martes, 3 de julio de 2007

Sanfermines

En un par de días comienza la Feria de Pamplona.

No estaremos allí. Me comentan que es una experiencia que hay que vivir. Como las Fallas o la Feria de Abril. Pero me asustan las aglomeraciones, los horarios y el exceso de alcohol.

Además, taurinamente, creo que no sería capaz de soportar una corrida de toros con el jolgorio permanente de la mitad del "respetable". El toreo exige silencio y reflexión. El júbilo debe ser sólo la consecuencia de lo que está sucediendo en el ruedo. Convertir el tendido en parte del espectáculo erosiona y confunde. Aun así, sé de muchos buenos aficionados que no se la pierden ni un año. ¡Algo tendrá, entonces, el vino cuando lo bendicen!

Eso sí, cada mañana me engancharé al televisor para ver el encierro. No es algo que haga desde hace mucho. Sólo tres o cuatro años. Y empezó, como casi todo, por casualidad. Pero descubrí un fondo de pureza en el esfuerzo de algunos corredores que me impresiona desde entonces. En general, soy enemigo de las fiestas populares con toros. Y de la mayoría de los encierros. Pero en los de la calle Estafeta y Mercaderes hay un ritual que debe conservarse. Y verlo desde casa, con un café y una tostada recién levantado parece más sano que desde una talanquera después de una noche en vela y un par de copas (o quince).

1 comentario:

José María JURADO dijo...

Yo no me los pierdo desde hace 15 años.