lunes, 18 de agosto de 2008

El Puerto de Santa María (10 de agosto de 2008) - Competencia sorda (III)

El domingo se notaba en el Puerto que había un acontecimiento grande. La gente había acudido de todos lados a vivir un festejo probablemente irrepetible: por la plaza, por los toreros y por el deseo de ambos de reivindicar su diferencia.

Pero, al fin, sólo hubo destellos de la particular tauromaquia de cada uno, en vez del raudal de sensaciones que la gente deseaba. Cierto que los toros cabecearon todos una barbaridad, que ninguno rompió a bueno de verdad, que les falto humillar y entregarse. Pero aún con animales de este tipo e incluso peores hemos visto a ambos matadores demostrar más personalidad. Tal vez también ellos se fueron desilusionando ante la imposibilidad de que aquello fuera la tarde (su tarde) soñada.

Para los aficionados, hubo detalles. Pero supieron a poco. Para quienes trataban de hacerse tomistas, tomasistas, morantistas,… la tarde fue probablemente la ratificación de lo extraño que son los aficionados a los toros. De lo absurdo que puede ser seguir a un torero.

Vimos a un José Tomás tan puro como siempre, aunque tal vez algo más ausente, con menos sitio. Probablemente la culpa la tuvo la cornada del primer toro al intentar un pase de las flores totalmente prescindible en aquel toro. No se miró ni se acercó a la enfermería hasta que acabó la tarde. Lo mejor lo vimos en con la capa: el quite por chicuelinas ceñidísimas en su primero, las gaoneras en el tercero y las verónicas del quinto. También hubo algunos pasajes buenos con la diestra en el primero, pero lo demás fue bastante anodino, insípido, de escasa transmisión. Algo que con este torero rara vez sucede.

Morante estuvo decidido y nos ofreció algunos instantes de magia. Con el segundo, un toro al que no quiso ver en los primeros tercios, demostró valor y raza con la muleta, sacando series de naturales de mucho sabor y mérito. En el cuarto, vimos pasajes de toreo antiguo, pases personalísimos, una faena nada convencional que tuvo su epílogo curioso en la serie que dio tras escuchar el torero un fandango que Manuel Orta le cantó justo al lado de donde estábamos. En el sexto, cuya salida se demoró porque José Antonio estaba en la enfermería recibiendo acopio de oxígeno y urbasón, hubo sólo una tanda al natural de interés; por lo demás, no se acopló con un toro que le desarmó varias veces.

En definitiva, que disfrutamos de la tarde, que hubo cosas que contar, pero que la expectación no se vio colmada, como tantas veces.

La ortodoxia del sábado (Juli, Manzanares y Perera), le ganó la partida a los heterodoxos (José Tomas y Morante). Así fue esta vez. Y otra será lo contrario. O triunfarán todos. Hay que seguirlos viendo, cuanto más cercanos en los carteles de una feria, mejor. Porque hay una competencia sorda que no llega a los aficionados, un deseo de crecerse ante el triunfo de los compañeros que está presente en cada torero, permanece en su memoria de corrida en corrida, para dar la réplica la misma tarde o la siguiente. ¡Qué envidia de aquellas ferias de antaño que repetían a las figuras dos o tres tardes seguidas…!

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