lunes, 5 de abril de 2010

Domingo de Resurrección

La tarde, perfecta. Con mi traje color color caña de azúcar paseaba siguiendo las líneas del viento. Me faltaba una varita de mimbre. El buril de la luz sacaba aristas a las viejas casas en su sitio de sol. Detrás de la Plaza, sólo faltaba el mar, los viejos galeones, las velas alborotadas, las Indias presentidas en la tarde ultramarina. Y así, sin prisa, despacito, paseando, me detenía en el colmado donde un gitano le daba al cante antiguo o miraba la cera ardida de las vírgenes sin lágrimas, rendidas de flores. Cantando por guajiras y con el papelón en la mano, me llegué por el Arenal a la Maestranza, tan bonita, como una niña nueva para un mundo bien nacido después de nueve meses:

Me gusta por la mañana
después del café "bebío"
pasearme por la Habana
con mi cigarro encendío
y sentarme muy tranquillo
en mi silla o mi sillón
y comprarme un papelón
de esos que llaman diario
y parezco un millionario
rico de la población.


Ante el oro del ruedo sólo cabía preguntarse, ¿se puede prohibir la belleza? Y como el rey moro que se enamoró de Granada, le seguí cantando mi canción a la novia resucitada de la tarde

Contigo me caso indiana
si se entera tu papá
y se lo dice a tu mamá
hermosísima cubana
tengo una casa en la Habana
destinada para ti
¡ay! Con el techo de marfil
y el piso de plataforma
para ti blanca paloma
llevo yo la flor de lis



Pero la flor de lis la llevaba Morante de la Puebla: miles de palomas torcaces pidieron el laurel para el torero que, como un orfebre mágico, labró, muy despacito, en su pequeño taller de albero y gracia, una pieza lenta para el recuerdo, una suave guajira mecida en la muleta con el duende barroco de una bambalina bordada por Rodríguez Ojeda. Todo lo hizo bien, todo pausado, como en un telar. Y en ese misterioso compás, y en esa exacta cadencia y en el eterno desplante capaz de adormecer el tiempo se veían viejos galeones y toreros antiguos y músicas extrañas y flores remotas. Porque así, frente a las dóciles astas de una muerte dormida se revelaba, otra vez -Resurrección- el fondo del dilema: ¿Se puede prohibir la belleza?

Manzanares también nos gustó, pero a Sevilla sólo le faltaba el mar...


(La música que sonaba es ésta -clic-)

3 comentarios:

L.C. dijo...

¡Toma ya!

Esta sí es manera de narrar una corrida. Así vale la pena disfrutarla y compartirla.

Muchas gracias por todo y enhorabuena, José María.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Después de ver a Morante, Manzanares gusta, pero de otra forma, ¿verdad?
Un abrazo.

Las hojas del roble dijo...

Olé