lunes, 24 de junio de 2019

Reflexiones sobre José Tomás en Granada

Después de algo más de cuarenta y ocho horas del último advenimiento de José Tomás, en Granada y en torno a la festividad del Corpus; superado el azote de los sentimientos; valorado el análisis de los expertos en los periódicos y los comentarios de unos y otros, con más y menos criterio, en Twitter; creo que no está de más hacer alguna reflexión sobre lo que allí sucedió. No sobre cada una de las faenas, sino en lo que antecede y trasciende a estas.
Para mí, hay cinco elementos que destacan sobre los demás a la hora de explicar por qué José Tomás, en la plaza, conecta de un modo especial con el público: la liturgia, la selección de los toros, la lidia, el toreo como expresión interior y la búsqueda de la pureza. Vayamos brevemente sobre cada uno de ellos.
Desde que apareció para hacer el paseíllo hasta que lo auparon en hombros (sobre la salida, los empujones, el que le arrancó la hombrera,… ya no había control) José Tomás estuvo e hizo todo con un sentido extremo de la liturgia. Su semblante serio y atento, la ausencia de cualquier intercambio de palabras en el callejón (nadie osó acercársele en ningún momento), el modo de andar, de acercarse al toro, de coger los trastos,… Todo era de una seriedad imponente. Y cualquier obra que pretenda trascender tiene que partir necesariamente de esto, de un respeto absoluto a la liturgia. Y José Tomás lo tiene. Hoy son habitual los chascarrillos en la barrera, los comentarios, las risas,… y los toreros que participan en todo ello. Igual que andan de cualquier modo por la plaza. Lo de Granada fue una escenificación perfecta de que una corrida de toros, sobre todo para los que se visten de luces, no es un pasatiempos. Que exige una concentración, un rigor y un respeto absoluto a lo que supone. Hacerlo así, además, llega al tendido. Porque en cualquier momento que se mira al torero, esté o no toreando, uno aprecia que está absolutamente absorto en lo que está haciendo, que es el requisito imprescindible para que los demás también entremos en el rito.
El segundo elemento es la selección de los toros. Ninguno fue excepcional, pero todos embistieron. Y su presencia estuvo un punto por encima de la habitual en la plaza. Quizá nadie, ni los ganaderos, sepan lo que realmente tienen. Pero uno tiende a pensar que cuando uno se esmera en elegir con precisión los toros es más probable que embistan. La diferencia con los de Matilla del día anterior era palpable, en presentación y en fuerza. Este año estamos viendo embestir a muchos toros en muchas plazas, pero hay ganaderías que están en mejor momento que otras y dentro de cada ganadería no todos los toros tienen las mismas posibilidades de embestir. Tomarse en serio los toros que uno va a lidiar es imprescindible. Seguro que con alguno uno puede equivocarse, pero las posibilidades de acertar son mayores.
Quizá el aspecto que más me llamó la atención el sábado fue la perfección de la lidia de los cuatro toros. No se les dio un capotazo de más. Los puyazos fueron todos en su sitio y medidos. Todos los lidiadores estaban en su sitio. Los banderilleros lo hicieron bastante bien, salvo algún par que se clavó muy bajo, aguantando incluso estoicamente alguna colada inoportuna. Conseguir esto para un matador que no tiene una cuadrilla con la torea de forma continuada sólo se explica porque la autoexigencia del matador es capaz también de trasladarla a todos los que hacen el paseíllo con él. Nuevamente, la comparación con el día anterior, en el que Fandi hacía flexiones en el ruedo o Juli daba capotazos al aire mientras se lidiaban los toros de otros compañeros, era inevitable.
A la salida, tuve la inmensa suerte de charlar un momento con el gran filósofo y extraordinario aficionado Víctor Gómez Pin y me dio la clave esencial sobre la evolución del toreo de José Tomás: el toreo, decía, es un arte espiritual, y José Tomás está en su mejor momento, es cuando más ha ahondado en él mismo y cuando, en consecuencia, mejor torea. Desde lo más profundo, desde donde más tiene que decir.
Y muy ligado a lo anterior, creo que José Tomás busca cada vez con mayor ahínco la pureza en su toreo. Sin duda agradece los triunfos y los trofeos, pero no hace sus faenas buscando por esa vía los triunfos (como, nuevamente, alguno hizo el día anterior). Su propósito es que las verónicas sean cada vez más templadas, que en los delantales pueda, sin moverse tras el primer lance, traerse nuevamente ligado en completa cercanía al toro, que pueda construir un quite variado y perfecto como fue el que le hizo al sexto toro. Busca la pureza en un toreo cada vez más variado con capote y muleta. No hubo atisbos del “ay” de otras veces y sí muchos olés. Las cosas fueron saliendo cada vez un poco mejor, pero es que resulta asombroso que sin haber toreado en público desde hacía más de un año no le tocaran apenas los trastos los toros. Es en esa mezcla de un toreo cada vez más espiritual y más puro desde donde llega completamente al corazón de todos los que estábamos en la plaza.
¿Y no hay objeciones que poner? podría preguntar alguno. Por supuesto, pero uno no va a la plaza a buscar pegas, lo cual no quiere decir que todo le dé igual o le parezca bien, sino que trata de ir a la plaza con el espíritu dispuesto a tratar de emocionarse.
Aun así, debo decir que me resultó muy raro lo del rejoneador. La propia liturgia del toreo a pie se veía de algún modo socavada por una manifestación de la tauromaquia muy diferente y que no se compagina del todo bien con los resortes del sentimiento del toreo a pie. Además, salvo en tardes en las que encerrarse con seis toros (Nimes es el gran ejemplo), José Tomás adquiere una dimensión aun más grande toreando con otros compañeros a pie, porque además de expresar su toreo hace que los demás matadores saquen lo mejor de su tauromaquia, vayan hasta esos límites a los que su medido compromiso no suele obligar a acercarse.
El resto son ya cuestiones ajenas (si debe torear más o menos, en esta o en aquella plaza) o muy de matiz (si no hubo ninguna faena perfecta, porque tampoco ningún toro lo fue; si alguna de las fases podrían haberse alargado algo más;…).
Al fin, queda una tarde inmensa y momentos de toreo únicos. Un ambiente excepcional. Y una senda de compromiso con el toreo, con el modo de estar en la plaza, que desafortunadamente no ha habido ningún toreo que haya querido (o podido) recoger.