pero parece que algunos no quieren entenderlo. La Fundación surge y pretende liderar el debate “nosotros” (defensores de la tauromaquia) frente a “ellos” (los que quieren invisibilizarla o prohibirla). Por tanto, la Fundación no va a entrar en el debate sobre el trapío de los toros en una plaza, ni en la diversidad de encastes, ni en la actuación de ciertos empresarios,… Uno puede creer que lo único importante para defender la tauromaquia es que las figuras se acartelen con todos los encastes y que haya toreros a los que se den más oportunidades. O que en las Ventas no se den conciertos de rock and roll. Sea eso cierto o no, la función de la Fundación no es esa. Lo que está haciendo es imprescindible. Y haber conseguido unir para ello a los variopintos sectores de los taurinos es un gran logro. Su labor, además, no excluye otras acciones (conjuntas, o por parte de aquellos que quieran librarlas). Pero tratar de atacarla o criticarla por no dar otras batallas internas es no haber entendido la importancia del debate actual con los enemigos de la fiesta.
En el debate por tener una cierta repercusión social las empresas han empezado a tomar conciencia de que tienen que hacer cosas nuevas. Es quizá lo único de lo que hayan tomado conciencia; a lo demás: hacer carteles atractivos, facilitar la compra de entradas, el acceso a la plaza, mejorar la comodidad, etc. parece que la mayoría ha renunciado. Pero en lo de intentar tener visibilidad todos han tratado de hacer algo. Empresas torpes y rancias como la de Sevilla han abierto la plaza y han convocado para torear de salón en la Puerta de Jerez. Y otras modernas y activas como Lances de Futuro dinamizan la ciudad de las plazas que regentan con múltiples actividades taurinas y consiguen con iniciativas novedosas (toreo de salón de Garrido en la playa de Vistahermosa) tener cierto protagonismo en informativos generalistas.
Pero todo lo anterior tiene después que verse refrendado cuando suena el clarín. Desafortunadamente, hoy para defender la tauromaquia no basta con lo que sucede entre toro y torero. Pero, a la vez, sin que emocione e ilusione lo que pasa en el ruedo ninguna defensa será suficiente. El peligro está siempre presente (como lo demuestran las cornadas mortales a Víctor Barrio e Iván Fandiño) pero el tipo de embestida de muchos toros y el exceso de técnica de muchos toreros hace que, en demasiadas ocasiones, falte el punto de emoción imprescindible. En demasiadas ocasiones sale un toro descastado y noblón. Un toro con el que sólo la genialidad (Morante) o el compromiso extremo (José Tomás) consiguen poner en pie a la gente del tendido. Hay grandísimos toreros en el escalafón. Algunos con muchos años de alternativa y no pocos con gran interés de las últimas hornadas. Pero su toreo sólo brilla con un toro encastado, un toro que sale por chiqueros con menos frecuencia que la deseada.
La temporada también nos ha traído (¡qué le vamos a hacer!) debates jurídicos sobre la prohibición de la tauromaquia y sobre los reglamentos. Lo de la prohibición en Palma es algo que, por chusco, no debería merecer el más mínimo comentario: como querían prohibir los toros y el constitucional dijo que las comunidades autónomas no podías hacerlo, lo regulan para hacerlo inviable. Esperemos que el constitucional entre al fin en el fondo del debate en el que no quiso entrar en la sentencia sobre la prohibición catalana y refrende la imposibilidad de que ninguna comunidad autónoma establezca regulaciones contrarias al desarrollo normal de la lidia.
Pero el problema de fondo es que se ha reconocido a las comunidades autónomas la posibilidad de regular el desarrollo del festejo (algunos pensamos que el problema es que el festejo esté regulado, pero eso sería un debate más complejo). Y las comunidades son muy suyas ejercitando sus competencias. Andalucía anuncia ahora un nuevo reglamento limitando el número de estocadas o descabellos. Y la gente se alarma y pide un reglamento único. Y así debería ser (un único reglamento o ninguno, pero desde luego no diecisiete). El problema es que en un país donde el calendario de vacunaciones o el temario escolar varía entre comunidades autónomas, donde hay padres que tienen que defender en los tribunales el derecho de sus hijos a aprender en español, donde cada comunidad autónoma tiene un sistema informático distinto para la administración de justicia, sin comunicación posible entre unas comunidades y otras,… reivindicar la unidad del reglamente taurino resulta hilarante.

Bien dijo el maestro Ortega y Gasset que la tauromaquia es un espejo que refleja fielmente el estado de nuestra sociedad. Pues eso.