jueves, 23 de agosto de 2018

Ocurrencias estivales

Un ganadero dice que "los toros" son un espectáculo donde la gente no paga por ver "toros" sino "toreros". Y quizá no le falte razón. Así están las cosas.

Muchos aficionados le llaman de todo; pero quizá sólo los que lo han criticado (uno a uno, sin faltar ni sobrar uno) son los acuden a las plazas a ver toros. El resto, o va a ver lo que le cuadra (porque son las fiestas de su pueblo, del de al lado o del de la parienta) o va a ver cualquier cosa.

El ganadero en cuestión, dicho sea para el análisis de quienes creen que la competencia es beneficiosa para la sociedad y el mercado, gana más dinero criando toros que el público no demanda y que no atraen gente a la plaza, que la mayoría de los ganaderos que sí crían toros que, con independencia de los espadas que los lidien, atraen público a las plazas. Así están las cosas.

Mientras, otros ganaderos (y ganaderas), manifiestan desde la venerable sabiduría que sólo dan los años y los peculiares cardados capilares, que las figuras son de pitiminí porque no quieren lidian sus toros, porque torean mucho con la muleta y porque ella se aburre con ese toreo. La periodista, eso sí, olvidó preguntarle la última faena que le había emocionado con uno de sus toros (no la que ella se imaginó con algún toro que le gustó, sino alguna faena real).

Los aficionados, entretanto, recuerdan a los empresarios taurinos las declaraciones del Ministro del ramo diciendo que si la bajada del IVA al cine no repercute en el precio de las entradas se volverá a subir el IVA. E instan al Ministro a que suba el IVA del toreo porque no han bajado las entradas. Tanto aprecian a los "productores" que prefieren el dinero en mano de los políticos que en el negocio de la Fiesta. Así están las cosas.

Un aficionado en el apartado de Bilbao grita que todos los toros están afeitados. Lo hace a voz en grito cuando se está desarrollando un acto que, en aquella tierra, tiene su liturgia y se realiza con el debido respeto a los toros y a los aficionados. No espera a que finalice el acto, ni a un momento más oportuno, sino en el que puede llamar más la atención. Porque es de buenos aficionados taurinos gritar de modo vehemente en cualquier momento. Y algo que en cualquier otra actividad artística sería unánimemente repudiado por los demás espectadores, aquí es aplaudido por los aficionados más aficionados entre los aficionados porque representa lo que estos aficionados más aficionados entre los aficionados quieren oír. Y como las clases bien de Bilbao, el Presidente del festejo y la Junta Administrativa le hicieron callar, estos son unos paniaguados de los taurinos.

Y la Junta Administrativa dice que va a prohibir a este señor acudir a más apartados. Y los aficionados más aficionados entre los aficionados dicen que no se rinda y vaya. Y él dice que va a ir... Y mientras, en la plaza, Padilla y dos figuras llenan solo media plaza. Pero el problema es que un ganadero dice que la gente va a ver a los toreros, que ese señor no es un ganadero sino un "ganaduros" (y a fe que lo es más que los de su gremio), que las figuras son de pitiminí, que es mejor un IVA más alto para el Gobierno que un mayor margen para los comisionistas del taurineo, que gritar en medio de un apartado con su ritual es libertad de expresión y que el mejor modo de acabar con los aficionados que protestan es echándoles de las plazas. Eso sí, cuéntenme si en las barras de los bares, si en los programas de televisión, si en las colas del supermercado, si en las playas o en los trabajos este verano alguien les habla de toros (o de toreros). Así están las cosas...


miércoles, 8 de agosto de 2018

A vueltas con las plazas de toros

Ayer en Twitter, dos noticias volvieron a poner en evidencia que la propiedad de las plazas de toros es una de las principales debilidades de la Fiesta. Por un lado, se recordaba cómo, en plena feria de la Virgen Blanca, este es el segundo año sin toros en Vitoria, planteando algunos la falta de generosidad de los taurinos para hacer los esfuerzos que hicieran falta para haber mantenido los festejos en esa plaza. Por la tarde, un tweet anunciaba que una empresa inmobiliaria había hecho una oferta por la plaza de toros de Córdoba, lo que podía hacer que la ciudad de los Califas dejara de tener plaza de toros.
Desde aquí se ha dicho reiteradamente y desde hace muchos años: el hecho de que los empresarios (ahora, algunos, “productores”) no tenga el control (propiedad o arrendamientos a largo plazo) de los lugares en los que se pueden desarrollar festejos taurinos deja la celebración de estos festejos en mano de los intereses y conveniencias de personas ajenas al mundo taurino, ya sean entidades públicas o privadas. Es cierto que el hecho de que las plazas sean propiedad de “taurinos” no garantiza que las cosas se hagan bien, pero al menos evita que sean otros, y sus intereses, los que decidan por nosotros. (Un apunte aquí: Barcelona, en esto, no es una excepción, porque la propiedad de la plaza –Balañá- no era ya, cuando se decretó la prohibición de los toros en Cataluña, una empresa taurina, sino una empresa de salas de espectáculos diversos en los que la tenencia de la plaza de toros era algo residual en su cuenta de resultados).
Los casos de Vitoria y de Córdoba son paradigmáticos de esa dependencia de otros. En Vitoria, por ejemplo, a pesar de lo que algunos crean, los toros no están prohibidos. Como nunca lo estuvieron en San Sebastián, a pesar de que durante varios años no se dieron festejos en su plaza. La plaza de Vitoria es una plaza de titularidad municipal en la que el Ayuntamiento, en el ejercicio de sus competencias, ha decidido sacarla a concurso en condiciones diferentes de las que permitieron a los empresarios taurinos, en el pasado, que las cuentas les cuadraran. Ahora, existe un canon (muy modesto, pero lo hay) y no hay ayudas municipales de ningún tipo. Parece que, en esas condiciones, no hay ninguna empresa a la que le cuadren las cuentas.
Obviamente, lo primero que podemos plantear es por qué el Ayuntamiento modifica sus criterios y discrimina a los toros respecto a otras actividades de su feria, quitándoles cualquier ayuda y obligando a pagar dinero para su celebración. Sin duda, es algo deplorable, pero al menos en apariencia es legal que lo haga: el Ayuntamiento puede decidir en qué invierte sus recursos y cómo se gestionan sus bienes municipales. Lo que habría que plantearse, entonces, es cómo es posible que no cuadren las cuentas por tener que pagar 3.000 euros por utilizar un recinto para dar toros en una plaza de segunda. Algo está mal, muy mal, en la estructura del negocio taurino si con este coste del “piso de plaza” los números no salen.
Lo de Córdoba es más curioso aun. La plaza de toros es de propiedad privada. De unas familias que tienen reservada el mejor tendido, que no pagan por ir a los toros y que alquilan la plaza para este menester a quien tiene por conveniente en las condiciones que deciden. En los últimos años, la empresa gestora ha sido la FIT, en una labor que no ha sido precisamente brillante en cuanto a número de festejos y asistencia de gente (a cambio, este año pudimos ver unas faenas de Finito y de Morante realmente memorables).
Si ahora la propiedad de la plaza recibe una oferta para vender la plaza a alguien que cree que puede desarrollar un negocio inmobiliario en su emplazamiento, lo probable es que valore la oferta. Y luego, que decida según le convenga. Es cierto que los taurinos querríamos que decidieran conforme nos interesa a los aficionados, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Ciertamente tienen una responsabilidad para con la sociedad de la que forman parte y especialmente con los aficionados, los ganaderos, los toreros,… y todos aquellos que de un modo u otro están vinculados con lo que sucede en la plaza (los stakeholders de los que hablan los anglosajones). Pero si ni los empresarios, ni los toreros, ni los ganaderos invierten sus ahorros en construir plazas de toros, ¿por qué unos terceros deben mantenerlas en vez de poder monetizar su valor y gastarlo o invertirlo como tengan por conveniente?

Construir una plaza de toros es algo costosísimo. Hacerlo sólo para dar espectáculos taurinos no tiene ningún sentido en la actualidad. La propiedad de la mayoría de las plazas están en manos de entidades públicas y privadas que nada tienen que ver con la tauromaquia. Y los taurinos no han invertido en absoluto en la construcción de las plazas o en investigar si es posible adaptar otros espacios para dar espectáculos taurinos. Por eso, la posibilidad de celebración de espectáculos taurinos depende de la decisión de otros, que no son ni los empresarios, ni los toreros, ni los ganaderos. Sólo con la unión de toros (aficionados incluidos) se puede seguir exigiendo a las administraciones y propiedades privadas que las plazas de toros se destinen a los fines para los que fueron construidas. Pero no estaría de más que alguien comenzara a pensar en cómo hacer para que la Fiesta no descanse casi totalmente en manos completamente ajenas.

sábado, 4 de agosto de 2018

Cuando lo que importa... (Huelva, 3 de agosto de 2018)

La tarde del 3 de agosto en Huelva era importante, sobre todo, porque un hombre se había sobrepuesto al infortunio. A David de Miranda le habíamos visto hacía dos años tomar la alternativa en esta misma plaza de manos de José Tomás y lo hizo con una seriedad y un buen toreo que habrían debido ser recompensado con más oportunidades en las plazas. Pero el negocio de los comisionistas del toreo está como está y las oportunidades casi no llegaron. En la última de ellas, en Toro, el año pasado, sufrió una voltereta que a punto estuvo de costarle la movilidad. Una buena atención médica, su constancia y un punto de suerte le han hecho recuperarse. Ayer en su primer toro (el tercero de la tarde) dio una dimensión litúrgica de su toreo, quizá tratando de imitar en exceso a su padrino de alternativa, pero la pureza en su forma de recibir con el capote al toro, las saltilleras ajustadísimas y con solo un pedazo de capote en el quite y la rotundidad y cercanía absoluta y sin aspavientos con la muleta conectaron con el público, que se regocijó con el toreo y con la vuelta a la profesión (a una vida plena) de David de Miranda.

A destacar, que antes de salir el primer toro, cuando todos esperábamos que se le recibiera con una gran ovación esta empezó muy tímida, y fue Morante quien, en el ruedo soltando las muñecas, le animó a salir a saludar, momento en el cual el aplauso se tornó unánime.

Antes de que en el tercero, David de Miranda se reencontrara con el hombre y con el torero, las faenas al primero y al segundo hacían presagiar una tarde nefasta. Sólo se salvó, ¡y cómo! el inmenso toreo de capote de Morante a su primero, tan personal, tan puro, tan hondo,... tan repetido que, a pesar de ser un milagro, nos parece que es lo normal. Ese toro llegó a la muleta completamente parado y fue imposible hacer nada con él. Como con el segundo, al que Manzanares cuidó en los primeros tercios, pese a lo cual se derrumbó completamente tras el primer muletazo y hubieron de levantarlo, no sin esfuerzo, coleándolo. Al siguiente paso volvió a caer con estrépito y esta vez hubo que levantarle tirando de rabo y cornamenta. Lo razonable después de aquello hubiera sido prepararlo para la muerte o al menos taparse un poco, pero Manzanares se colocó y citó como si pretendiera hacer una faena con todos los rigores, desde la hondura, algo que se antojaba esperpéntico con aquel bicho.

Lo del tercero está ya contado. Y lo del cuarto es inenarrable. Morante hizo una de sus faenas más completas que le hemos visto. Uno no es mucho de contar despojos, pero si hay una faena merecedora de rabo es una faena como la de ayer de Morante en El Puerto, porque toreó extraordinariamente bien en todos los tercios. Lo hizo todo. Y todo lo hizo bien. Toreó con el capote de recibo en una mezcla inspirada de verónicas y delantales extraordinarias, cerrando con una media grandiosa. Llevó al toro al caballo con un natural galleo por chicuelinas, leves, al paso,... Quitó desde el mismo caballo con nuevos lances llenos de torería. Cuando el Lili tenía ya en sus manos las banderillas con los papelillos colorados (y no blancos y azul, como es usual en Huelva), Morante le pidió sorpresivamente los palos y puso tres pares de banderillas desde el más absoluto clasicismo, los dos primeros en cercanía (con susto incluido en el segundo al no saltar la barrera y hacer el toro por él) y el tercero en un quiebro perfecto entre las tablas y la primera raya. Con la muleta hizo una faena variada, no muy larga, pero en la que intercaló series de derechazos y al natural con un comienzo inspirado y remates y pases de diversa factura. Sobre todo, con una torería en la cara del toro inmensa. El toro se puso complicado para cuadrarlo (escarbaba siempre), pero Morante lo colocaba, primero con el luego, luego con la muleta en alto plegada,... Hasta el que el toro estuvo cinco segundos sin escarbar y el de La Puebla ejecutó el volapié en corto y por derecho.

Seguro que hemos visto a veces a Morante trazas alguna verónica o alguna media de más belleza, y algún par de banderillas (aquel con las cortas en Ronda sentado en una silla de enea...). Le hemos visto alguna serie de muletazos mejor con algún otro toro, adornos más inspirados,... Pero es que lo de Huelva ha sido un compendio total de torería en sus tres tercios. Con guiños culturalistas, como decía mi amigo José María Jurado, al toreo de otros tiempos, a otros maestros, a otra forma de estar delante del toro. Sólo eso justifica los kilómetros a Huelva y los de toda una temporada. Como los justificó lo de Córdoba. Y como tantas y tantas cosas que vemos.

Para quienes acostumbran a decir que las faenas de muleta no tienen por qué tener más de quince o veinte muletazos, una faena como la de ayer de Morante debe ser paradigmática. Porque es realmente extraño que un torero pueda dar más de sí en todos los tercios. Lo importante no es la perfección del trazo de un natural o un pase de pecho, es el modo único en que un creador dibuja una obra de arte efímera con una personalidad única y trayendo retazos de la historia del toreo.

Luego, Manzanares trató de resarcirse con el quinto, un toro que cabeceaba y ponía más problemas. Manzanares aprovechó su empaque, pero faltaba ajuste (mucho). La diferencia era muy notable. Hubo momentos de trazo bello, pero muy distante; ligazón aparente, pero a base de sacarse al toro muy lejos al final de cada muletazo;... Además, la primera estocada (que cobró después de buscar al toro, andarín, por toda la plaza) hizo guardia.

Y el último fue un toro con menos posibilidades. No tan parado como los dos primeros, pero sin la nobleza de tercero y cuarto. David de Miranda lo intentó, pero faltó la garra del tercero, el asentamiento, quizá también la claridad de ideas y la decisión. Aun así, sólo por la faena del tercero y por haberse recuperado al torero y al hombre, deberían darse más oportunidades a este matador.

domingo, 1 de julio de 2018

La importancia de José Tomás (Algeciras, 29 de julio de 2018)

Haber podido estar la tarde del viernes en Algeciras ha sido (personalmente) muy importante. Incluso más allá de lo que sucediera en el ruedo, hay historias de lucha y esperanza que merecen mucho la pena. Y hay quienes acompañan desde la generosidad de un modo impagable.

Pero después de todo, íbamos a ver una corrida de toros. Como cuando de niños perseguíamos al Niño de la Capea, a Julio Robles, a Paquirri, a Esplá o a Espartaco cuando bajaban las escaleras del hotel camino del coso de la Era de los Mártires.

En Algeciras eran José Tomás y Perera. A decir verdad, era José Tomás, que había decidido volver en Algeciras y hacerlo mano a mano con Perera. Porque si hay algo que caracteriza a José Tomás, y que admiran y odian por partes iguales sus acérrimos partidarios y sus detractores es la capacidad de elegir dónde torea, qué toros lidia, con quién comparte cartel y cuánto cobra por hacerlo. Otros lo han soñado, pero de los que lo han intentado él ha sido el único que lo ha podido llevar a cabo. Y eso enerva visceralmente a muchos, a casi todos los mediocres que inundan los callejones de las plazas de toros.

De lo que sucedió en el ruedo han tenido ustedes noticia cabal. Si no, lean El Mundo, Cuadernos de Tauromaquia, ABC, Taurología, La Razón, La Vanguardia, El País,... Y busquen las imágenes, que las hay en abundancia.

No tiene sentido glosar aquí cada uno de los lances de José Tomás, cada serie de pases de muleta,... La importancia de José Tomás supera la descripción detallada de sus faenas. José Tomás impresiona por el rito. Por el supremo respeto al hecho de vestirse de torero. Por cómo hace cada una las cosas cuando está en el ruedo.

El viernes toreó de forma sublime con capote y muleta. Con una variedad infinita (recuerdo aquí aquellas palabras de Vidal glosando la faena de Curro Romero a Soneto una Feria de Otoño: "ha dado más variedad de pases en cuatro minutos que el resto del escalafón en toda la temporada"). Y lo hizo todo con una cadencia, una templanza y una naturalidad escalofriantes.

Los toros no acompañaron. Y aun así, su maestría se sobrepuso.

Que muchos de quienes estábamos en la plaza íbamos a verle triunfar... ¡Por supuesto! Que eso nos hizo engrandecer fases menores ¡Para nada!

Como tampoco nos hizo disfrutar menos del inmenso toreo de Perera (indulto aparte). Que tuvo en la de Algeciras una de sus tardes más importantes. Como reivindicación de una forma de entender la profesión tan dura como gratificante (esa independencia junto a Cepeda). Y por un toreo que, más allá de las cercanías, nos recordó al de su año de explosión en figura, engrandecido por un poso de sabiduría que sólo dan los años.

Perera toreó extraordinariamente bien. Espoleado por José Tomás, que no sólo llena incluso las tardes que no torea en las ferias en las que se anuncia sino que saca lo mejor de sus compañeros cuando se anuncian con él.

A quienes dicen que José Tomás debía competir en más ferias y con todos los toreros debería recordársele que José Tomás ha toreado con todas las figuras actuales del escalafón. Y que todos ellos han sacado lo mejor de ellos mismos la tarde en la que se anunciaron con el de Galapagar. Que alguno de ellos intente hacer lo mismo en número festejos, en elección de compañeros, en imposición del caché,... Y veremos qué sucede.

José Tomás es fundamental en estos años porque reivindica la pureza del rito, la naturalidad como esencia del toreo, la variedad, la improvisación y la creación de nuevos pases (o la reinterpretación de otros). Además de exhibir su profunda libertad dentro y fuera del ruedo. Pero también es fundamental porque exige lo mejor de quienes se anuncian con él.

Ha conseguido que cada tarde que se anuncia sea un acontecimiento. Un acontecimiento que trataremos de no perdernos mientras podamos.



domingo, 29 de abril de 2018

En un colegio de Triana

Sucede en un mes de abril en un colegio público de Sevilla, de Triana por ser más precisos. La semana siguiente a la Feria. Es una clase de chavales de nueve y diez años. La profesora, antitaurina confesa, está adiestrando a los niños en los rudimentos del debate, de los argumentos, de la exposición de un punto de vista,... Una clase de lengua, en fin.

Son más de veinte "chicos y chicas" y les propone hablar de por qué hay que matar a los toros en una plaza. Todos defienden que no está bien. Todos menos una niña, que argumenta, frente a todos sus compañeros, que a ella le gustan los toros, que es mejor que maten a los toros en la plaza que en un matadero o que si se espera a que se mueran enfermos y su carne no pueda utilizarse, a ver cómo vamos a comer carne. Y que, además, a veces, cuando el toro es muy bueno, se le indulta, "como el de el Juli".

La mayoría de sus compañeros no saben quién es el Juli, ni que se está refiriendo a Orgullito. Pero ella lo defiende frente a todos ellos y frente a su profesora. Algunos compañeros sostienen que es mejor dejar que los toros se mueran en el campo para después hacer los filetes o las hamburguesas... Y la profesora no dice nada. Ni de eso, ni de que la Tauromaquia es legalmente parte del patrimonio cultural de España.

Uno se pregunta cómo será Triana en unos años si la mayoría de los niños de sus colegios no saben reconocer la belleza del toreo. Cómo serán capaces de entender la absoluta genialidad de esa Sevilla del otro lado del río, o qué significa la estatua de Juan en el Altozano, o los azulejos de Chicuelo o de Gitanillo de Triana.

La Tauromaquia tiene una evidente carencia a la hora de comunicar su grandeza. Y el gobierno de España, y de las Comunidades Autónomas, a la hora de exigir que en la educación se cumpla la ley (y la defensa y protección de la Tauromaquia como parte del patrimonio cultural es una obligación legal).

Pero más allá de la Tauromaquia algo falla cuando la práctica totalidad de los niños de diez años de un colegio creen que los filetes se hacen de animales que mueren en el campo de muerte natural.

Definitivamente esto va mucho más allá de la Tauromaquia. Es defender una sociedad que sabe lo que le debe al mundo rural. Y que no hace trampas desde el buenismo. A veces, una niña de diez años lleva sobre sí ese peso frente a sus compañeros y a su profesora. Quizá sería bueno, como sociedad, que nos planteáramos que si es así hay muchas cosas que están fallando.


viernes, 19 de enero de 2018

A propósito de Valdemorillo

Según las noticias de las últimas horas la Feria de Valdemorillo está en el aire. La cuestión, si he conseguido entender bien la información deslavazada que se ha dado, es resumidamente la siguiente: la plaza de toros es propiedad municipal y tiene un contrato por el que una empresa se encarga de su gestión hasta el año 2026; se habría alcanzado un acuerdo entre la empresa concesionaria y el Ayuntamiento por el que éste gestionaría la plaza en la feria de este año de forma directa; el gobierno municipal está en minoría y el pleno que debería haber aprobado el cambio de gestión no lo ha hecho.

A un par de semanas de las fechas de la Feria la situación es complicada, ya que para que ésta pueda celebrarse deberá organizarla la empresa concesionaria, cuando parece que no era ésta su intención.

El caso de Valdemorillo viene a unirse al de plazas como las de Vitoria, San Sebastián, Zaragoza o Alicante, donde en los últimos meses las Administraciones propietarias de los cosos han generado notables incertidumbres sobre la posible celebración o no de festejos taurinos. En Vitoria se ha convocado un concurso cuyas condiciones han hecho que ningún empresario se presente; en San Sebastián los vaivenes políticos hacen incierta cada año la celebración de festejos; en Zaragoza, después de unos años en los que la nueva empresa ha conseguido mejorar la calidad de los festejos y la asistencia de público (además de hacer unas campañas de publicidad realmente imaginativas y modernas) solicitó la prórroga, que no fue concedida por la Diputación que optó por convocar un nuevo concurso con condiciones más onerosas; y en Alicante los juegos de mayorías han estado a punto de  impedir la celebración de festejos este año, aunque al final la decisión del grupo mayoritario del Ayuntamiento parece que ha salvado el envite de las formaciones antitaurinas que le apoyan en el gobierno municipal.

Todo lo anterior reafirma algo que desde aquí venimos diciendo hace muchos años y de lo que parece que ahora algunos están tomando conciencia: la dependencia de las administraciones en cuanto propietarias de los cosos para celebrar espectáculos taurinos es una de las principales debilidades de la tauromaquia. La solución no es sencilla, porque pasa porque los empresarios taurinos lo sean verdaderamente y, en consecuencia, sean propietarios o titulares de derechos a largo plazo de las instalaciones que le permitan dar los festejos (como sucede en cualquier industria). No parece que la mayoría de los empresarios actuales tengan capacidad económica ni vocación de ir por este camino. Pero no hacerlo es un riesgo cada vez mayor para la continuidad de muchas ferias.

lunes, 15 de enero de 2018

Una nueva (¿gran?) temporada

Casi tres meses sin pisar una plaza de toros nos resulta una eternidad a los aficionados. Porque aunque los libros, los vídeos, las redes sociales y las charlas y tertulias de invierno hacen que la Fiesta no  deje de estar presente, lo que de verdad nos apasiona de la tauromaquia es disfrutar en una plaza de toros del toreo. Y si además uno puede echar un rato antes y después con amigos, comentar la temporada o esa tarde y disfrutar de viandas locales, miel sobre hojuelas.

Queda ya muy poco para volver a las plazas este año. Y la pregunta es inevitable: ¿habrá carteles que nos llamen lo suficiente la atención para hacer cientos de kilómetros o volveremos a ver anunciados a los mismos toreros con los mismos hierros? Cada aficionado sabrá qué le ilusiona (lo que le emocione puede ser distinto, pero para que ello suceda le tiene que coger en la plaza, como la inspiración tiene que coger trabajando a los poetas). Por lo que se empieza a saber, fuera de lo que pueden hacer José Tomás y Morante (dos toreros que, por diversas razones, son objeto de críticas, pero que a mí me ilusionan de forma única) no hay grandes razones para la esperanza. Y sería bueno que todos, empresarios, ganaderos y toreros, fueran conscientes de que al aficionado hay que darle razones para la ilusión. Si no, cada vez se le hará más difícil (además de costoso) acudir a la plaza.

Una segunda reflexión que nos trae la lectura de las noticias taurinas del invierno es la imperiosa necesidad de que los empresarios (y esta es una labor sobre todo suya) empiecen a pensar de verdad en cómo se pueden dar festejos sin depender de las veleidades de las administraciones públicas en los cosos de su propiedad. Lo que ha sucedido en Zaragoza o en Vitoria, por poner sólo dos ejemplos (diferentes en sus planteamientos y consecuencias) o lo que ha estado a punto de pasar en Alicante, evidencia algo que desde aquí hemos dicho en muchas ocasiones: depender de los cosos de titularidad pública es quizá la principal debilidad que tiene en este momento la tauromaquia. O se encuentran pronto alternativas o el riesgo será cada año mayor.

Una tercera cuestión que compete al conjunto de los sectores taurinos es conseguir que la tauromaquia tenga la visibilidad en los medios de comunicación generalistas que se corresponda con su relevancia social y económica. Victorino Martín, nuevo Presidente de la Fundación del Toro de Lidia, ha manifestado que después de una primera fase centrada en la defensa jurídica, la Fundación se quiere orientar, también, a la promoción y la divulgación de la Fiesta. Labor imprescindible para el futuro.

Uno tiene la sensación de que el invierno ha sido (está siendo) muy largo sin asistir a las plazas. Pero que no se ha aprovechado lo suficiente para dar un impulso más a la Fiesta. Espero estar equivocado y poder decir dentro de unos meses que la de 2018 fue otra Gran Temporada.

lunes, 14 de agosto de 2017

Otra forma de prohibir

La decisión de Morante de cortar su temporada nos ha sorprendido a todos. La razón esgrimida, el cansancio de presidentes y veterinarios que imponen un tipo de toro con el que es imposible hacer el toreo que él desea, ha suscitado todo tipo de reacciones, desde quienes creen que Morante es el menos indicado para hacer esta crítica hasta quienes creen que es sólo una excusa.
Tengo para mí que las razones para esta retirada (esperemos que temporal) son variadas. Y que probablemente tenga necesidad de descansar, de reflexionar, de reencontrarse con su mejor toreo, de encontrar nuevos aires en la gestión de su carrera,… Pero la referencia al tipo de toro no es una excusa. El toro que sale ahora en la mayoría de las plazas es un toro mucho más grande, ofensivo y menos armónico que hace tres o cuatro décadas. El problema o la referencia no deben ser Madrid, Pamplona o Bilbao. La cuestión es que en Sevilla ya no sale el “toro de Sevilla” y que en plazas como El Puerto, Sanlúcar, Córdoba, Málaga, Granada, Badajoz, Valencia, se ha impuesto un tipo de toros que poco tiene que ver con lo que ha sido y debe seguir siendo el toro de lidia.
Morante ha podido elegir ganaderías. Pero muchas veces los veterinarios y presidentes no han aprobado los toros elegidos en el campo de esas ganaderías. La última vez, en el Puerto, la tarde tras la que anunció su decisión.
Que los toros elegidos fueran a servirle más que los que salieron o no es una incógnita (también al Juli le obligaron a cambiar de toros, incluso de ganadería, y los que vinieron le propiciaron un triunfo histórico). Pero la cuestión no es esa. El problema es qué razones hay para que un veterinario y un presidente decidan los toros que deben lidiarse, si los reseñados tienen la edad correspondiente. No me vale, lo siento, el argumento de que debe velarse por la seriedad de la plaza y cosas por el estilo. Lo único que hay que garantizar es que el toro está sano (y en eso el veterinario sí debe opinar), que tiene la edad y que el público está informado de lo que va a lidiarse. Eso es más que suficiente para que quien quiera vaya a la plaza y quien no deje de hacerlo.

Porque imponer un determinado tamaño y tipo de toro es una forma de prohibir una cierta tauromaquia. Y no hay razones de ningún tipo para que escudándose en la defensa de la integridad de la fiesta se prohíba una manifestación de ésta, perfectamente lícita y necesaria.

domingo, 13 de agosto de 2017

Reflexiones de agosto

Inmersos en el que tradicionalmente se ha considerado el fin de semana más taurino del año, que marca también el inicio de una segunda parte de la temporada con ferias muy relevantes (Málaga, Bilbao, Cuenca, Albacete, Logroño, Zaragoza,…), conviene hacer un pequeño alto en el camino y tratar de ordenar algunas reflexiones sobre las múltiples cuestiones que nos preocupan a los apasionados de la tauromaquia.
Hasta ahora, el año ha estado marcado sin duda por la muerte de Iván Fandiño. Menos de un año después de la de Víctor Barrio. Dos tragedias que nos recuerdan la terrible dureza del toreo, su imponente verdad. La que nos interroga y la que refleja la más profunda libertad de los héroes: poner su vida al servicio de un sueño.
A pesar de la tragedia, o quizá por ella, la vida taurina sigue su ritmo, y los festejos y las ferias se suceden con su habitual frecuencia. Y cuando uno repasa lo que está sucediendo en las plazas lo primero que observa es que, en general, está yendo más gente a las plazas. No a todas ni en todos los sitios igual, pero da la impresión de que hay mejores entradas. Las razones pueden ser variadas, pero uno tiende a pensar que es cierto que existe una cierta mejoría económica y que la asistencia a los toros, como actividad lúdica que es, correlaciona de forma bastante directa con los ingresos de los ciudadanos.
La asistencia a las plazas resulta incluso llamativa en algunos lugares. El fin de semana pasado, sin ir más lejos, resultaba realmente curiosa la buena entrada que había en las localidades de sol en la plaza de Huelva. Con el calor que hacía, a quienes se sentaban en aquellos tendidos habría que pagarles, y no cobrarles entradas no precisamente baratas. Sé que para algunos las plazas no deben perder un ápice de su incomodidad porque de ello depende la pureza del rito. Pero debo reconocer que yo soy de los que opino que el rito está en el ruedo y que en todo lo demás hay que adaptar las plazas a los estándares de comodidad de cualquier actividad cultural de alto nivel del siglo XXI, que es lo que es la tauromaquia.
Esta reflexión nos llevaría a hablar de Madrid y de sus obras. Pero el asunto tiene tantas derivadas que bien merece una reflexión independiente. Basten solo algunas afirmaciones tan personales como contundentes: Las Ventas debe ser una plaza de toros, pero también un espacio en el que se desarrollen otras actividades sociales, culturales y artísticas, siempre que con ello no se perjudique su finalidad taurina principal. Eso no es una profanación de un templo ni nada parecido; es una consecuencia básica de la necesidad de utilizar de forma eficiente y obtener rentabilidad de cualquier inmueble público (y si se hace con inteligencia, es una manera de promocionar la tauromaquia). A la vez, este carácter público de la plaza de Las Ventas nos recuerda la fragilidad de depender de cosos de titularidad pública. Y obliga además a la Administración a analizar con cuidado los pliegos de los concursos que convoca (incluir en el pliego la posibilidad de realizar actividades para las cuales la Plaza no cumple los requisitos legales es, cuando menos, poco inteligente). Por otro lado, sería bueno que la empresa demostrara ante esta situación la misma locuacidad que en los momentos inmediatamente posteriores a la concesión de la plaza y en el inicio de la temporada: la transparencia debe ser un compromiso real y constante, no un discurso oportunista cuando mejor convenga.
Lo sucedido en las Ventas, en San Isidro, con el anuncio del “cierre” por obras y con la programación veraniega, lleva a otra reflexión fundamental: la realidad no es lo que se publica en twitter y la plaza se llena por gente cuya vida no gira en torno a la tauromaquia (lo cual, por otro lado, es una bendición y una demostración de sentido común). Generalizando: la fiesta la sostiene el público y no los aficionados (sea quien fuere quien reparta los carnets de aficionado). Algunos creen que no existen aficionados porque las empresas se han empeñado en aniquilarlos, ya que son mucho más críticos que el público ocasional (también más fieles a la taquilla, habría que apuntar). Probablemente las empresas habrán agradecido que haya menos aficionados, pero ni siquiera han tenido que hacer el esfuerzo de acabar con ellos porque la falta de difusión de la tauromaquia en los medios generalistas hace que seguir la evolución de cada torero, aprender sobre la diversidad de encastes o sobre el momento de los distintos hierros sea imposible fuera de los círculos de iniciados.
Aquí surge, una vez más, el principal desafío de la tauromaquia en los próximos años: la normalización social y la consecución de un espacio público acorde con su importancia real en los hábitos culturales y de ocio de los españoles. Me consta que este es, junto con la defensa jurídica frente a los ataques que recibe la tauromaquia, el principal objetivo de la Fundación del Toro Lidia.
¡Ah, la Fundación! Lo han explicado miles de veces, pero parece que algunos no quieren entenderlo. La Fundación surge y pretende liderar el debate “nosotros” (defensores de la tauromaquia) frente a “ellos” (los que quieren invisibilizarla o prohibirla). Por tanto, la Fundación no va a entrar en el debate sobre el trapío de los toros en una plaza, ni en la diversidad de encastes, ni en la actuación de ciertos empresarios,… Uno puede creer que lo único importante para defender la tauromaquia es que las figuras se acartelen con todos los encastes y que haya toreros a los que se den más oportunidades. O que en las Ventas no se den conciertos de rock and roll. Sea eso cierto o no, la función de la Fundación no es esa. Lo que está haciendo es imprescindible. Y haber conseguido unir para ello a los variopintos sectores de los taurinos es un gran logro. Su labor, además, no excluye otras acciones (conjuntas, o por parte de aquellos que quieran librarlas). Pero tratar de atacarla o criticarla por no dar otras batallas internas es no haber entendido la importancia del debate actual con los enemigos de la fiesta.
En el debate por tener una cierta repercusión social las empresas han empezado a tomar conciencia de que tienen que hacer cosas nuevas. Es quizá lo único de lo que hayan tomado conciencia; a lo demás: hacer carteles atractivos, facilitar la compra de entradas, el acceso a la plaza, mejorar la comodidad, etc. parece que la mayoría ha renunciado. Pero en lo de intentar tener visibilidad todos han tratado de hacer algo. Empresas torpes y rancias como la de Sevilla han abierto la plaza y han convocado para torear de salón en la Puerta de Jerez. Y otras modernas y activas como Lances de Futuro dinamizan la ciudad de las plazas que regentan con múltiples actividades taurinas y consiguen con iniciativas novedosas (toreo de salón de Garrido en la playa de Vistahermosa) tener cierto protagonismo en informativos generalistas.
Pero todo lo anterior tiene después que verse refrendado cuando suena el clarín. Desafortunadamente, hoy para defender la tauromaquia no basta con lo que sucede entre toro y torero. Pero, a la vez, sin que emocione e ilusione lo que pasa en el ruedo ninguna defensa será suficiente. El peligro está siempre presente (como lo demuestran las cornadas mortales a Víctor Barrio e Iván Fandiño) pero el tipo de embestida de muchos toros y el exceso de técnica de muchos toreros hace que, en demasiadas ocasiones, falte el punto de emoción imprescindible. En demasiadas ocasiones sale un toro descastado y noblón. Un toro con el que sólo la genialidad (Morante) o el compromiso extremo (José Tomás) consiguen poner en pie a la gente del tendido. Hay grandísimos toreros en el escalafón. Algunos con muchos años de alternativa y no pocos con gran interés de las últimas hornadas. Pero su toreo sólo brilla con un toro encastado, un toro que sale por chiqueros con menos frecuencia que la deseada.
La temporada también nos ha traído (¡qué le vamos a hacer!) debates jurídicos sobre la prohibición de la tauromaquia y sobre los reglamentos. Lo de la prohibición en Palma es algo que, por chusco, no debería merecer el más mínimo comentario: como querían prohibir los toros y el constitucional dijo que las comunidades autónomas no podías hacerlo, lo regulan para hacerlo inviable. Esperemos que el constitucional entre al fin en el fondo del debate en el que no quiso entrar en la sentencia sobre la prohibición catalana y refrende la imposibilidad de que ninguna comunidad autónoma establezca regulaciones contrarias al desarrollo normal de la lidia.
Pero el problema de fondo es que se ha reconocido a las comunidades autónomas la posibilidad de regular el desarrollo del festejo (algunos pensamos que el problema es que el festejo esté regulado, pero eso sería un debate más complejo). Y las comunidades son muy suyas ejercitando sus competencias. Andalucía anuncia ahora un nuevo reglamento limitando el número de estocadas o descabellos. Y la gente se alarma y pide un reglamento único. Y así debería ser (un único reglamento o ninguno, pero desde luego no diecisiete). El problema es que en un país donde el calendario de vacunaciones o el temario escolar varía entre comunidades autónomas, donde hay padres que tienen que defender en los tribunales el derecho de sus hijos a aprender en español, donde cada comunidad autónoma tiene un sistema informático distinto para la administración de justicia, sin comunicación posible entre unas comunidades y otras,… reivindicar la unidad del reglamente taurino resulta hilarante.

Bien dijo el maestro Ortega y Gasset que la tauromaquia es un espejo que refleja fielmente el estado de nuestra sociedad. Pues eso.