Voy a tratar de resumir lo sucedido aunque sé que quedará más largo de lo que nos hemos acostumbrado a leer en estos tiempos.
Cuando salieron los carteles de San Isidro de este año (sorteo y "cocina" mediantes) era evidente que la empresa estaba haciendo unos carteles más baratos que de costumbre. También que la mayoría de ellos, si no todos, tenían algo de interés para los aficionados. Pero los aficionados son una minoría y sostener el porcentaje de abonos que exige Madrid sólo con aficionados es imposible. Teniendo en cuenta la tendencia de los últimos años, la posibilidad de conseguir entradas para cualquier día en taquilla y la ausencia de carteles "rematados" era previsible que el número de abonados descendiera significativamente.
Desde hace muchos años tenía dos abonos en Las Ventas. La primera vez que pude conseguirlos sólo los había de andanadas de sol. Bajé luego a tendido del 6 (lo único disponible). Y años más tarde, cuando empezó a haber abonos disponibles, en el 8 (para mí, el mejor tendido de Las Ventas por ubicación y por relación calidad/precio). Sólo había un problema: estaban en el 8 casi pegados al 7, con lo cual había sol muchos toros, sobre todo en junio, y uno tenía que soportar justo al lado las intempestivas voces de algunos habituales. Conclusión: de unos años a esta parte quería poder cambiar los abonos al 8, pero más cerca del 9, un lugar de la plaza en los que desde que tenemos memoria los que frisamos los 50 no se habían podido conseguir. De hecho, no había nada entre los abonos disponibles que salieron a la venta a la vez que comenzó el proceso de renovación de los abonos existentes.
Este año dudé si renovar el abono o esperar a las entradas sueltas y comprarlas así en las ubicaciones que fuera posible. Estaba yo en estas cavilaciones cuando recibí una llamada que, según me dijeron (y yo creí) era de la Plaza para renovar los abonos. Les conté mis cuitas y me dijeron que podía renovarlo y luego, cuando salieran los nuevos, podría cambiarlo con el pago o abono de la diferencia.
Por razones personales, Semana Santa y otras vicisitudes esperé a la última semana (la siguiente a Semana Santa) para tratar de renovar. Y resultó que esa semana ha hecho un frío y ha llovido en Madrid como no lo ha hecho en todo el invierno. Puse un mensaje en twitter para saber si había que desafiar a las incremencias meteorológicas para renovar y el amable community manager de Las Ventas me dijo que en un gélido y tormentoso día (el penúltimo) habían abierto la verja de la zona izquierda de la Puerta Grande para esperar. O sea, se esperaba al aire libre pero a cubierto (sólo mojaba la lluvia "horizontal") y las gestiones se hacían en medio de la tormenta. Mi ración de antibióticos por entonces no aconsejaba tal proeza. El último día por la tarde me acerqué (sólo hacía mucho frío, pero no llovía), no había nadie en la cola y le dije al amable empleado que me atendió que quería renovar, pero si podía luego cambiar la ubicación de los abonos. Y le expliqué mi conversación con la persona que me había llamado. Puso cara de extrañeza, me pidió que esperara un momento mientras hacía una consulta y volvió al momento diciéndome que si renovaba los abonos luego no podía cambiarlos (sacarme más abonos, sí). Respecto a la llamada, me dijo que era de un call-center (contratado por la empresa, supuse, pero tampoco era plan de alargar aquello). Le expliqué que entonces no renovaría y trataría de encontrar otros en el sitio que quería cuando el lunes salieran los nuevos abonos. Me insinuó que con el ritmo de renovación que habían tenido no iba a tener problema alguno.
Pensaba que no iba a saber nada más de los abonos hasta hoy, pero no fue así. El sábado a la taurina hora de las cinco de la tarde recibí una llamada de una amable señorita que me indicó que no había renovado mis abonos y que si era porque se me había olvidado, que me daban la oportunidad de hacerlo. Lo primero que le pregunté (era obvio) es si me llamaba de la Plaza o de un call-center. Me confirmó que desde las mismísimas taquillas de la monumental de Las Ventas. Y entonces le expliqué lo sucedido hasta entonces. La chica dijo entender mi malestar. Y le comenté que si ello no ponía en peligro su puesto de trabajo podía trasladarle mi queja los dueños de aquello, que me llamaran si querían y que se lo explica entonces con más detalles y más contundencia.
No tenía esperanzas de recibir más llamadas. Y no las he recibido. Por lo que esta mañana, afanoso, a la hora a la que decían que se ponían a la venta los nuevos abonos (10:00h.) estaba presto a ver si conseguía dos abonos en el 8 cerca del 9. Hasta las 10:15 no ha aparecido en internet el enlace para comprar abonos, pero era erróneo (pedía una credencial que no se exigía para ninguna otra compra en la web). Estaba empezando a dudar si es que querían reservar abonos para los que estuvieran en la cola de la plaza (como hicieron en Sevilla con las entradas del Domingo de Resurrección) o si era sólo un problema técnico. Cuando a las 10:43 he podido entrar y comprobar abonos disponibles he concluido que debía ser un problema técnico porque se pueden comprar abonos (incluso juntos) en cualquier zona de la plaza.
Al final tengo mis dos abonos aunque no he conseguido todavía poder imprimir las entradas (pero para eso tengo más de 15 días y espero que sea tiempo suficiente de arreglarlo). Pero la desazón por cómo se (des)cuida al abonado en la primera plaza del mundo es inmensa. Y el temor a que muchos días en San Isidro haya menos, mucho menos, de media entrada. Con los tiempos que vienen, una tragedia.
Lo dicho, quedó más extenso de lo deseable. Si alguien llegó hasta aquí, gracias por la atención.
lunes, 29 de abril de 2019
martes, 8 de enero de 2019
La Ley de Protección Animal de La Rioja - Un atentado contra la civilización (y II)
Como indicaba en la anterior entrada, la Exposición de Motivos de la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad de La Rioja es un auténtico disparate que asume como propio postulados de la ideología animalista más totalitaria que denigra a las personas al nivel de los animales, considerando que es la protección de estos (y no de los seres humanos) lo que hace que una sociedad sea justa y ética.
Con una fundamentación como esa, la regulación posterior no puede aventurar nada nuevo. No tiene sentido entrar en un análisis detallado de cada uno de sus preceptos, pero sí dar algunas indicaciones de su sinrazón.
Lo primero que debe apuntarse es su extensión. Es una ley extremadamente prolija y detallada, que entra a regular desde cuestiones muy generales hasta otras de completo detalle. Sólo un dato: tiene 68 artículos, muchísimos más de los que tienen, por poner un ejemplo, la Ley de Arrendamientos Urbanos (que regula todos los arrendamientos de viviendas y de locales de negocio en España) o la Ley de Propiedad Horizontal (que regula todas las comunidades de propietarios, salvo las de la Comunidad Autónoma catalana).
Además de Disposiciones Generales tiene casi tres páginas -formato BOE- de "Obligaciones y prohibiciones de los propietarios o poseedores", más de una de "Control de población de los animales", regula también el "Traslado, espectáculos, filmaciones y publicidad de los animales", la "Identificación de los animales", los "Centros de acogidas de animales", "Asociaciones de protección y defensa de los animales·, "Las colonias felinas urbanas", "De los animales de producción para el autoconsumo", la "Avicultura recreativa", "Fauna silvestre", "Especies protegidas", "Prevención de accidentes", "Inspección y vigilancia", "Tenencia, tráfico y comercio de animales", "Establecimientos para el mantenimiento de los animales de compañía", "Establecimientos de venta de animales y centros de cría de animales", "Agrupaciones zoológicas de animales de fauna salvaje", "Prevención de escapes" y un detallado y contundente régimen de Infracciones y sanciones.
Como fácilmente puede apreciarse, el cumplimiento de una ley tan extensa, que regula tantas materias y que incide de forma directa en el trato habitual que en muchos ámbitos se tiene con los animales sólo puede garantizarse si se destinan ingentes recursos públicos a inspeccionar su cumplimiento y a tramitar los correspondientes expedientes sancionadores. Y como el dinero público no es infinitito alguien deberá explicar de dónde van a detraerse recursos para financiar esta labor.
Después están las normas que inducen a la risa o al desencanto, según el momento. Sólo algunos ejemplos:
- El artículo 6.1 de la Ley dice que los propietarios o poseedores de los animales "tienen el derecho a disfrutar de los animales y el deber de protegerlos". Uno se pregunta si además de disfrutar pueden a veces no disfrutar tanto. Y si lo de protegerlos es algo absoluto o cede, por ejemplo, frente al cuidado de los abuelos o de los niños.
- El artículo 6.2 a) dice que el propietario, el poseedor y "todas aquellas personas que mantengan o disfruten de su compañía" deben "tratar a los animales conforme a su condición de seres sintientes (…), suministrarles un alimentación y bebida equilibrada y saludable para su normal desarrollo, proporcionarles instalaciones limpias, desinfectadas y desinsectadas". Sólo esto daría para un tratado. Lo de los seres "sintientes" engarza con los postulados filosóficos del animalismo más radical. Lo de la alimentación "y bebida" equilibrada y saludable cuesta trabajo entenderlo cuando esa obligación no existe (o no se cumple) respecto a la mayoría de las personas o de muchos de los padres con sus hijos. Y lo de las instalaciones limpias es paradójico cuando muchas veces los animales viven en los mismos espacios en los que seres humanos que son sus propietarios o poseedores; tendría guasa que esta ley sirviera para sancionar a quienes viven en condiciones no muy adecuadas, precisamente por su indigencia.
- También se obliga a los propietarios (art. 6.2 c) a proporcionar la posibilidad de realizar el ejercicio necesario, al menos dos paseos diarios. La ley no distingue y uno se pregunta qué sucede, por ejemplo, con las aves.
- También hay que "adoptar las medidas necesarias para evitar la reproducción incontrolada de los animales" (art. 6.2 h), en un claro atentado contra la propia esencia del animal.
- Según el artículo 6.2 k) hay que comunicar la muerte del animal en el plazo máximo de 7 días hábiles acompañando un certificado veterinario en el que consten las causas de la muerte "y si presenta o no signos de violencia" (sic).
- También se sanciona ejercer la mendicidad valiéndose los animales (art. 7.9). Parece que al legislador riojano no preocupa que haya mendigos, sino que estos tengan animales, ya que, al parecer, los animales disponen de una regulación que les protege mucho más que a sus amos.
- Se obliga a la esterilización de los animales de compañía (11).
- Se prohíben los circos con animales (13 b).
- Cuando se utilicen animales en filmaciones con escenas ficticias de crueldad, maltrato o sufrimiento el medio de difusión "debe hacer constar que las situaciones son ficticias y hacer constar el número de autorización" (15). ¿Existe una norma similar cuando las escenas ficticias son de crueldad, maltrato o sufrimiento de las personas?
- Las edificaciones y estructuras de nuevas construcción deberán evitar utilizar elementos que puedan producir accidentes en la fauna silvestre (36). Se prevé también que en las edificaciones existentes habrá un plazo para adaptarlas. ¿No es suficiente con el Código Técnico de la Edificación? ¿Quién va a revisar si los elementos pueden o no causar daños? De locos.
- La venta de animales está prohibida a menores de dieciocho años (4. g). Quienes, se recuerda, sí pueden comprar sin autorización de sus padres según qué tipos de medicinas...
- El régimen sancionador incluye siete infracciones leves (sancionables de 100 a 500 euros), veintiséis graves (de 501 a 5.000) y veintinueve muy graves (de 5.001 a 100.000 euros). O sea, casi todo incumplimiento de la ley será considerado una infracción muy grave y podrá ser sancionado con hasta 100.000 euros.
Por no extenderme más. Esto es un auténtico disparate. Y los partidos deben empezar a plantearse cuáles son sus prioridades reales. Una cosa es que los humanos tratemos a los animales conforme a su naturaleza (lo cual es razonable y acorde con nuestra condición racional y ética) y otra es que se ponga a los animales como prioridad política y "ética". Nos acabaremos arrepintiendo.
Con una fundamentación como esa, la regulación posterior no puede aventurar nada nuevo. No tiene sentido entrar en un análisis detallado de cada uno de sus preceptos, pero sí dar algunas indicaciones de su sinrazón.
Lo primero que debe apuntarse es su extensión. Es una ley extremadamente prolija y detallada, que entra a regular desde cuestiones muy generales hasta otras de completo detalle. Sólo un dato: tiene 68 artículos, muchísimos más de los que tienen, por poner un ejemplo, la Ley de Arrendamientos Urbanos (que regula todos los arrendamientos de viviendas y de locales de negocio en España) o la Ley de Propiedad Horizontal (que regula todas las comunidades de propietarios, salvo las de la Comunidad Autónoma catalana).
Además de Disposiciones Generales tiene casi tres páginas -formato BOE- de "Obligaciones y prohibiciones de los propietarios o poseedores", más de una de "Control de población de los animales", regula también el "Traslado, espectáculos, filmaciones y publicidad de los animales", la "Identificación de los animales", los "Centros de acogidas de animales", "Asociaciones de protección y defensa de los animales·, "Las colonias felinas urbanas", "De los animales de producción para el autoconsumo", la "Avicultura recreativa", "Fauna silvestre", "Especies protegidas", "Prevención de accidentes", "Inspección y vigilancia", "Tenencia, tráfico y comercio de animales", "Establecimientos para el mantenimiento de los animales de compañía", "Establecimientos de venta de animales y centros de cría de animales", "Agrupaciones zoológicas de animales de fauna salvaje", "Prevención de escapes" y un detallado y contundente régimen de Infracciones y sanciones.
Como fácilmente puede apreciarse, el cumplimiento de una ley tan extensa, que regula tantas materias y que incide de forma directa en el trato habitual que en muchos ámbitos se tiene con los animales sólo puede garantizarse si se destinan ingentes recursos públicos a inspeccionar su cumplimiento y a tramitar los correspondientes expedientes sancionadores. Y como el dinero público no es infinitito alguien deberá explicar de dónde van a detraerse recursos para financiar esta labor.
Después están las normas que inducen a la risa o al desencanto, según el momento. Sólo algunos ejemplos:
- El artículo 6.1 de la Ley dice que los propietarios o poseedores de los animales "tienen el derecho a disfrutar de los animales y el deber de protegerlos". Uno se pregunta si además de disfrutar pueden a veces no disfrutar tanto. Y si lo de protegerlos es algo absoluto o cede, por ejemplo, frente al cuidado de los abuelos o de los niños.
- El artículo 6.2 a) dice que el propietario, el poseedor y "todas aquellas personas que mantengan o disfruten de su compañía" deben "tratar a los animales conforme a su condición de seres sintientes (…), suministrarles un alimentación y bebida equilibrada y saludable para su normal desarrollo, proporcionarles instalaciones limpias, desinfectadas y desinsectadas". Sólo esto daría para un tratado. Lo de los seres "sintientes" engarza con los postulados filosóficos del animalismo más radical. Lo de la alimentación "y bebida" equilibrada y saludable cuesta trabajo entenderlo cuando esa obligación no existe (o no se cumple) respecto a la mayoría de las personas o de muchos de los padres con sus hijos. Y lo de las instalaciones limpias es paradójico cuando muchas veces los animales viven en los mismos espacios en los que seres humanos que son sus propietarios o poseedores; tendría guasa que esta ley sirviera para sancionar a quienes viven en condiciones no muy adecuadas, precisamente por su indigencia.
- También se obliga a los propietarios (art. 6.2 c) a proporcionar la posibilidad de realizar el ejercicio necesario, al menos dos paseos diarios. La ley no distingue y uno se pregunta qué sucede, por ejemplo, con las aves.
- También hay que "adoptar las medidas necesarias para evitar la reproducción incontrolada de los animales" (art. 6.2 h), en un claro atentado contra la propia esencia del animal.
- Según el artículo 6.2 k) hay que comunicar la muerte del animal en el plazo máximo de 7 días hábiles acompañando un certificado veterinario en el que consten las causas de la muerte "y si presenta o no signos de violencia" (sic).
- También se sanciona ejercer la mendicidad valiéndose los animales (art. 7.9). Parece que al legislador riojano no preocupa que haya mendigos, sino que estos tengan animales, ya que, al parecer, los animales disponen de una regulación que les protege mucho más que a sus amos.
- Se obliga a la esterilización de los animales de compañía (11).
- Se prohíben los circos con animales (13 b).
- Cuando se utilicen animales en filmaciones con escenas ficticias de crueldad, maltrato o sufrimiento el medio de difusión "debe hacer constar que las situaciones son ficticias y hacer constar el número de autorización" (15). ¿Existe una norma similar cuando las escenas ficticias son de crueldad, maltrato o sufrimiento de las personas?
- Las edificaciones y estructuras de nuevas construcción deberán evitar utilizar elementos que puedan producir accidentes en la fauna silvestre (36). Se prevé también que en las edificaciones existentes habrá un plazo para adaptarlas. ¿No es suficiente con el Código Técnico de la Edificación? ¿Quién va a revisar si los elementos pueden o no causar daños? De locos.
- La venta de animales está prohibida a menores de dieciocho años (4. g). Quienes, se recuerda, sí pueden comprar sin autorización de sus padres según qué tipos de medicinas...
- El régimen sancionador incluye siete infracciones leves (sancionables de 100 a 500 euros), veintiséis graves (de 501 a 5.000) y veintinueve muy graves (de 5.001 a 100.000 euros). O sea, casi todo incumplimiento de la ley será considerado una infracción muy grave y podrá ser sancionado con hasta 100.000 euros.
Por no extenderme más. Esto es un auténtico disparate. Y los partidos deben empezar a plantearse cuáles son sus prioridades reales. Una cosa es que los humanos tratemos a los animales conforme a su naturaleza (lo cual es razonable y acorde con nuestra condición racional y ética) y otra es que se ponga a los animales como prioridad política y "ética". Nos acabaremos arrepintiendo.
miércoles, 12 de diciembre de 2018
La Ley de Protección Animal de La Rioja - Un atentado contra la civilización (I)
La aprobación de la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad
Autónoma de La Rioja es una muy mala noticia. No porque trate de proteger a los animales, algo que puede tener su sentido, sino por dos razones básicas: (i) parte de una fundamentación del respeto a los animales que constituye un atentado a los principios básicos de nuestra civilización; e (ii) incluye derechos y prohibiciones manifiestamente absurdos.
En cuanto a lo primero, baste con mencionar algunas afirmaciones del apartado I de la Exposición de Motivos y apuntar su falsedad:
- "Numerosos experimentos científicos avalan la conexión entre el maltrato a los animales y la violencia a las personas." Esto es MENTIRA. De hecho, la historia enseña que las primeras leyes de protección animal se proclamaron en el régimen nazi mientras se masacraba a millones de personas.
- "El abuso hacia los animales puede indicar la existencia de un problema más profundo". Sí. Y también el empecinamiento con un equipo de fútbol, una alimentación vegetariana o una determinada religión. Las enfermedades mentales tienen vericuetos peculiares en los que se manifiestan. Pero a nadie se le ocurriría prohibir el fútbol, los calabacines o el anglicanismo, porque alguno de sus devotos hayan padecido una enfermedad mental.
- "El hecho de que los animales puedan sufrir es razón suficiente para tener la obligación moral de no causarles daño". Esto es lo más peligroso de todo. NO. Es la base del animalismo. La consideración de los "seres sintientes" y la equiparación por una sensación de daño de los animales y los hombres socava nuestra civilización. Por citar sólo un ejemplo, impide cualquier tipo de alimentación animal (de los hombres y de los propios animales). Si los animales sufren (que está por ver) eso no impide que los seres humanos puedan cazarlos o matarlos para alimentarse de ellos, o hacer que sufran enfermedades para experimentar métodos de curación. Por cosas como estas la civilización ha avanzado. Renunciar a ellas es devolver al ser humano al primitivismo a costa de hacer perder a los animales su esencia animal.
- "El principio de justicia postula que las acciones son justas en la medida que tienden a promover la felicidad y bienestar, e injustas en cuanto tienden a producir dolor e infelicidad. Este principio extendido a los animales demandaría no provocar dolor ni sufrimiento a nadie susceptible de sentirlo independientemente de la especie a la que pertenezca." La insensatez alcanza en este párrafo su expresión máxima. Ningún principio de justicia puede extenderse a los animales, que ni son ni pueden ser sujetos de derechos y obligaciones (y si no lo pueden ser de obligaciones no lo pueden ser de derechos). Y, además, poner en pie de igualdad a las especies (=especismo) no supone dotar de más dignidad a los animales (lo cual ya sería un dislate), sino que implica rebajar la dignidad de los humanos a la de los mosquitos o las cucarachas. Bastante ha costado considerar que todos los seres humanos somos libres e iguales (y en algunos lugares del mundo no se ha conseguido aun) para que algunos urbanitas venga a decirnos que no, que lo que somos los humanos es iguales que las ratas.
- "Un sistema en el que se ignore a los más débiles no puede ser justo ni ético. El abuso hacia los que se encuentren en situación de desventaja degrada la condición humana de quien lo ejercita. Son indignos de personas civilizadas y contrarios a sociedades evolucionadas, democráticas y solidarias." Nuevamente, la redacción es sibilinamente abyecta. En las dos primeras frases se igualan animales y personas y en la tercera se alude a las personas como incívicas de igual modo si atacan a un ser humano débil que si matan a un escarabajo pelotero. Es de una bajura moral indescriptible. Por eso, el párrafo requiere ser reescrito: "Un sistema en el que se ignore a los seres humanos más débiles no puede ser justo ni ético. El abuso hacia los seres humanos que se encuentren en situación de desventaja degrada la condición humana de quien lo ejercita. Son indignos de personas civilizadas y contrarios a sociedades evolucionadas, democráticas y solidarias." Fíjense: sólo con añadir "seres humanos" en las dos primeras frases el párrafo cobra valor. Tal y como está publicado en el Boletín Oficial de La Rioja equipara matar a un indigente y a un cerdo, humillar a una persona moribunda o sacrificar a un perro que tiene una enfermedad incurable, matar a un mosquito que nos incordia en verano o a un familiar del que puede heredarse una buena fortuna.
¡Por favor, despierten! ¿Qué clase de políticos tenemos que pueden aprobar una ley como esta que agrede de forma tan brutal la dignidad de los seres humanos?
Autónoma de La Rioja es una muy mala noticia. No porque trate de proteger a los animales, algo que puede tener su sentido, sino por dos razones básicas: (i) parte de una fundamentación del respeto a los animales que constituye un atentado a los principios básicos de nuestra civilización; e (ii) incluye derechos y prohibiciones manifiestamente absurdos.
En cuanto a lo primero, baste con mencionar algunas afirmaciones del apartado I de la Exposición de Motivos y apuntar su falsedad:
- "Numerosos experimentos científicos avalan la conexión entre el maltrato a los animales y la violencia a las personas." Esto es MENTIRA. De hecho, la historia enseña que las primeras leyes de protección animal se proclamaron en el régimen nazi mientras se masacraba a millones de personas.
- "El abuso hacia los animales puede indicar la existencia de un problema más profundo". Sí. Y también el empecinamiento con un equipo de fútbol, una alimentación vegetariana o una determinada religión. Las enfermedades mentales tienen vericuetos peculiares en los que se manifiestan. Pero a nadie se le ocurriría prohibir el fútbol, los calabacines o el anglicanismo, porque alguno de sus devotos hayan padecido una enfermedad mental.
- "El hecho de que los animales puedan sufrir es razón suficiente para tener la obligación moral de no causarles daño". Esto es lo más peligroso de todo. NO. Es la base del animalismo. La consideración de los "seres sintientes" y la equiparación por una sensación de daño de los animales y los hombres socava nuestra civilización. Por citar sólo un ejemplo, impide cualquier tipo de alimentación animal (de los hombres y de los propios animales). Si los animales sufren (que está por ver) eso no impide que los seres humanos puedan cazarlos o matarlos para alimentarse de ellos, o hacer que sufran enfermedades para experimentar métodos de curación. Por cosas como estas la civilización ha avanzado. Renunciar a ellas es devolver al ser humano al primitivismo a costa de hacer perder a los animales su esencia animal.
- "El principio de justicia postula que las acciones son justas en la medida que tienden a promover la felicidad y bienestar, e injustas en cuanto tienden a producir dolor e infelicidad. Este principio extendido a los animales demandaría no provocar dolor ni sufrimiento a nadie susceptible de sentirlo independientemente de la especie a la que pertenezca." La insensatez alcanza en este párrafo su expresión máxima. Ningún principio de justicia puede extenderse a los animales, que ni son ni pueden ser sujetos de derechos y obligaciones (y si no lo pueden ser de obligaciones no lo pueden ser de derechos). Y, además, poner en pie de igualdad a las especies (=especismo) no supone dotar de más dignidad a los animales (lo cual ya sería un dislate), sino que implica rebajar la dignidad de los humanos a la de los mosquitos o las cucarachas. Bastante ha costado considerar que todos los seres humanos somos libres e iguales (y en algunos lugares del mundo no se ha conseguido aun) para que algunos urbanitas venga a decirnos que no, que lo que somos los humanos es iguales que las ratas.
- "Un sistema en el que se ignore a los más débiles no puede ser justo ni ético. El abuso hacia los que se encuentren en situación de desventaja degrada la condición humana de quien lo ejercita. Son indignos de personas civilizadas y contrarios a sociedades evolucionadas, democráticas y solidarias." Nuevamente, la redacción es sibilinamente abyecta. En las dos primeras frases se igualan animales y personas y en la tercera se alude a las personas como incívicas de igual modo si atacan a un ser humano débil que si matan a un escarabajo pelotero. Es de una bajura moral indescriptible. Por eso, el párrafo requiere ser reescrito: "Un sistema en el que se ignore a los seres humanos más débiles no puede ser justo ni ético. El abuso hacia los seres humanos que se encuentren en situación de desventaja degrada la condición humana de quien lo ejercita. Son indignos de personas civilizadas y contrarios a sociedades evolucionadas, democráticas y solidarias." Fíjense: sólo con añadir "seres humanos" en las dos primeras frases el párrafo cobra valor. Tal y como está publicado en el Boletín Oficial de La Rioja equipara matar a un indigente y a un cerdo, humillar a una persona moribunda o sacrificar a un perro que tiene una enfermedad incurable, matar a un mosquito que nos incordia en verano o a un familiar del que puede heredarse una buena fortuna.
¡Por favor, despierten! ¿Qué clase de políticos tenemos que pueden aprobar una ley como esta que agrede de forma tan brutal la dignidad de los seres humanos?
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Animales vivos
El pasado martes, 4 de diciembre de 2018, la Ministra de Transición Ecológica afirmó en una entrevista en Onda Cero que era partidaria de prohibir los toros y la caza después de haber dicho lo siguiente: "desde el punto de vista personal tengo clara cual es mi opción, y mi opción es disfrutar de los animales vivos y siempre me ha resultado muy llamativo de que haya gente que disfrute de ver morir o ver sufrir animales. La verdad es que no lo entiendo. Creo que eso está cambiando rápidamente y que los patrones culturales y los valores sociales lo hacen a ese ritmo. Por tanto, y sin interferir en lo que no me toca, pero simpatizo con esa serie de planteamientos".
Estas declaraciones han suscitado no pocas críticas en las redes sociales. Pero, a mi juicio, todas las valoraciones que se han hecho (cada una de forma independiente y todas en conjunto) han sido mucho más benévolas que lo que este tremendo dislate merecía.
En primer lugar, permítaseme hacer un comentario entre jocoso y malintencionado sobre el nombre de su cartera. ¿Transición Ecológica? Transición, ¿de dónde a dónde? ¿De una sociedad urbana a una previa a la cultura sedentaria? ¿Qué es la Transición Ecológica? ¿La que nos lleva a todos al estadio previo a la civilización, a la creación de ciudades, de la industria,...? ¿Es sólo una excusa para justificar a quienes no han aprendido nada de la cultura de la Ilustración o tiene otros objetivos más profundos?
Por lo demás, la declaración de que su opción es disfrutar de los animales vivos no puede sino responder a una absoluta falta de reflexión previa. Disfrutar... ¿de qué animales vivos? ¿De los perritos con jersey de lana de los envejecidos centros de las ciudades o de los lobos que atacan a los rebaños de ovejas? ¿De los canarios enjaulados en medio de la gran ciudad o de los buitres que atacan animales vivos porque la obligación de retirar de los campos los animales muertos ha acabado con su modo natural de alimentarse? ¿De las bellas mariposas que van de flor en flor o de las avispas que con sus picaduras ocasionan varias muertes de personas al año?
La inclinación natural a admirar a animales vivos sólo puede responder a un pensamiento naif que desconoce el medio natural y que no ha reflexionado jamás sobre lo que significa la relación del hombre con la naturaleza.
Pero aun así, no es eso lo más grave. Lo peor, lo más pernicioso, es la afirmación de que no entiende que haya personas que disfruten viendo sufrir animales. ¡Sólo faltaba! Ni ella ni nadie. Pero dar por hecho que los cazadores o los aficionados a la tauromaquia van a una espera en el campo o acuden a una plaza de toros para disfrutar viendo sufrir un animal es de una simpleza y suponen una acusación a millones de españoles que no es inocua. No, señora ministra, los cazadores no van al campo a "disfrutar" viendo cómo mueren los venados, los corzos o las perdices, ni los aficionados a los toros vamos a la plaza de Sevilla a regodearnos en la muerte de un toro. Un cazador va a cobrar una pieza en una actividad propia de la especie humana, que le ha hecho crecer como tal y que ha sido fundamental para que como especie séamos mejores y más nobles. Poder revivir experiencias que el ser humano ha ido perfeccionando desde hace decenas de miles de año tiene una importancia cultural, histórica y social fuera de análisis simplistas como los suyos. Igual que la tauromaquia, en la que el refinamiento de un rito ancestral ha conseguido mantener de forma cada vez más bella distintas tradiciones propias de las culturas mediterráneas. Y aunque es ocioso repetirlo parece que en este caso resulta obligado hacerlo: los aficionados no vamos a los toros a ver sufrir al animal. Más allá del debate sobre si el animal sufre o no (que no lo hace, porque ello implica una valoración moral de la que carece), o de si siente o no dolor (que no lo siente, por la compensación a través de la generación instantánea de endorfinas), lo que es indiscutible es que los aficionados vamos a ver torear, vamos a ver cómo un torero, con un pequeño trapo, se enfrente a la bravura de un animal indómito con su inteligencia, y es capaz, si ello fuera poco, de crear belleza en ese embate.
Señora Ministra, usted tiene todo el derecho del mundo a tener la opinión que quiera respecto a la caza o respecto a la tauromaquia ¡faltaba más! Pero con dos precisiones. La primera es que prohibir manifestaciones antropológicas o culturales que no atentan contra la dignidad de un ser humano es atacar la cultura y limitar la libertad de quienes quieren disfrutar de esas tradiciones. Y la segunda, que desde una posición representativa como la de Ministro (o Ministra) antes de hacer manifestaciones tan genéricas e imprecisas como las que hizo debería conocer con mayor precisión de qué está hablando. A todos nos gustan los animales vivos, pero según cuáles y cuándo, no todos ni en todas las situaciones. Ciertos mosquitos en verano nos gustan muertos, y ciertos animales, debidamente sacrificados, destinados a nuestra cultura gastronómica. La vida, que ni siquiera en los hombres es un valor absoluto, menos aun es un elemento genérico de diferenciación moral en la relación con los animales.
martes, 25 de septiembre de 2018
Democracia, Tauromaquia y Referendum
El pasado viernes
21, Pablo Iglesias manifestaba la conveniencia de realizar un referéndum sobre
la tauromaquia. Según informa El Mundo afirmó que él no puede imponer un
criterio a todo el mundo, por lo que es un asunto que debería decidir la
mayoría a través de una consulta. "Estaría bien preguntar a la gente. En
esto habría que ser demócratas".
Esto es, él no cree
que pueda imponer su criterio, pero cree que la mayoría a través de una
consulta sí puede (debe) hacerlo, ya que eso es lo democrático.
El concepto de
democracia que parece deslizarse de estas palabras no sólo es terriblemente
simplón, sino extremadamente peligroso. La opinión de uno no puede ser impuesta
a todos los demás, pero la opinión de la mayoría sí.
Pues no. Para nada.
Eso no es democrático sino totalitario. Lo democrático es que cada cual pueda
vivir conforme a sus ideas, criterios y principios siempre que con ello no
contravenga unas mínimas normas de convivencia. ¿Se imagina alguien que sometiéramos
a referéndum qué religión, orientación sexual o ideología política prefieren
los españoles? Y que aquella que resultara mayoritaria se impusiera y tuviera
que ser asumida por todos…
La democracia es un
sistema en el que gobierna la mayoría, pero en el que lo hace con determinados
límites. Y, entre ellos, dos imprescindibles: el respeto a los derechos
individuales y a las minorías.
El debate sobre la
tauromaquia es, al fin y al cabo, el debate entre quienes consideran que no
cabe infringir ningún daño a los animales y quienes creemos que por razones
alimenticias o culturales los animales pueden ser tratados de un modo conforme
a su naturaleza (no igual, por tanto, un perro que un toro de lidia, ni un
mosquito que un jabalí), aunque ello implique en determinados casos su muerte
(en mataderos, en plazas de toros o en cotos de caza, por poner algunos
ejemplos). Un referéndum sobre la tauromaquia supondría que una eventual
mayoría contraria a la tauromaquia puede imponer su visión sobre la relación del
hombre con los animales al resto. ¿Y podría un referéndum posterior prohibir vender
carne de cerdo, o de vaca, o de cordero, como propugnan los mismos que
pretenden la abolición de la tauromaquia? ¿O no efectuar pruebas médicas con
animales aunque con ello se imposibilitara o retrasara enormemente el avance
científico y se impidiera salvar vidas humanas?
Un referéndum sobre
la tauromaquia no es democrático porque supondría tratar de imponer una
determinada visión del hombre sobre otras, porque supondría determinar qué
manifestaciones culturales deben prohibirse (¿podría ser objeto de referéndum
prohibir el arte abstracto, el rap, la música gregoriana,…?).
Como ciudadanos,
antes que como aficionados a los toros, debemos llamar la atención sobre los
peligros que suponen los que proponen la prohibición de la tauromaquia. Se
trata de imponer una visión del mundo, de la relación entre las especies, de la
cultura, de la propia naturaleza del ser humano y su capacidad de dominar el
mundo y servirse de otras especies con responsabilidad y discernimiento ético,…
No, no es la tauromaquia
lo que está en juego. Es la libertad. Y la democracia. Que no consiste en que
una mayoría imponga sus criterios, sino en que cada uno pueda vivir conforme a
los suyos siempre que con ello no impida un espacio igual de libertad de otro
ser humano.jueves, 23 de agosto de 2018
Ocurrencias estivales
Un ganadero dice que "los toros" son un espectáculo donde la gente no paga por ver "toros" sino "toreros". Y quizá no le falte razón. Así están las cosas.
Muchos aficionados le llaman de todo; pero quizá sólo los que lo han criticado (uno a uno, sin faltar ni sobrar uno) son los acuden a las plazas a ver toros. El resto, o va a ver lo que le cuadra (porque son las fiestas de su pueblo, del de al lado o del de la parienta) o va a ver cualquier cosa.
El ganadero en cuestión, dicho sea para el análisis de quienes creen que la competencia es beneficiosa para la sociedad y el mercado, gana más dinero criando toros que el público no demanda y que no atraen gente a la plaza, que la mayoría de los ganaderos que sí crían toros que, con independencia de los espadas que los lidien, atraen público a las plazas. Así están las cosas.
Mientras, otros ganaderos (y ganaderas), manifiestan desde la venerable sabiduría que sólo dan los años y los peculiares cardados capilares, que las figuras son de pitiminí porque no quieren lidian sus toros, porque torean mucho con la muleta y porque ella se aburre con ese toreo. La periodista, eso sí, olvidó preguntarle la última faena que le había emocionado con uno de sus toros (no la que ella se imaginó con algún toro que le gustó, sino alguna faena real).
Los aficionados, entretanto, recuerdan a los empresarios taurinos las declaraciones del Ministro del ramo diciendo que si la bajada del IVA al cine no repercute en el precio de las entradas se volverá a subir el IVA. E instan al Ministro a que suba el IVA del toreo porque no han bajado las entradas. Tanto aprecian a los "productores" que prefieren el dinero en mano de los políticos que en el negocio de la Fiesta. Así están las cosas.
Un aficionado en el apartado de Bilbao grita que todos los toros están afeitados. Lo hace a voz en grito cuando se está desarrollando un acto que, en aquella tierra, tiene su liturgia y se realiza con el debido respeto a los toros y a los aficionados. No espera a que finalice el acto, ni a un momento más oportuno, sino en el que puede llamar más la atención. Porque es de buenos aficionados taurinos gritar de modo vehemente en cualquier momento. Y algo que en cualquier otra actividad artística sería unánimemente repudiado por los demás espectadores, aquí es aplaudido por los aficionados más aficionados entre los aficionados porque representa lo que estos aficionados más aficionados entre los aficionados quieren oír. Y como las clases bien de Bilbao, el Presidente del festejo y la Junta Administrativa le hicieron callar, estos son unos paniaguados de los taurinos.
Y la Junta Administrativa dice que va a prohibir a este señor acudir a más apartados. Y los aficionados más aficionados entre los aficionados dicen que no se rinda y vaya. Y él dice que va a ir... Y mientras, en la plaza, Padilla y dos figuras llenan solo media plaza. Pero el problema es que un ganadero dice que la gente va a ver a los toreros, que ese señor no es un ganadero sino un "ganaduros" (y a fe que lo es más que los de su gremio), que las figuras son de pitiminí, que es mejor un IVA más alto para el Gobierno que un mayor margen para los comisionistas del taurineo, que gritar en medio de un apartado con su ritual es libertad de expresión y que el mejor modo de acabar con los aficionados que protestan es echándoles de las plazas. Eso sí, cuéntenme si en las barras de los bares, si en los programas de televisión, si en las colas del supermercado, si en las playas o en los trabajos este verano alguien les habla de toros (o de toreros). Así están las cosas...
Muchos aficionados le llaman de todo; pero quizá sólo los que lo han criticado (uno a uno, sin faltar ni sobrar uno) son los acuden a las plazas a ver toros. El resto, o va a ver lo que le cuadra (porque son las fiestas de su pueblo, del de al lado o del de la parienta) o va a ver cualquier cosa.
El ganadero en cuestión, dicho sea para el análisis de quienes creen que la competencia es beneficiosa para la sociedad y el mercado, gana más dinero criando toros que el público no demanda y que no atraen gente a la plaza, que la mayoría de los ganaderos que sí crían toros que, con independencia de los espadas que los lidien, atraen público a las plazas. Así están las cosas.
Mientras, otros ganaderos (y ganaderas), manifiestan desde la venerable sabiduría que sólo dan los años y los peculiares cardados capilares, que las figuras son de pitiminí porque no quieren lidian sus toros, porque torean mucho con la muleta y porque ella se aburre con ese toreo. La periodista, eso sí, olvidó preguntarle la última faena que le había emocionado con uno de sus toros (no la que ella se imaginó con algún toro que le gustó, sino alguna faena real).
Los aficionados, entretanto, recuerdan a los empresarios taurinos las declaraciones del Ministro del ramo diciendo que si la bajada del IVA al cine no repercute en el precio de las entradas se volverá a subir el IVA. E instan al Ministro a que suba el IVA del toreo porque no han bajado las entradas. Tanto aprecian a los "productores" que prefieren el dinero en mano de los políticos que en el negocio de la Fiesta. Así están las cosas.
Un aficionado en el apartado de Bilbao grita que todos los toros están afeitados. Lo hace a voz en grito cuando se está desarrollando un acto que, en aquella tierra, tiene su liturgia y se realiza con el debido respeto a los toros y a los aficionados. No espera a que finalice el acto, ni a un momento más oportuno, sino en el que puede llamar más la atención. Porque es de buenos aficionados taurinos gritar de modo vehemente en cualquier momento. Y algo que en cualquier otra actividad artística sería unánimemente repudiado por los demás espectadores, aquí es aplaudido por los aficionados más aficionados entre los aficionados porque representa lo que estos aficionados más aficionados entre los aficionados quieren oír. Y como las clases bien de Bilbao, el Presidente del festejo y la Junta Administrativa le hicieron callar, estos son unos paniaguados de los taurinos.
Y la Junta Administrativa dice que va a prohibir a este señor acudir a más apartados. Y los aficionados más aficionados entre los aficionados dicen que no se rinda y vaya. Y él dice que va a ir... Y mientras, en la plaza, Padilla y dos figuras llenan solo media plaza. Pero el problema es que un ganadero dice que la gente va a ver a los toreros, que ese señor no es un ganadero sino un "ganaduros" (y a fe que lo es más que los de su gremio), que las figuras son de pitiminí, que es mejor un IVA más alto para el Gobierno que un mayor margen para los comisionistas del taurineo, que gritar en medio de un apartado con su ritual es libertad de expresión y que el mejor modo de acabar con los aficionados que protestan es echándoles de las plazas. Eso sí, cuéntenme si en las barras de los bares, si en los programas de televisión, si en las colas del supermercado, si en las playas o en los trabajos este verano alguien les habla de toros (o de toreros). Así están las cosas...
miércoles, 8 de agosto de 2018
A vueltas con las plazas de toros
Ayer en Twitter, dos noticias volvieron a
poner en evidencia que la propiedad de las plazas de toros es una de las
principales debilidades de la Fiesta. Por un lado, se recordaba cómo, en plena
feria de la Virgen Blanca, este es el segundo año sin toros en Vitoria,
planteando algunos la falta de generosidad de los taurinos para hacer los
esfuerzos que hicieran falta para haber mantenido los festejos en esa plaza.
Por la tarde, un tweet anunciaba que una empresa inmobiliaria había hecho una
oferta por la plaza de toros de Córdoba, lo que podía hacer que la ciudad de
los Califas dejara de tener plaza de toros.
Desde aquí se ha dicho reiteradamente y
desde hace muchos años: el hecho de que los empresarios (ahora, algunos, “productores”)
no tenga el control (propiedad o arrendamientos a largo plazo) de los lugares
en los que se pueden desarrollar festejos taurinos deja la celebración de estos
festejos en mano de los intereses y conveniencias de personas ajenas al mundo
taurino, ya sean entidades públicas o privadas. Es cierto que el hecho de que
las plazas sean propiedad de “taurinos” no garantiza que las cosas se hagan
bien, pero al menos evita que sean otros, y sus intereses, los que decidan por
nosotros. (Un apunte aquí: Barcelona, en esto, no es una excepción, porque la
propiedad de la plaza –Balañá- no era ya, cuando se decretó la prohibición de
los toros en Cataluña, una empresa taurina, sino una empresa de salas de
espectáculos diversos en los que la tenencia de la plaza de toros era algo
residual en su cuenta de resultados).
Los casos de Vitoria y de Córdoba son
paradigmáticos de esa dependencia de otros. En Vitoria, por ejemplo, a pesar de
lo que algunos crean, los toros no están prohibidos. Como nunca lo estuvieron
en San Sebastián, a pesar de que durante varios años no se dieron festejos en
su plaza. La plaza de Vitoria es una plaza de titularidad municipal en la que
el Ayuntamiento, en el ejercicio de sus competencias, ha decidido sacarla a
concurso en condiciones diferentes de las que permitieron a los empresarios
taurinos, en el pasado, que las cuentas les cuadraran. Ahora, existe un canon
(muy modesto, pero lo hay) y no hay ayudas municipales de ningún tipo. Parece
que, en esas condiciones, no hay ninguna empresa a la que le cuadren las
cuentas.
Obviamente, lo primero que podemos plantear
es por qué el Ayuntamiento modifica sus criterios y discrimina a los toros
respecto a otras actividades de su feria, quitándoles cualquier ayuda y
obligando a pagar dinero para su celebración. Sin duda, es algo deplorable,
pero al menos en apariencia es legal que lo haga: el Ayuntamiento puede decidir
en qué invierte sus recursos y cómo se gestionan sus bienes municipales. Lo que
habría que plantearse, entonces, es cómo es posible que no cuadren las cuentas
por tener que pagar 3.000 euros por utilizar un recinto para dar toros en una
plaza de segunda. Algo está mal, muy mal, en la estructura del negocio taurino
si con este coste del “piso de plaza” los números no salen.
Lo de Córdoba es más curioso aun. La plaza
de toros es de propiedad privada. De unas familias que tienen reservada el
mejor tendido, que no pagan por ir a los toros y que alquilan la plaza para
este menester a quien tiene por conveniente en las condiciones que deciden. En
los últimos años, la empresa gestora ha sido la FIT, en una labor que no ha sido
precisamente brillante en cuanto a número de festejos y asistencia de gente (a
cambio, este año pudimos ver unas faenas de Finito y de Morante realmente
memorables).
Si ahora la propiedad de la plaza recibe
una oferta para vender la plaza a alguien que cree que puede desarrollar un
negocio inmobiliario en su emplazamiento, lo probable es que valore la oferta.
Y luego, que decida según le convenga. Es cierto que los taurinos querríamos
que decidieran conforme nos interesa a los aficionados, pero ¿por qué habrían
de hacerlo? Ciertamente tienen una responsabilidad para con la sociedad de la
que forman parte y especialmente con los aficionados, los ganaderos, los
toreros,… y todos aquellos que de un modo u otro están vinculados con lo que
sucede en la plaza (los stakeholders de los que hablan los anglosajones). Pero
si ni los empresarios, ni los toreros, ni los ganaderos invierten sus ahorros
en construir plazas de toros, ¿por qué unos terceros deben mantenerlas en vez
de poder monetizar su valor y gastarlo o invertirlo como tengan por
conveniente?
Construir una plaza de toros es algo
costosísimo. Hacerlo sólo para dar espectáculos taurinos no tiene ningún
sentido en la actualidad. La propiedad de la mayoría de las plazas están en
manos de entidades públicas y privadas que nada tienen que ver con la
tauromaquia. Y los taurinos no han invertido en absoluto en la construcción de
las plazas o en investigar si es posible adaptar otros espacios para dar
espectáculos taurinos. Por eso, la posibilidad de celebración de espectáculos
taurinos depende de la decisión de otros, que no son ni los empresarios, ni los
toreros, ni los ganaderos. Sólo con la unión de toros (aficionados incluidos)
se puede seguir exigiendo a las administraciones y propiedades privadas que las
plazas de toros se destinen a los fines para los que fueron construidas. Pero no
estaría de más que alguien comenzara a pensar en cómo hacer para que la Fiesta
no descanse casi totalmente en manos completamente ajenas.
sábado, 4 de agosto de 2018
Cuando lo que importa... (Huelva, 3 de agosto de 2018)
La tarde del 3 de agosto en Huelva era importante, sobre todo, porque un hombre se había sobrepuesto al infortunio. A David de Miranda le habíamos visto hacía dos años tomar la alternativa en esta misma plaza de manos de José Tomás y lo hizo con una seriedad y un buen toreo que habrían debido ser recompensado con más oportunidades en las plazas. Pero el negocio de los comisionistas del toreo está como está y las oportunidades casi no llegaron. En la última de ellas, en Toro, el año pasado, sufrió una voltereta que a punto estuvo de costarle la movilidad. Una buena atención médica, su constancia y un punto de suerte le han hecho recuperarse. Ayer en su primer toro (el tercero de la tarde) dio una dimensión litúrgica de su toreo, quizá tratando de imitar en exceso a su padrino de alternativa, pero la pureza en su forma de recibir con el capote al toro, las saltilleras ajustadísimas y con solo un pedazo de capote en el quite y la rotundidad y cercanía absoluta y sin aspavientos con la muleta conectaron con el público, que se regocijó con el toreo y con la vuelta a la profesión (a una vida plena) de David de Miranda.
A destacar, que antes de salir el primer toro, cuando todos esperábamos que se le recibiera con una gran ovación esta empezó muy tímida, y fue Morante quien, en el ruedo soltando las muñecas, le animó a salir a saludar, momento en el cual el aplauso se tornó unánime.
Antes de que en el tercero, David de Miranda se reencontrara con el hombre y con el torero, las faenas al primero y al segundo hacían presagiar una tarde nefasta. Sólo se salvó, ¡y cómo! el inmenso toreo de capote de Morante a su primero, tan personal, tan puro, tan hondo,... tan repetido que, a pesar de ser un milagro, nos parece que es lo normal. Ese toro llegó a la muleta completamente parado y fue imposible hacer nada con él. Como con el segundo, al que Manzanares cuidó en los primeros tercios, pese a lo cual se derrumbó completamente tras el primer muletazo y hubieron de levantarlo, no sin esfuerzo, coleándolo. Al siguiente paso volvió a caer con estrépito y esta vez hubo que levantarle tirando de rabo y cornamenta. Lo razonable después de aquello hubiera sido prepararlo para la muerte o al menos taparse un poco, pero Manzanares se colocó y citó como si pretendiera hacer una faena con todos los rigores, desde la hondura, algo que se antojaba esperpéntico con aquel bicho.
Lo del tercero está ya contado. Y lo del cuarto es inenarrable. Morante hizo una de sus faenas más completas que le hemos visto. Uno no es mucho de contar despojos, pero si hay una faena merecedora de rabo es una faena como la de ayer de Morante en El Puerto, porque toreó extraordinariamente bien en todos los tercios. Lo hizo todo. Y todo lo hizo bien. Toreó con el capote de recibo en una mezcla inspirada de verónicas y delantales extraordinarias, cerrando con una media grandiosa. Llevó al toro al caballo con un natural galleo por chicuelinas, leves, al paso,... Quitó desde el mismo caballo con nuevos lances llenos de torería. Cuando el Lili tenía ya en sus manos las banderillas con los papelillos colorados (y no blancos y azul, como es usual en Huelva), Morante le pidió sorpresivamente los palos y puso tres pares de banderillas desde el más absoluto clasicismo, los dos primeros en cercanía (con susto incluido en el segundo al no saltar la barrera y hacer el toro por él) y el tercero en un quiebro perfecto entre las tablas y la primera raya. Con la muleta hizo una faena variada, no muy larga, pero en la que intercaló series de derechazos y al natural con un comienzo inspirado y remates y pases de diversa factura. Sobre todo, con una torería en la cara del toro inmensa. El toro se puso complicado para cuadrarlo (escarbaba siempre), pero Morante lo colocaba, primero con el luego, luego con la muleta en alto plegada,... Hasta el que el toro estuvo cinco segundos sin escarbar y el de La Puebla ejecutó el volapié en corto y por derecho.
Seguro que hemos visto a veces a Morante trazas alguna verónica o alguna media de más belleza, y algún par de banderillas (aquel con las cortas en Ronda sentado en una silla de enea...). Le hemos visto alguna serie de muletazos mejor con algún otro toro, adornos más inspirados,... Pero es que lo de Huelva ha sido un compendio total de torería en sus tres tercios. Con guiños culturalistas, como decía mi amigo José María Jurado, al toreo de otros tiempos, a otros maestros, a otra forma de estar delante del toro. Sólo eso justifica los kilómetros a Huelva y los de toda una temporada. Como los justificó lo de Córdoba. Y como tantas y tantas cosas que vemos.
Para quienes acostumbran a decir que las faenas de muleta no tienen por qué tener más de quince o veinte muletazos, una faena como la de ayer de Morante debe ser paradigmática. Porque es realmente extraño que un torero pueda dar más de sí en todos los tercios. Lo importante no es la perfección del trazo de un natural o un pase de pecho, es el modo único en que un creador dibuja una obra de arte efímera con una personalidad única y trayendo retazos de la historia del toreo.
Luego, Manzanares trató de resarcirse con el quinto, un toro que cabeceaba y ponía más problemas. Manzanares aprovechó su empaque, pero faltaba ajuste (mucho). La diferencia era muy notable. Hubo momentos de trazo bello, pero muy distante; ligazón aparente, pero a base de sacarse al toro muy lejos al final de cada muletazo;... Además, la primera estocada (que cobró después de buscar al toro, andarín, por toda la plaza) hizo guardia.
Y el último fue un toro con menos posibilidades. No tan parado como los dos primeros, pero sin la nobleza de tercero y cuarto. David de Miranda lo intentó, pero faltó la garra del tercero, el asentamiento, quizá también la claridad de ideas y la decisión. Aun así, sólo por la faena del tercero y por haberse recuperado al torero y al hombre, deberían darse más oportunidades a este matador.
A destacar, que antes de salir el primer toro, cuando todos esperábamos que se le recibiera con una gran ovación esta empezó muy tímida, y fue Morante quien, en el ruedo soltando las muñecas, le animó a salir a saludar, momento en el cual el aplauso se tornó unánime.
Antes de que en el tercero, David de Miranda se reencontrara con el hombre y con el torero, las faenas al primero y al segundo hacían presagiar una tarde nefasta. Sólo se salvó, ¡y cómo! el inmenso toreo de capote de Morante a su primero, tan personal, tan puro, tan hondo,... tan repetido que, a pesar de ser un milagro, nos parece que es lo normal. Ese toro llegó a la muleta completamente parado y fue imposible hacer nada con él. Como con el segundo, al que Manzanares cuidó en los primeros tercios, pese a lo cual se derrumbó completamente tras el primer muletazo y hubieron de levantarlo, no sin esfuerzo, coleándolo. Al siguiente paso volvió a caer con estrépito y esta vez hubo que levantarle tirando de rabo y cornamenta. Lo razonable después de aquello hubiera sido prepararlo para la muerte o al menos taparse un poco, pero Manzanares se colocó y citó como si pretendiera hacer una faena con todos los rigores, desde la hondura, algo que se antojaba esperpéntico con aquel bicho.
Lo del tercero está ya contado. Y lo del cuarto es inenarrable. Morante hizo una de sus faenas más completas que le hemos visto. Uno no es mucho de contar despojos, pero si hay una faena merecedora de rabo es una faena como la de ayer de Morante en El Puerto, porque toreó extraordinariamente bien en todos los tercios. Lo hizo todo. Y todo lo hizo bien. Toreó con el capote de recibo en una mezcla inspirada de verónicas y delantales extraordinarias, cerrando con una media grandiosa. Llevó al toro al caballo con un natural galleo por chicuelinas, leves, al paso,... Quitó desde el mismo caballo con nuevos lances llenos de torería. Cuando el Lili tenía ya en sus manos las banderillas con los papelillos colorados (y no blancos y azul, como es usual en Huelva), Morante le pidió sorpresivamente los palos y puso tres pares de banderillas desde el más absoluto clasicismo, los dos primeros en cercanía (con susto incluido en el segundo al no saltar la barrera y hacer el toro por él) y el tercero en un quiebro perfecto entre las tablas y la primera raya. Con la muleta hizo una faena variada, no muy larga, pero en la que intercaló series de derechazos y al natural con un comienzo inspirado y remates y pases de diversa factura. Sobre todo, con una torería en la cara del toro inmensa. El toro se puso complicado para cuadrarlo (escarbaba siempre), pero Morante lo colocaba, primero con el luego, luego con la muleta en alto plegada,... Hasta el que el toro estuvo cinco segundos sin escarbar y el de La Puebla ejecutó el volapié en corto y por derecho.
Seguro que hemos visto a veces a Morante trazas alguna verónica o alguna media de más belleza, y algún par de banderillas (aquel con las cortas en Ronda sentado en una silla de enea...). Le hemos visto alguna serie de muletazos mejor con algún otro toro, adornos más inspirados,... Pero es que lo de Huelva ha sido un compendio total de torería en sus tres tercios. Con guiños culturalistas, como decía mi amigo José María Jurado, al toreo de otros tiempos, a otros maestros, a otra forma de estar delante del toro. Sólo eso justifica los kilómetros a Huelva y los de toda una temporada. Como los justificó lo de Córdoba. Y como tantas y tantas cosas que vemos.
Para quienes acostumbran a decir que las faenas de muleta no tienen por qué tener más de quince o veinte muletazos, una faena como la de ayer de Morante debe ser paradigmática. Porque es realmente extraño que un torero pueda dar más de sí en todos los tercios. Lo importante no es la perfección del trazo de un natural o un pase de pecho, es el modo único en que un creador dibuja una obra de arte efímera con una personalidad única y trayendo retazos de la historia del toreo.
Luego, Manzanares trató de resarcirse con el quinto, un toro que cabeceaba y ponía más problemas. Manzanares aprovechó su empaque, pero faltaba ajuste (mucho). La diferencia era muy notable. Hubo momentos de trazo bello, pero muy distante; ligazón aparente, pero a base de sacarse al toro muy lejos al final de cada muletazo;... Además, la primera estocada (que cobró después de buscar al toro, andarín, por toda la plaza) hizo guardia.
Y el último fue un toro con menos posibilidades. No tan parado como los dos primeros, pero sin la nobleza de tercero y cuarto. David de Miranda lo intentó, pero faltó la garra del tercero, el asentamiento, quizá también la claridad de ideas y la decisión. Aun así, sólo por la faena del tercero y por haberse recuperado al torero y al hombre, deberían darse más oportunidades a este matador.
domingo, 1 de julio de 2018
La importancia de José Tomás (Algeciras, 29 de julio de 2018)
Haber podido estar la tarde del viernes en Algeciras ha sido (personalmente) muy importante. Incluso más allá de lo que sucediera en el ruedo, hay historias de lucha y esperanza que merecen mucho la pena. Y hay quienes acompañan desde la generosidad de un modo impagable.
Pero después de todo, íbamos a ver una corrida de toros. Como cuando de niños perseguíamos al Niño de la Capea, a Julio Robles, a Paquirri, a Esplá o a Espartaco cuando bajaban las escaleras del hotel camino del coso de la Era de los Mártires.
En Algeciras eran José Tomás y Perera. A decir verdad, era José Tomás, que había decidido volver en Algeciras y hacerlo mano a mano con Perera. Porque si hay algo que caracteriza a José Tomás, y que admiran y odian por partes iguales sus acérrimos partidarios y sus detractores es la capacidad de elegir dónde torea, qué toros lidia, con quién comparte cartel y cuánto cobra por hacerlo. Otros lo han soñado, pero de los que lo han intentado él ha sido el único que lo ha podido llevar a cabo. Y eso enerva visceralmente a muchos, a casi todos los mediocres que inundan los callejones de las plazas de toros.
De lo que sucedió en el ruedo han tenido ustedes noticia cabal. Si no, lean El Mundo, Cuadernos de Tauromaquia, ABC, Taurología, La Razón, La Vanguardia, El País,... Y busquen las imágenes, que las hay en abundancia.
No tiene sentido glosar aquí cada uno de los lances de José Tomás, cada serie de pases de muleta,... La importancia de José Tomás supera la descripción detallada de sus faenas. José Tomás impresiona por el rito. Por el supremo respeto al hecho de vestirse de torero. Por cómo hace cada una las cosas cuando está en el ruedo.
El viernes toreó de forma sublime con capote y muleta. Con una variedad infinita (recuerdo aquí aquellas palabras de Vidal glosando la faena de Curro Romero a Soneto una Feria de Otoño: "ha dado más variedad de pases en cuatro minutos que el resto del escalafón en toda la temporada"). Y lo hizo todo con una cadencia, una templanza y una naturalidad escalofriantes.
Los toros no acompañaron. Y aun así, su maestría se sobrepuso.
Que muchos de quienes estábamos en la plaza íbamos a verle triunfar... ¡Por supuesto! Que eso nos hizo engrandecer fases menores ¡Para nada!
Como tampoco nos hizo disfrutar menos del inmenso toreo de Perera (indulto aparte). Que tuvo en la de Algeciras una de sus tardes más importantes. Como reivindicación de una forma de entender la profesión tan dura como gratificante (esa independencia junto a Cepeda). Y por un toreo que, más allá de las cercanías, nos recordó al de su año de explosión en figura, engrandecido por un poso de sabiduría que sólo dan los años.
Perera toreó extraordinariamente bien. Espoleado por José Tomás, que no sólo llena incluso las tardes que no torea en las ferias en las que se anuncia sino que saca lo mejor de sus compañeros cuando se anuncian con él.
A quienes dicen que José Tomás debía competir en más ferias y con todos los toreros debería recordársele que José Tomás ha toreado con todas las figuras actuales del escalafón. Y que todos ellos han sacado lo mejor de ellos mismos la tarde en la que se anunciaron con el de Galapagar. Que alguno de ellos intente hacer lo mismo en número festejos, en elección de compañeros, en imposición del caché,... Y veremos qué sucede.
José Tomás es fundamental en estos años porque reivindica la pureza del rito, la naturalidad como esencia del toreo, la variedad, la improvisación y la creación de nuevos pases (o la reinterpretación de otros). Además de exhibir su profunda libertad dentro y fuera del ruedo. Pero también es fundamental porque exige lo mejor de quienes se anuncian con él.
Ha conseguido que cada tarde que se anuncia sea un acontecimiento. Un acontecimiento que trataremos de no perdernos mientras podamos.
Pero después de todo, íbamos a ver una corrida de toros. Como cuando de niños perseguíamos al Niño de la Capea, a Julio Robles, a Paquirri, a Esplá o a Espartaco cuando bajaban las escaleras del hotel camino del coso de la Era de los Mártires.
En Algeciras eran José Tomás y Perera. A decir verdad, era José Tomás, que había decidido volver en Algeciras y hacerlo mano a mano con Perera. Porque si hay algo que caracteriza a José Tomás, y que admiran y odian por partes iguales sus acérrimos partidarios y sus detractores es la capacidad de elegir dónde torea, qué toros lidia, con quién comparte cartel y cuánto cobra por hacerlo. Otros lo han soñado, pero de los que lo han intentado él ha sido el único que lo ha podido llevar a cabo. Y eso enerva visceralmente a muchos, a casi todos los mediocres que inundan los callejones de las plazas de toros.
De lo que sucedió en el ruedo han tenido ustedes noticia cabal. Si no, lean El Mundo, Cuadernos de Tauromaquia, ABC, Taurología, La Razón, La Vanguardia, El País,... Y busquen las imágenes, que las hay en abundancia.
No tiene sentido glosar aquí cada uno de los lances de José Tomás, cada serie de pases de muleta,... La importancia de José Tomás supera la descripción detallada de sus faenas. José Tomás impresiona por el rito. Por el supremo respeto al hecho de vestirse de torero. Por cómo hace cada una las cosas cuando está en el ruedo.
El viernes toreó de forma sublime con capote y muleta. Con una variedad infinita (recuerdo aquí aquellas palabras de Vidal glosando la faena de Curro Romero a Soneto una Feria de Otoño: "ha dado más variedad de pases en cuatro minutos que el resto del escalafón en toda la temporada"). Y lo hizo todo con una cadencia, una templanza y una naturalidad escalofriantes.
Los toros no acompañaron. Y aun así, su maestría se sobrepuso.
Que muchos de quienes estábamos en la plaza íbamos a verle triunfar... ¡Por supuesto! Que eso nos hizo engrandecer fases menores ¡Para nada!
Como tampoco nos hizo disfrutar menos del inmenso toreo de Perera (indulto aparte). Que tuvo en la de Algeciras una de sus tardes más importantes. Como reivindicación de una forma de entender la profesión tan dura como gratificante (esa independencia junto a Cepeda). Y por un toreo que, más allá de las cercanías, nos recordó al de su año de explosión en figura, engrandecido por un poso de sabiduría que sólo dan los años.
Perera toreó extraordinariamente bien. Espoleado por José Tomás, que no sólo llena incluso las tardes que no torea en las ferias en las que se anuncia sino que saca lo mejor de sus compañeros cuando se anuncian con él.
A quienes dicen que José Tomás debía competir en más ferias y con todos los toreros debería recordársele que José Tomás ha toreado con todas las figuras actuales del escalafón. Y que todos ellos han sacado lo mejor de ellos mismos la tarde en la que se anunciaron con el de Galapagar. Que alguno de ellos intente hacer lo mismo en número festejos, en elección de compañeros, en imposición del caché,... Y veremos qué sucede.
José Tomás es fundamental en estos años porque reivindica la pureza del rito, la naturalidad como esencia del toreo, la variedad, la improvisación y la creación de nuevos pases (o la reinterpretación de otros). Además de exhibir su profunda libertad dentro y fuera del ruedo. Pero también es fundamental porque exige lo mejor de quienes se anuncian con él.
Ha conseguido que cada tarde que se anuncia sea un acontecimiento. Un acontecimiento que trataremos de no perdernos mientras podamos.
domingo, 29 de abril de 2018
En un colegio de Triana
Sucede en un mes de abril en un colegio público de Sevilla, de Triana por ser más precisos. La semana siguiente a la Feria. Es una clase de chavales de nueve y diez años. La profesora, antitaurina confesa, está adiestrando a los niños en los rudimentos del debate, de los argumentos, de la exposición de un punto de vista,... Una clase de lengua, en fin.
Son más de veinte "chicos y chicas" y les propone hablar de por qué hay que matar a los toros en una plaza. Todos defienden que no está bien. Todos menos una niña, que argumenta, frente a todos sus compañeros, que a ella le gustan los toros, que es mejor que maten a los toros en la plaza que en un matadero o que si se espera a que se mueran enfermos y su carne no pueda utilizarse, a ver cómo vamos a comer carne. Y que, además, a veces, cuando el toro es muy bueno, se le indulta, "como el de el Juli".
La mayoría de sus compañeros no saben quién es el Juli, ni que se está refiriendo a Orgullito. Pero ella lo defiende frente a todos ellos y frente a su profesora. Algunos compañeros sostienen que es mejor dejar que los toros se mueran en el campo para después hacer los filetes o las hamburguesas... Y la profesora no dice nada. Ni de eso, ni de que la Tauromaquia es legalmente parte del patrimonio cultural de España.
Uno se pregunta cómo será Triana en unos años si la mayoría de los niños de sus colegios no saben reconocer la belleza del toreo. Cómo serán capaces de entender la absoluta genialidad de esa Sevilla del otro lado del río, o qué significa la estatua de Juan en el Altozano, o los azulejos de Chicuelo o de Gitanillo de Triana.
La Tauromaquia tiene una evidente carencia a la hora de comunicar su grandeza. Y el gobierno de España, y de las Comunidades Autónomas, a la hora de exigir que en la educación se cumpla la ley (y la defensa y protección de la Tauromaquia como parte del patrimonio cultural es una obligación legal).
Son más de veinte "chicos y chicas" y les propone hablar de por qué hay que matar a los toros en una plaza. Todos defienden que no está bien. Todos menos una niña, que argumenta, frente a todos sus compañeros, que a ella le gustan los toros, que es mejor que maten a los toros en la plaza que en un matadero o que si se espera a que se mueran enfermos y su carne no pueda utilizarse, a ver cómo vamos a comer carne. Y que, además, a veces, cuando el toro es muy bueno, se le indulta, "como el de el Juli".
La mayoría de sus compañeros no saben quién es el Juli, ni que se está refiriendo a Orgullito. Pero ella lo defiende frente a todos ellos y frente a su profesora. Algunos compañeros sostienen que es mejor dejar que los toros se mueran en el campo para después hacer los filetes o las hamburguesas... Y la profesora no dice nada. Ni de eso, ni de que la Tauromaquia es legalmente parte del patrimonio cultural de España.
Uno se pregunta cómo será Triana en unos años si la mayoría de los niños de sus colegios no saben reconocer la belleza del toreo. Cómo serán capaces de entender la absoluta genialidad de esa Sevilla del otro lado del río, o qué significa la estatua de Juan en el Altozano, o los azulejos de Chicuelo o de Gitanillo de Triana.
La Tauromaquia tiene una evidente carencia a la hora de comunicar su grandeza. Y el gobierno de España, y de las Comunidades Autónomas, a la hora de exigir que en la educación se cumpla la ley (y la defensa y protección de la Tauromaquia como parte del patrimonio cultural es una obligación legal).
Pero más allá de la Tauromaquia algo falla cuando la práctica totalidad de los niños de diez años de un colegio creen que los filetes se hacen de animales que mueren en el campo de muerte natural.
Definitivamente esto va mucho más allá de la Tauromaquia. Es defender una sociedad que sabe lo que le debe al mundo rural. Y que no hace trampas desde el buenismo. A veces, una niña de diez años lleva sobre sí ese peso frente a sus compañeros y a su profesora. Quizá sería bueno, como sociedad, que nos planteáramos que si es así hay muchas cosas que están fallando.
viernes, 19 de enero de 2018
A propósito de Valdemorillo
Según las noticias de las últimas horas la Feria de Valdemorillo está en el aire. La cuestión, si he conseguido entender bien la información deslavazada que se ha dado, es resumidamente la siguiente: la plaza de toros es propiedad municipal y tiene un contrato por el que una empresa se encarga de su gestión hasta el año 2026; se habría alcanzado un acuerdo entre la empresa concesionaria y el Ayuntamiento por el que éste gestionaría la plaza en la feria de este año de forma directa; el gobierno municipal está en minoría y el pleno que debería haber aprobado el cambio de gestión no lo ha hecho.
A un par de semanas de las fechas de la Feria la situación es complicada, ya que para que ésta pueda celebrarse deberá organizarla la empresa concesionaria, cuando parece que no era ésta su intención.
El caso de Valdemorillo viene a unirse al de plazas como las de Vitoria, San Sebastián, Zaragoza o Alicante, donde en los últimos meses las Administraciones propietarias de los cosos han generado notables incertidumbres sobre la posible celebración o no de festejos taurinos. En Vitoria se ha convocado un concurso cuyas condiciones han hecho que ningún empresario se presente; en San Sebastián los vaivenes políticos hacen incierta cada año la celebración de festejos; en Zaragoza, después de unos años en los que la nueva empresa ha conseguido mejorar la calidad de los festejos y la asistencia de público (además de hacer unas campañas de publicidad realmente imaginativas y modernas) solicitó la prórroga, que no fue concedida por la Diputación que optó por convocar un nuevo concurso con condiciones más onerosas; y en Alicante los juegos de mayorías han estado a punto de impedir la celebración de festejos este año, aunque al final la decisión del grupo mayoritario del Ayuntamiento parece que ha salvado el envite de las formaciones antitaurinas que le apoyan en el gobierno municipal.
Todo lo anterior reafirma algo que desde aquí venimos diciendo hace muchos años y de lo que parece que ahora algunos están tomando conciencia: la dependencia de las administraciones en cuanto propietarias de los cosos para celebrar espectáculos taurinos es una de las principales debilidades de la tauromaquia. La solución no es sencilla, porque pasa porque los empresarios taurinos lo sean verdaderamente y, en consecuencia, sean propietarios o titulares de derechos a largo plazo de las instalaciones que le permitan dar los festejos (como sucede en cualquier industria). No parece que la mayoría de los empresarios actuales tengan capacidad económica ni vocación de ir por este camino. Pero no hacerlo es un riesgo cada vez mayor para la continuidad de muchas ferias.
A un par de semanas de las fechas de la Feria la situación es complicada, ya que para que ésta pueda celebrarse deberá organizarla la empresa concesionaria, cuando parece que no era ésta su intención.
El caso de Valdemorillo viene a unirse al de plazas como las de Vitoria, San Sebastián, Zaragoza o Alicante, donde en los últimos meses las Administraciones propietarias de los cosos han generado notables incertidumbres sobre la posible celebración o no de festejos taurinos. En Vitoria se ha convocado un concurso cuyas condiciones han hecho que ningún empresario se presente; en San Sebastián los vaivenes políticos hacen incierta cada año la celebración de festejos; en Zaragoza, después de unos años en los que la nueva empresa ha conseguido mejorar la calidad de los festejos y la asistencia de público (además de hacer unas campañas de publicidad realmente imaginativas y modernas) solicitó la prórroga, que no fue concedida por la Diputación que optó por convocar un nuevo concurso con condiciones más onerosas; y en Alicante los juegos de mayorías han estado a punto de impedir la celebración de festejos este año, aunque al final la decisión del grupo mayoritario del Ayuntamiento parece que ha salvado el envite de las formaciones antitaurinas que le apoyan en el gobierno municipal.
Todo lo anterior reafirma algo que desde aquí venimos diciendo hace muchos años y de lo que parece que ahora algunos están tomando conciencia: la dependencia de las administraciones en cuanto propietarias de los cosos para celebrar espectáculos taurinos es una de las principales debilidades de la tauromaquia. La solución no es sencilla, porque pasa porque los empresarios taurinos lo sean verdaderamente y, en consecuencia, sean propietarios o titulares de derechos a largo plazo de las instalaciones que le permitan dar los festejos (como sucede en cualquier industria). No parece que la mayoría de los empresarios actuales tengan capacidad económica ni vocación de ir por este camino. Pero no hacerlo es un riesgo cada vez mayor para la continuidad de muchas ferias.
lunes, 15 de enero de 2018
Una nueva (¿gran?) temporada
Casi tres meses sin pisar una plaza de toros nos resulta una eternidad a los aficionados. Porque aunque los libros, los vídeos, las redes sociales y las charlas y tertulias de invierno hacen que la Fiesta no deje de estar presente, lo que de verdad nos apasiona de la tauromaquia es disfrutar en una plaza de toros del toreo. Y si además uno puede echar un rato antes y después con amigos, comentar la temporada o esa tarde y disfrutar de viandas locales, miel sobre hojuelas.
Queda ya muy poco para volver a las plazas este año. Y la pregunta es inevitable: ¿habrá carteles que nos llamen lo suficiente la atención para hacer cientos de kilómetros o volveremos a ver anunciados a los mismos toreros con los mismos hierros? Cada aficionado sabrá qué le ilusiona (lo que le emocione puede ser distinto, pero para que ello suceda le tiene que coger en la plaza, como la inspiración tiene que coger trabajando a los poetas). Por lo que se empieza a saber, fuera de lo que pueden hacer José Tomás y Morante (dos toreros que, por diversas razones, son objeto de críticas, pero que a mí me ilusionan de forma única) no hay grandes razones para la esperanza. Y sería bueno que todos, empresarios, ganaderos y toreros, fueran conscientes de que al aficionado hay que darle razones para la ilusión. Si no, cada vez se le hará más difícil (además de costoso) acudir a la plaza.
Una segunda reflexión que nos trae la lectura de las noticias taurinas del invierno es la imperiosa necesidad de que los empresarios (y esta es una labor sobre todo suya) empiecen a pensar de verdad en cómo se pueden dar festejos sin depender de las veleidades de las administraciones públicas en los cosos de su propiedad. Lo que ha sucedido en Zaragoza o en Vitoria, por poner sólo dos ejemplos (diferentes en sus planteamientos y consecuencias) o lo que ha estado a punto de pasar en Alicante, evidencia algo que desde aquí hemos dicho en muchas ocasiones: depender de los cosos de titularidad pública es quizá la principal debilidad que tiene en este momento la tauromaquia. O se encuentran pronto alternativas o el riesgo será cada año mayor.
Una tercera cuestión que compete al conjunto de los sectores taurinos es conseguir que la tauromaquia tenga la visibilidad en los medios de comunicación generalistas que se corresponda con su relevancia social y económica. Victorino Martín, nuevo Presidente de la Fundación del Toro de Lidia, ha manifestado que después de una primera fase centrada en la defensa jurídica, la Fundación se quiere orientar, también, a la promoción y la divulgación de la Fiesta. Labor imprescindible para el futuro.
Uno tiene la sensación de que el invierno ha sido (está siendo) muy largo sin asistir a las plazas. Pero que no se ha aprovechado lo suficiente para dar un impulso más a la Fiesta. Espero estar equivocado y poder decir dentro de unos meses que la de 2018 fue otra Gran Temporada.
Queda ya muy poco para volver a las plazas este año. Y la pregunta es inevitable: ¿habrá carteles que nos llamen lo suficiente la atención para hacer cientos de kilómetros o volveremos a ver anunciados a los mismos toreros con los mismos hierros? Cada aficionado sabrá qué le ilusiona (lo que le emocione puede ser distinto, pero para que ello suceda le tiene que coger en la plaza, como la inspiración tiene que coger trabajando a los poetas). Por lo que se empieza a saber, fuera de lo que pueden hacer José Tomás y Morante (dos toreros que, por diversas razones, son objeto de críticas, pero que a mí me ilusionan de forma única) no hay grandes razones para la esperanza. Y sería bueno que todos, empresarios, ganaderos y toreros, fueran conscientes de que al aficionado hay que darle razones para la ilusión. Si no, cada vez se le hará más difícil (además de costoso) acudir a la plaza.
Una segunda reflexión que nos trae la lectura de las noticias taurinas del invierno es la imperiosa necesidad de que los empresarios (y esta es una labor sobre todo suya) empiecen a pensar de verdad en cómo se pueden dar festejos sin depender de las veleidades de las administraciones públicas en los cosos de su propiedad. Lo que ha sucedido en Zaragoza o en Vitoria, por poner sólo dos ejemplos (diferentes en sus planteamientos y consecuencias) o lo que ha estado a punto de pasar en Alicante, evidencia algo que desde aquí hemos dicho en muchas ocasiones: depender de los cosos de titularidad pública es quizá la principal debilidad que tiene en este momento la tauromaquia. O se encuentran pronto alternativas o el riesgo será cada año mayor.
Una tercera cuestión que compete al conjunto de los sectores taurinos es conseguir que la tauromaquia tenga la visibilidad en los medios de comunicación generalistas que se corresponda con su relevancia social y económica. Victorino Martín, nuevo Presidente de la Fundación del Toro de Lidia, ha manifestado que después de una primera fase centrada en la defensa jurídica, la Fundación se quiere orientar, también, a la promoción y la divulgación de la Fiesta. Labor imprescindible para el futuro.
Uno tiene la sensación de que el invierno ha sido (está siendo) muy largo sin asistir a las plazas. Pero que no se ha aprovechado lo suficiente para dar un impulso más a la Fiesta. Espero estar equivocado y poder decir dentro de unos meses que la de 2018 fue otra Gran Temporada.
lunes, 14 de agosto de 2017
Otra forma de prohibir
La
decisión de Morante de cortar su temporada nos ha sorprendido a todos. La razón
esgrimida, el cansancio de presidentes y veterinarios que imponen un tipo de
toro con el que es imposible hacer el toreo que él desea, ha suscitado todo
tipo de reacciones, desde quienes creen que Morante es el menos indicado para
hacer esta crítica hasta quienes creen que es sólo una excusa.
Tengo
para mí que las razones para esta retirada (esperemos que temporal) son
variadas. Y que probablemente tenga necesidad de descansar, de reflexionar, de
reencontrarse con su mejor toreo, de encontrar nuevos aires en la gestión de su
carrera,… Pero la referencia al tipo de toro no es una excusa. El toro que sale
ahora en la mayoría de las plazas es un toro mucho más grande, ofensivo y menos
armónico que hace tres o cuatro décadas. El problema o la referencia no deben
ser Madrid, Pamplona o Bilbao. La cuestión es que en Sevilla ya no sale el “toro
de Sevilla” y que en plazas como El Puerto, Sanlúcar, Córdoba, Málaga, Granada,
Badajoz, Valencia, se ha impuesto un tipo de toros que poco tiene que ver con
lo que ha sido y debe seguir siendo el toro de lidia.
Morante
ha podido elegir ganaderías. Pero muchas veces los veterinarios y presidentes
no han aprobado los toros elegidos en el campo de esas ganaderías. La última
vez, en el Puerto, la tarde tras la que anunció su decisión.
Que
los toros elegidos fueran a servirle más que los que salieron o no es una
incógnita (también al Juli le obligaron a cambiar de toros, incluso de ganadería,
y los que vinieron le propiciaron un triunfo histórico). Pero la cuestión no es
esa. El problema es qué razones hay para que un veterinario y un presidente
decidan los toros que deben lidiarse, si los reseñados tienen la edad correspondiente.
No me vale, lo siento, el argumento de que debe velarse por la seriedad de la
plaza y cosas por el estilo. Lo único que hay que garantizar es que el toro
está sano (y en eso el veterinario sí debe opinar), que tiene la edad y que el
público está informado de lo que va a lidiarse. Eso es más que suficiente para
que quien quiera vaya a la plaza y quien no deje de hacerlo.
Porque
imponer un determinado tamaño y tipo de toro es una forma de prohibir una
cierta tauromaquia. Y no hay razones de ningún tipo para que escudándose en la
defensa de la integridad de la fiesta se prohíba una manifestación de ésta,
perfectamente lícita y necesaria.
domingo, 13 de agosto de 2017
Reflexiones de agosto
Inmersos
en el que tradicionalmente se ha considerado el fin de semana más taurino del
año, que marca también el inicio de una segunda parte de la temporada con
ferias muy relevantes (Málaga, Bilbao, Cuenca, Albacete, Logroño, Zaragoza,…),
conviene hacer un pequeño alto en el camino y tratar de ordenar algunas
reflexiones sobre las múltiples cuestiones que nos preocupan a los apasionados
de la tauromaquia.
Hasta
ahora, el año ha estado marcado sin duda por la muerte de Iván Fandiño. Menos
de un año después de la de Víctor Barrio. Dos tragedias que nos recuerdan la terrible
dureza del toreo, su imponente verdad. La que nos interroga y la que refleja la
más profunda libertad de los héroes: poner su vida al servicio de un sueño.
A
pesar de la tragedia, o quizá por ella, la vida taurina sigue su ritmo, y los
festejos y las ferias se suceden con su habitual frecuencia. Y cuando uno
repasa lo que está sucediendo en las plazas lo primero que observa es que, en
general, está yendo más gente a las plazas. No a todas ni en todos los sitios
igual, pero da la impresión de que hay mejores entradas. Las razones pueden ser
variadas, pero uno tiende a pensar que es cierto que existe una cierta mejoría
económica y que la asistencia a los toros, como actividad lúdica que es,
correlaciona de forma bastante directa con los ingresos de los ciudadanos.
La
asistencia a las plazas resulta incluso llamativa en algunos lugares. El fin de
semana pasado, sin ir más lejos, resultaba realmente curiosa la buena entrada que
había en las localidades de sol en la plaza de Huelva. Con el calor que hacía,
a quienes se sentaban en aquellos tendidos habría que pagarles, y no cobrarles
entradas no precisamente baratas. Sé que para algunos las plazas no deben
perder un ápice de su incomodidad porque de ello depende la pureza del rito.
Pero debo reconocer que yo soy de los que opino que el rito está en el ruedo y
que en todo lo demás hay que adaptar las plazas a los estándares de comodidad
de cualquier actividad cultural de alto nivel del siglo XXI, que es lo que es
la tauromaquia.
Esta
reflexión nos llevaría a hablar de Madrid y de sus obras. Pero el asunto tiene
tantas derivadas que bien merece una reflexión independiente. Basten solo
algunas afirmaciones tan personales como contundentes: Las Ventas debe ser una
plaza de toros, pero también un espacio en el que se desarrollen otras
actividades sociales, culturales y artísticas, siempre que con ello no se
perjudique su finalidad taurina principal. Eso no es una profanación de un templo
ni nada parecido; es una consecuencia básica de la necesidad de utilizar de
forma eficiente y obtener rentabilidad de cualquier inmueble público (y si se
hace con inteligencia, es una manera de promocionar la tauromaquia). A la vez,
este carácter público de la plaza de Las Ventas nos recuerda la fragilidad de
depender de cosos de titularidad pública. Y obliga además a la Administración a
analizar con cuidado los pliegos de los concursos que convoca (incluir en el
pliego la posibilidad de realizar actividades para las cuales la Plaza no cumple
los requisitos legales es, cuando menos, poco inteligente). Por otro lado,
sería bueno que la empresa demostrara ante esta situación la misma locuacidad
que en los momentos inmediatamente posteriores a la concesión de la plaza y en
el inicio de la temporada: la transparencia debe ser un compromiso real y
constante, no un discurso oportunista cuando mejor convenga.
Lo
sucedido en las Ventas, en San Isidro, con el anuncio del “cierre” por obras y
con la programación veraniega, lleva a otra reflexión fundamental: la realidad
no es lo que se publica en twitter y la plaza se llena por gente cuya vida no
gira en torno a la tauromaquia (lo cual, por otro lado, es una bendición y una
demostración de sentido común). Generalizando: la fiesta la sostiene el público
y no los aficionados (sea quien fuere quien reparta los carnets de aficionado).
Algunos creen que no existen aficionados porque las empresas se han empeñado en
aniquilarlos, ya que son mucho más críticos que el público ocasional (también
más fieles a la taquilla, habría que apuntar). Probablemente las empresas
habrán agradecido que haya menos aficionados, pero ni siquiera han tenido que
hacer el esfuerzo de acabar con ellos porque la falta de difusión de la
tauromaquia en los medios generalistas hace que seguir la evolución de cada
torero, aprender sobre la diversidad de encastes o sobre el momento de los
distintos hierros sea imposible fuera de los círculos de iniciados.
Aquí
surge, una vez más, el principal desafío de la tauromaquia en los próximos
años: la normalización social y la consecución de un espacio público acorde con
su importancia real en los hábitos culturales y de ocio de los españoles. Me
consta que este es, junto con la defensa jurídica frente a los ataques que
recibe la tauromaquia, el principal objetivo de la Fundación del Toro Lidia.
¡Ah,
la Fundación! Lo han explicado miles de veces, pero parece que algunos no
quieren entenderlo. La Fundación surge y pretende liderar el debate “nosotros”
(defensores de la tauromaquia) frente a “ellos” (los que quieren
invisibilizarla o prohibirla). Por tanto, la Fundación no va a entrar en el
debate sobre el trapío de los toros en una plaza, ni en la diversidad de
encastes, ni en la actuación de ciertos empresarios,… Uno puede creer que lo
único importante para defender la tauromaquia es que las figuras se acartelen
con todos los encastes y que haya toreros a los que se den más oportunidades. O
que en las Ventas no se den conciertos de rock and roll. Sea eso cierto o no,
la función de la Fundación no es esa. Lo que está haciendo es imprescindible. Y
haber conseguido unir para ello a los variopintos sectores de los taurinos es
un gran logro. Su labor, además, no excluye otras acciones (conjuntas, o por
parte de aquellos que quieran librarlas). Pero tratar de atacarla o criticarla
por no dar otras batallas internas es no haber entendido la importancia del
debate actual con los enemigos de la fiesta.
En el
debate por tener una cierta repercusión social las empresas han empezado a
tomar conciencia de que tienen que hacer cosas nuevas. Es quizá lo único de lo
que hayan tomado conciencia; a lo demás: hacer carteles atractivos, facilitar
la compra de entradas, el acceso a la plaza, mejorar la comodidad, etc. parece
que la mayoría ha renunciado. Pero en lo de intentar tener visibilidad todos
han tratado de hacer algo. Empresas torpes y rancias como la de Sevilla han
abierto la plaza y han convocado para torear de salón en la Puerta de Jerez. Y
otras modernas y activas como Lances de Futuro dinamizan la ciudad de las
plazas que regentan con múltiples actividades taurinas y consiguen con
iniciativas novedosas (toreo de salón de Garrido en la playa de Vistahermosa)
tener cierto protagonismo en informativos generalistas.
Pero
todo lo anterior tiene después que verse refrendado cuando suena el clarín.
Desafortunadamente, hoy para defender la tauromaquia no basta con lo que sucede
entre toro y torero. Pero, a la vez, sin que emocione e ilusione lo que pasa en
el ruedo ninguna defensa será suficiente. El peligro está siempre presente
(como lo demuestran las cornadas mortales a Víctor Barrio e Iván Fandiño) pero
el tipo de embestida de muchos toros y el exceso de técnica de muchos toreros
hace que, en demasiadas ocasiones, falte el punto de emoción imprescindible. En
demasiadas ocasiones sale un toro descastado y noblón. Un toro con el que sólo
la genialidad (Morante) o el compromiso extremo (José Tomás) consiguen poner en
pie a la gente del tendido. Hay grandísimos toreros en el escalafón. Algunos
con muchos años de alternativa y no pocos con gran interés de las últimas
hornadas. Pero su toreo sólo brilla con un toro encastado, un toro que sale por
chiqueros con menos frecuencia que la deseada.
La
temporada también nos ha traído (¡qué le vamos a hacer!) debates jurídicos
sobre la prohibición de la tauromaquia y sobre los reglamentos. Lo de la
prohibición en Palma es algo que, por chusco, no debería merecer el más mínimo
comentario: como querían prohibir los toros y el constitucional dijo que las
comunidades autónomas no podías hacerlo, lo regulan para hacerlo inviable.
Esperemos que el constitucional entre al fin en el fondo del debate en el que
no quiso entrar en la sentencia sobre la prohibición catalana y refrende la
imposibilidad de que ninguna comunidad autónoma establezca regulaciones
contrarias al desarrollo normal de la lidia.
Pero
el problema de fondo es que se ha reconocido a las comunidades autónomas la
posibilidad de regular el desarrollo del festejo (algunos pensamos que el
problema es que el festejo esté regulado, pero eso sería un debate más
complejo). Y las comunidades son muy suyas ejercitando sus competencias.
Andalucía anuncia ahora un nuevo reglamento limitando el número de estocadas o
descabellos. Y la gente se alarma y pide un reglamento único. Y así debería ser
(un único reglamento o ninguno, pero desde luego no diecisiete). El problema es
que en un país donde el calendario de vacunaciones o el temario escolar varía
entre comunidades autónomas, donde hay padres que tienen que defender en los
tribunales el derecho de sus hijos a aprender en español, donde cada comunidad
autónoma tiene un sistema informático distinto para la administración de
justicia, sin comunicación posible entre unas comunidades y otras,… reivindicar
la unidad del reglamente taurino resulta hilarante.
Bien
dijo el maestro Ortega y Gasset que la tauromaquia es un espejo que refleja
fielmente el estado de nuestra sociedad. Pues eso.
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