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lunes, 21 de enero de 2008

Una propuesta de Feria

Acaban de darse a conocer los carteles de Castellón, la primera Feria importante del 2008.

Hay una coincidencia generalizada en que son carteles rematados y que es la mejor Feria que Patón ha confeccionado desde que lleva gestionando aquella plaza. Sin embargo, como en todas las Ferias, hay ausencias. Y en esta, sobre todo tres: Ponce, Castella y Morante. A mi juicio, sin estos tres toreros no se puede hablar hoy de una Feria rematada. Probablemente la responsabilidad de que no hayan ido no es (o no es sólo) del empresario. A veces, no es posible conjugar las pretensiones de todos los diestros y, otras, el desencuentro con la afición o con la empresa impiden el acuerdo.

Además de las ausencias, José Tomás va en un cartel inusual, con Esplá y Tejela. No sé si las pretensiones económicas del de Galapagar impiden otras combinaciones (en Valencia parece que va con Barrera y con otro torero valenciano) pero lo cierto es que los aficionados buscan que JT se mida con Juli, Ponce, Perera, Talavante, Morante, Manzanares, Cayetano,... Lo cual no desmerece a otros posibles compañeros. Pero la competencia se libra en distintos niveles y por diferentes galardones. Y la maestría que puede aportar Esplá (indudable) no tiene nada que ver con los deseos de Juli, Ponce o los demás por ser los triunfadores indiscutibles de las ferias relevantes. O el interés porque Barrera vuelva a torear como hizo en sus comienzos no parece que sea una competición comparable a la que debería librar José Tomás. Sobre todo porque el resto de los que están arriba (y Ponce y el Juli los primeros) siguen demostrando que no rehuyen la pelea con nadie.

Sabiendo que cada plaza tiene sus particularidades, y que no a todos los toreros se les entiende igual en todas las latitudes, me permito sugerir las combinaciones de una posible Feria de ocho festejos en una plaza de segunda: 6 corridas de toros, 1 de rejoneo y 1 novillada. No repiten diestros ni ganaderías, ni hay "mano a mano" o encerronas. No es la que más me gustaría (yo sí repetiría algún torero), pero se le parece bastante:

Día 1. (Rejones). Toros de Moura para Pablo H. de Mendoza, Diego Ventura y Sergio Galán.
Día 2. (Novillada). Novillos de Guadaira para Pepe Moral, Rubén Pinar y Juan Luis Rodríguez.
Día 3: Toros de Victoriano del Río para Morante de la Puebla, Juan Bautista y Manzanares.
Día 4: Toros de J. P. Domecq para Ponce, Castella y Curro Díaz.
Día 5: Toros de Fuente Ymbro para Esplá, Uceda Leal y Rafaelillo.
Día 6: Toros de Núñez del Cuvillo para José Tomás, El Juli y Alejandro Talavante.
Día 7: Toros de Alcurrucén para Julio Aparicio, Miguel Ángel Perera y Cayetano.
Día 8: Toros de Victorino para El Fundi, López Chaves y El Cid.

viernes, 18 de enero de 2008

Artistas y otra fauna

Entre los diversos personajes del arte y la farándula aficionados a los toros, hay uno que lo proclama con una naturalidad y frecuencia poco acostumbradas: Luis Eduardo Aute.

No lo esconde, lo pregona. Y no sólo ahora, cuando el retorno de José Tomás ha hecho apuntarse a muchos a una afición que desconocen profundamente. Aute lleva años acudiendo a los toros y dejando apuntes de su afición. No en vano tituló un magistral concierto con Silvio Rodríguez en Las Ventas, "Mano a mano". Y no faltaron ya entonces en aquel ruedo (sería en torno al año 93) numerosas referencia a la Fiesta.

El pasado año estuvo en Ávila en los actos organizados por la Plataforma para la Defensa de la Fiesta y aquí dimos referencia de aquel fin de semana y de su concierto.

Hoy, en el País, se incluye una entrevista con él.

Alude a su residencia en la Fuente del Berro, zona de pequeños chalets en pleno centro de Madrid, entre el Pirulí y las Ventas. Y dice cosas como estas:

"¿Más ventajas del barrio? Una fundamental: Las Ventas a tiro de piedra. "El mundo se divide en dos, taurinos y marcianos", proclama entre volutas de humo. "El toro es seducción y engaño. Es muerte, sexo, estética, riesgo, valor. Lo tiene todo".

Sexo, amor, muerte, Dios. En el fondo, dice Aute, "son todo el mismo material". Y constituyen las constantes en una obra que supera el medio siglo en lo pictórico y alcanza las cuatro décadas como cantautor, con trescientas y pico canciones a las espaldas. "Sólo se me ocurre algo mejor que una tarde de gloria de José Tomás: un buen polvo. Y no hablo de aerobic genital, no, sino de un polvo enamorado", anota con un destello en la mirada. "

No sé si es más fácil tropezarse con una tarde de gloria de José Tomás, con una sesión de aerobic genital o con un polvo enamorado. De las dos últimas, al menos nos queda el consuelo de estar en nuestra mano el cincuenta por ciento del éxito (no siempre asegurado).

No deja de ser frustrante que hayamos de considerar noticia que los toros se paseen con naturalidad por las páginas de la cultura. Pero es que no es habitual que los artistas aludan a la Fiesta con rigor y admiración. ¡Qué vamos a hacerle!

* * * * *

También en la entrevista que ha hecho esta mañana Carlos Herrera a Manuel Pizarro ha dejado deslizar éste varias referencias taurinas. La mejor, pedirle al andaluz que cambiara la música de fondo de violines por el pasodoble "Amparito Roca", que gentilmente han puesto al final de la entrevista en una versión manifiestamente mejorable.

* * * * *

El cartel del Domingo de Resurrección de este año en Madrid (Aparicio, Morante y Perera) resulta más atractivo, por original, que lo que va sonando de la Maestranza. Un acierto que se haya dado empaque a esta fecha, aunque con ello surja la duda de si retornar esa mañana y cambiar el albero de Sevilla por la incertidumbre madrileña. Ya veremos...

domingo, 16 de diciembre de 2007

Julio Aparicio

Los noventa, en Madrid, fueron unos años muy duros para los aficionados a los toros. Ferias interminables, pocos toreros de verdadero interés y toros perpetuamente por los suelos.

Hubo ferias con sólo cinco o seis orejas para los matadores. Años en los que el triunfador fue Florito.

Pero, aún así, hubo tardes memorables. De dos de ellas ya hemos hablado aquí: la Goyesca de Joselito un dos de mayo y la de Curro con Soneto. La otra tarde que recuerdo sentir cómo la plaza se volvió loca por lo que estaba viendo fue la de la confirmación de alternativa de Julio Aparicio.

Aparicio, que de novillero tenía ya una importante legión de seguidores, tardó varios años en confirmar en Madrid. Primero por desacuerdos con la empresa, dudas,… y, finalmente, porque una lesión le hizo caerse de la Feria de San Isidro de 1993 en la que estaba anunciado.

La confirmación tuvo lugar el 18 de mayo de 1994, alternando con Ortega Cano y Jesulín. En el toro de la confirmación, Julio no lo vio claro y abrevió.

En el quinto, con la muleta, después de un par de pases de tanteo, echó a correr hacia el centro del ruedo. Comenté entonces con mi compañero de asiento si no habría tenido una visión el torero. Nos extrañaba, pero debió ser algo así. Desde allí, citó al toro y lo embebió en su muleta con pases de una inspiración desbordada. Toreó no sé si por bulerías, soleás o alegrías. Pero toreó flamenco en cualquier caso.

Era un toreo desgarrado. Técnicamente perfecto, pero radicalmente nuevo. Inimitable. Un toreo con el corazón. Arrebatado. Mezcla de improvisación y genio. De sentimiento y raza. De profundidad y adorno pinturero.

Desde la primera serie la gente vibró de una forma que pocas veces he visto en una plaza de toros, y casi ninguna en Las Ventas. Hubo quien se echaba las manos a la cara. Se pellizcaba para ver si estaba soñando. Abrazaba a quien tenía al lado.

Aquello no era una faena al uso. No era sólo buen toreo. Era magia. Un momento único que hacía sentirnos privilegiados a todos los que estuvimos allí.

El torero lloraba, desfondado, después de cada tanda. Y se sentó derrumbado junto a las tablas después de matar al toro. Se vació por completo y nos hizo sentir la inmensa majestad del arte a eso de las ocho y media de la tarde.

Los periódicos lo recogieron al día siguiente.

Joaquín Vidal tituló su crónica “soñar el toreo” y decía cosas como estas:

Fue el toreo soñado. Fue el toreo que los diestros con torería intensa rumian en las duermevelas de las corridas, cuando se amalgaman en los vericuetos del pensamiento los sueños de gloria y los presagios de tragedia. Así fue, como un sueño, el toreo cumbre que recreó Julio Aparicio ante el asombro de la cátedra, en el centro geométrico del redondel.

Fue también el toreo que había soñado la afición. El toreo perfecto, el toreo mágico; la suma y compendio de cuantos retazos de toreo profundo, emotivo y bello se hayan podido ver en toda una vida de aficionado. Aquellos muletazos de dominio, aquellos pases de suavidad infinita, la galanura de las trincherillas y de los cambios de mano, los naturales en su expresión más pura, los redondos convertidos en exquisitez; el broche deslumbrante de las suertes cabalmente ligadas, resuelto mediante el revoloteo jubiloso del pase de pecho el embrujo del ayudado; la estocada en la cruz a volapié neto, volcándose el matador sobre el morrillo del toro. Todos esos retazos de la tauromaquia excelsa —con marca exclusiva y autoría precisa cada cual—, que se hubieran llegado a ver en toda una vida de aficionado y se mantenían frescos en el recuerdo, de repente se ensamblaban y fundían convertidos en una sola y monumental creación artística, en el centro geométrico del redondel de Las Ventas.

Julio Aparicio fue el creador. Ocurrió de súbito. Trasteado el toro en unos armoniosos pases de tanteo, debió venirle de golpe la inspiración, corrió al centro geométrico del redondel, citó desde esa distancia, embarcó al toro que acudía vivo y fijo a tranco alegre, y de ahí en adelante obró el prodigio de transfigurar el toreo técnicamente perfecto en una explosión de fantasía.

¡Qué locura, entonces! El público pasó del pasmo al delirio.

Ruben Amón, en El Mundo, titulaba “un torero en trance” y escribía en su crónica:

El trance, en términos religiosos, es el estado del alma en unión mística, y, en términos de esoterismo, la manifestación de situaciones paranormales a través de un médium. Una y otra definición aproximan la revelación de Julio Aparicio en Las Ventas, pero resultan insuficientes para explicarla completamente.

Ignoramos las razones que animaron al torero de Sevilla -y ya de Madrid- a romper con su apatía para desafiar en los medios al toro de Alcurrucén. Nunca sabremos si la inspiración divina alentó semejante aparición o si la faena -el faenón- fue la expresión de una raza contenida por la incertidumbre del futuro y la responsabilidad de la tarde. El caso es que Julio Aparicio meció en sus muñecas el incansable ir y venir del toro, desató la pasión con naturales de ensueño y dibujo derechazos de oro que iluminaron los tendidos y desataron la emoción.

El toreo, un clamor. Y Aparicio, un artista en estado de gracia que acariciaba en el vuelo de su muleta la nobleza de aquel bravo animal cuyas embestidas obedecían el camino de una faena memorable.

En los medios, Julio Aparicio ofrecía el pecho, adelantaba el engaño, cargaba la suerte y encadenaba los muletazos con los pies atornillados y el gesto hierático. Inolvidable.

Lloraba Aparicio y aplaudía el público. Era el símbolo de una comunión efímera en la plaza e imborrable en la memoria. «Los muletazos me salían del alma», dijo Rafael de Paula cuando se apareció en Las Ventas aquella feria de otoño del 87. Y del alma le salían los muletazos a Aparicio, que se desmayaba en series de muletazos hondas y bellas, unas veces rematadas con pases de pecho interminables y, otras, mediante aterciopelados trincherazos y pintureros cambios por delante.

Aquella tarde, más que una alternativa, se confirmó la genialidad de este torero. Que desafortunadamente no ha tenido la continuidad que hubiéramos querido. La temporada pasada parece que algunos tuvieron la suerte de verle también momentos de inspiración.

¿Se repetirá en el 2008? ¿Por qué no lo ponen en la tarde de la reaparición en España de Morante, el 29 de febrero en Vistalegre? Con Juan Bautista o Curro Díaz, por completar el cartel.