lunes, 15 de mayo de 2017

Madrid (15 de mayo de 2017) - Entre unos y otros...

Podríamos ponernos a buscar los matices, los acentos, las precisiones más sutiles de cada uno de los toros y de los toreros. Pero sería un ejercicio insustancial. La corrida de Montalvo ha sido mala, muy mala. Y con una corrida muy mala uno puede pontificar sobre la actitud de los toreros, su disposición, su técnica y sus artimañas. pero al final será un ejercicio intelectual de unos pocos iniciados que de poco servirá para el disfrute de las más de 20.000 personas que hoy estábamos en los tendidos de Las Ventas.

Curro Díaz en el primero dejó algunos detalles de clase. Pero el toro era muy flojo y no transmitió nada. El cuarto fue el mejor toro de la corrida, y sin ser un buen toro dejó la sensación de que el torero podía haberse comprometido algo más. Curro conoce bien a la plaza de Madrid y sabe que se derrite con un pase desmayado por bajo. Y él los da de un modo mágico. Pero a la gente le hubiera gustado ver tres o cuatro series ligadas y rematadas con uno de pecho o un kikirirkí. Un toreo que fuera más allá de lo estético puntual, quiere decirse.

Ureña en el segundo tuvo muy pocas opciones. Y en el quinto salió a torear de muleta muy mermado después de que el toro le hubiera empotrado contra las tablas tratando de torearle con el capote. A este le dio una tanda buena. A los dos los despachó con estocadas haciendo guardia. ¡Vaya cuatro días de malas estocadas que llevamos!

A López Simón hay parte de la plaza que le anda buscando. Y no tanto por él sino por la habilidad que ha tenido de rodearse de lo peorcito en su equipo. ¡Manda huevos que un torero tenga que tener un equipo -recordemos a Antoñete o a Antonio Bienvenida en el día del santo y pensemos si tendrían a su lado a un sujeto como Julián Guerra pegándoles gritos desaforados desde la barrera-!

López Simón sabe torear. Pero hoy no lo ha demostrado. Ha dado cientos de pases, pero todos insustanciales, vacíos, ayunos de cualquier atisbo de arte, de gracia o de hondura. Le hemos visto otras veces torear bien (o sea, que sabe hacerlo). Lo mismo algún día vuelve a querer demostrado en la primera plaza del mundo.

Sobre las sanciones a los profesionales taurinos

Apuntaba en mi anterior entrada que quería dedicar una líneas a justificar por qué no creo oportunas las sanciones a los profesionales taurinos por actuaciones durante la lidia. El asunto viene a colación del anuncio que hizo el Presidente de la corrida del sábado de que iba a proponer para sanción al picador del tercer toro y al puntillero que remató al toro devuelto tras tres avisos.

Vaya por delante mi reconocimiento a D. Jesús María Gómez Martín a quien considero un buen aficionado y presidente. Especialmente valiente por dar la cara frente a los aficionados y comunicarse públicamente con ellos, con las limitaciones de los 140 caracteres, como muy bien apuntó. Y que lo que hizo, conforme prevé el Reglamento, es proponer para sanción determinados comportamientos que, a su juicio, suponían una infracción del mismo (respecto a lo cual uno puede entender más o menos ajustado a derecho en cada caso).

Pero mi objeción es más general. O previa, si se quiere.

Muchos aficionados consideran que el Reglamento es la salvaguarda de la pureza de su afición. Y que el Presidente debe ser el guardián de las esencias. Por eso aquel grito de guerra de "¿A quién defiende la autoridad?". A mi juicio, sin embargo, el Reglamento no debe cumplir esa función y el mero hecho de que regule lo que sucede en el ruedo constituye una debilidad (además de un anacronismo) de la tauromaquia. Pero vayamos por partes.

El Reglamento es una norma jurídica. Y en la parte de la que estamos hablando una norma de carácter sancionador a la que aplican todas las reglas y procedimientos previstos para cualquier norma sancionadora de carácter administrativo (con su correspondiente tramitación y sus eventuales recursos que pueden llegar, y en algunas ocasiones ha sucedido, hasta el Tribunal Constitucional). El sancionar a un picador que lo hace mal o a un puntillero se hace sobre la base de la necesidad de que la administración salvaguarde un interés general. Como lo hace cuando se sanciona al que conduce bajo los efectos del alcohol, al que vende productos perjudiciales para la salud o al que defrauda en el pago de sus impuestos.

Y, a mi juicio, la relación de la Administración con la Tauromaquia no debería ser esa. La Tauromaquia es un elemento básico de nuestro patrimonio cultural. Como lo es el flamenco o el teatro del Siglo de Oro. Por eso, la Administración debe favorecerla y apoyarla, ayudar a su divulgación, realizar labores para que se conozca y admire. Pero no sancionar a quienes en algún momento la ejecutan sin pericia. Como no se sanciona a un flamenco que en una noche mala da un mitín en vez de cantar como los cabales. Ni a un actor que dice mal el verso o a quien se le olvida el texto de Calderón que tiene que recitar.

Pero lo peor es que los aficionados consideran que la Administración debe hacer eso porque si no los taurinos, que, afirman muchos, "son unos golfos", nos engañarían continuamente. Y esa es precisamente una preocupante muestra de debilidad.

Si reivindicamos la tauromaquia como parte del patrimonio cultural debemos exigir un trato igual al de las demás actividades artísticas. Pero igual para todo. Para la promoción y para un régimen que no suponga una injerencia absoluta de la Administración en la preparación y desenvolvimiento del espectáculo. Primero, porque con un régimen de control y autorización tan invasivo por parte de la Administración, una Administración contraria a la tauromaquia puede hacer mucho daño. Y segundo porque nadie que se pone delante de un toro merece que un órgano administrativo o judicial le imponga una sanción por lo que ha hecho en circunstancias tan particulares como son la lidia de un toro bravo.

Con esto no quiero decir que no haya actuaciones en el ruedo que no merezcan un reproche. Que, sin duda, las hay. Pero el reproche no debe ser administrativo. Para esos casos, deben articularse consecuencias que determinen los propios aficionados y la estructura de la tauromaquia (como sucede de alguna manera en Francia). Aunque para eso haría falta una organización adecuada de la sociedad civil en este y otros ámbitos. Algo ajeno a nuestra tradición y vehemencia.

domingo, 14 de mayo de 2017

Otero, un toro al corral y lo demás

Lo más emocionante de la tarde lo hizo Ángel Otero en el segundo, un toro sin fijeza al que no había forma de parar con el capote. En el tercer par, con el toro colocado muy cerca de tablas, Otero indicó a su compañero que no le diera más capotazos, le citó, fue hacia él, el toro se arrancó y fue recortando, de modo que se preveía que el torero debería pasar en falso o poner mal los palos, pero Otero aguantó, cuadró con rapidez en la cara y puso un par memorable. La plaza se levantó inmediatamente del asiento y dio la ovación más grande de estos tres días. Y no será fácil que haya muchos momentos en los que de modo tan unánime la plaza sienta y reconozca la impagable mezcla de valor y torería.

Lo más aciago fueron los tres avisos que le dieron a David Mora en el quinto después de un pinchazo hondo e infinidad de descabello a un toro que no descubrió la muerte en ningún momento. A David se le vio con ganas, pero desconfiado y limitado físicamente. Quizá hubiera sido mejor que a este toro lo hubiera tratado de entrar a matar otra vez, que los banderilleros le echaran el capote al hocico,... Lo cierto es que el rato de los descabello fue francamente desagradable. Así no.

Dos apuntes en relación con esto. El que al torero se le despida con una bronca de mayor o menor intensidad, o se reconozca el esfuerzo de recuperación que ha hecho después de la terrible cornada que tuvo, o se mitigue la protesta por la tarde que brindó a la plaza el año pasado es cosa de cada uno; pero lo de tirar las almohadillas al ruedo no es de recibo. Más que nada porque con la envergadura de las almohadillas de Madrid cuando se da con ellas a alguno de los espectadores que están en los tendidos bajos se le causa un quebranto no menor, y según dónde se le dé un día puede haber una desgracia. En cuanto al toro, creo que después de los tres avisos si se le puede apuntillar en el ruedo de forma rápida y eficaz es mejor que sacar a los cabestros; y entiendo que es completamente reglamentario. Pero esto será objeto de otra reflexión.

Aparte de Otero y de los tres avisos a David Mora, Urdiales en su primero toreó inmensamente bien con el capote, dando un par de lances sublimes. Con la muleta una tanda en redondo fue muy buena. El resto de la faena demostró su naturalidad y torería, pero no pudo ligar las series ni alcanzar el mismo nivel por las condiciones del toro. Con el cuarto quedó inédito porque el toro tampoco permitió hacer faena alguna.

Garrido ha demostrado toda la tarde su suficiencia y maestría con el capote. Probablemente esté entre los tres o cuatro diestros del escalafón que mejor lo maneja. En especial, el recibo rodilla en tierra a su primero para fijar la embestida fue torerísimo y muy inteligente. Con la muleta en el tercero no pudo hacer nada después de que su picador hubiera masacrado al toro en varas. Y el sexto tampoco le dio muchas facilidades por lo que fue imposible el lucimiento.

La corrida de El Pilar ha sido mala sin paliativos. El viento tampoco ha ayudado a buscar los terrenos en los que lidiarla del mejor modo, pero los animales que han salido por chiqueros poco se han parecido en su comportamiento a lo que debe ser un toro bravo. Resulta realmente extraño cómo una misma ganadería. de una misma camada, puede echar dos corridas tan dispares como las que han salido en Sevilla y en Madrid.

(El presidente, gran aficionado, indicó en twitter que iba a proponer para sanción al picador del tercero y al puntillero. Mañana comentaré por qué creo que las sanciones a los que intervienen en la lidia no son procedentes, aunque soy consciente de que el Reglamento dice lo que dice).

sábado, 13 de mayo de 2017

Mansedumbre en dos variantes

Las dos primeras corridas de este San Isidro no han sido buenas. Ni los toros de La Quinta ni los de El Ventorrillo han permitido lucimiento alguno a los diestros. Sólo el lote de Morenito de Aranda dio alguna opción, que éste aprovechó con un toreo templado y de gusto. Pero falló a espadas, lo cual no le impidió recoger una oreja del quinto de la tarde del viernes.

El fallo a espadas ha sido común en todos los matadores. Es cierto que los toros no dieron facilidades y que alguno fue especialmente difícil de matar, tirando gallones al cuello cada vez que el torero trataba de hundir la espada. Pero sin espada no hay gloria, y quienes tratan de alcanzarla deberían tratar de mejorar de modo sustancial en la suerte suprema.

David Galván quedó inédito por una cornada seguida de voltereta que en la plaza se vivió con tremenda conmoción. Esperemos que a no mucho tardar Galván pueda volver a vestirse de luces y dejar su sello con toros que le den alguna oportunidad.

Aguilar estuvo técnico y aseado toda la tarde, pero se le notó frío y no llegó a conectar con el público.

Javier Jiménez dejó algunos detalles de su toreo, sobre todo al natural. Pero le faltó algo de conjunción y, sobre todo, acierto con la espada.

La corrida más que cinqueña de La Quinta sacó una absoluta mansedumbre y mucho peligro, con toros avisados que desarrollaron pronto sentido. Fueron muy mal lidiados, pero me temo que una lidia más eficaz sólo hubiera servido para que el tendido hubiera tenido menor sensación de peligro, no para que el lucimiento de las faenas hubiera sido mayor.

En la de ayer, Eugenio de Mora lo tuvo imposible con sus dos oponentes. Muy mala suerte la de este torero, que en los últimos años no ha tenido la más mínima oportunidad de mostrar en Las Ventas si a la calidad que tiene ha unido la decisión y la serenidad para hacerse un hueco.

Morenito de Aranda, como queda dicho, tiene temple y gusto toreando. Conecta bien con el público y ha sido el que menos mala suerte ha tenido con el lote. La oreja, después de un pinchazo, quizá fue excesiva. Pero sin duda los mejores muletas hasta ahora han sido los suyos.

Y Román ha sido todo decisión y valor. Pero lo que más se escuchaba al salir de la plaza sobre él, después de reconocer su hombría es aquello de "pero a mí no me dice nada". Dio la impresión de estar acelerado y de faltarse un punto de reposo con las telas. No lo tuvo fácil con su lote. Pero al valor, imprescindible, hay que unir un cierto sentido estético para poder llegar al corazón del tendido.

Los toros de El Ventorrillo eran muy aparatosos, pero dieron muy mal juego. Fueron mansos, sin codicia y, en general, no tuvieron humillación ni repetición, salvo el quinto, que sí fue de lejos con inercia. No desarrollaron el peligro de los del día anterior, pero, como suele suceder con esta ganadería, la opinión generalizada es que vaya manera de echar a perder una ganadería que han tenido quienes la compraron a Medina.