domingo, 1 de mayo de 2011

La visita del dios


Hoy ha bajado el dios Apolo a la Plaza de Sevilla.

La ciudad es atlántica: excesiva, barroca, caribeña, de aquí partían los galeones a las Indias y por eso quiere perderse siempre en el bucle de las grandes olas oceánicas, en la verónica morada de Julio Aparicio, en la verónica y media de Morante que llega por el río de la Puebla hasta la Habana vieja, de tabaco y oro.

Porque la Maestranza es un viejo galeón henchido de tesoros, varado en el río de la Plata o en el viejo San Juan de Puerto Rico siempre bajo el borrascoso huracán de la primavera que hace florecer las tropicales palmas de El Dorado.

Pero hay en la ciudad de Sevilla una raíz más antigua, de Roma y, más aún, de Grecia, un sustrato más hondo que aparece cada primavera en el Partenón de plata de los pasos de palio y que da la medida justa, la razón áurea de sus plazas y calles, de sus patios. Un orden clásico que busca serenamente el equilibrio, la mesura, la elegancia.

La Maestranza es también un templo asomado al azul del Egeo, un Palacio de Cnossos, un laberinto de Creta circundado por el dórico óvalo de las columnas toscanas que consulta en chiqueros al viejo oráculo de Delfos, el que tañe la cítara en las astas del toro.

Hoy ha bajado Apolo a la Plaza de Sevilla investido de azul y oro, que son los colores del Mare Nostrum que aplaca las hogueras de Alicante. Cuando amainó el temporal vino por el cielo ateniense de la tarde, por la Puerta Principesca de los prodigios sobre un carro de fuego.

El Mar Mediterráneo embiste muy despacio, muy suave y no se para nunca, repite una y otra vez sobre la arena dorada de una playa de albero. El dios está jugando con el mar, Apolo con Neptuno, y cada pase tiene la lentitud de los siglos, el dactílico ólee del hexámetro de Homero.

Hemos visto la eternidad, la verdad y la belleza, los prodigios no se miden por su fuerza, la lentitud y la entrega de un toro mitológico no merecen la muerte, hay que alejar el carcaj y el tridente, debemos ver el eterno retorno del mundo antiguo, el regreso del Hades. Sabernos inmortales, merecedores de indulto por razón de belleza.

El creador lo es porque regala la vida, no busquéis más razones, pues que las habéis visto en el redondo compás donde el tiempo de Einstein no halla una ecuación que explique el milagro de ver la luz parada y las olas que embisten llamadas por el dios. El temple no es sino la forma eterna del tiempo, cuando muere el cronómetro y se aviva la gracia.

Hoy ha bajado el dios Apolo a la Plaza de Sevilla, el guardián de las musas que bailaban en corro alrededor de la Maestranza, las nueve hijas de Mnemósine, diosa de la Memoria que dará eternidad a esta tarde griega de Sevilla.

Apolo, al que otros llaman José María Manzanares.

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