miércoles, 19 de agosto de 2015

Reflexiones ante una situación de urgencia - 5. Toreros y ganaderos


Como aficionado, admiro a los toreros. A todos y cada uno de ellos. Sé lo difícil que es llegar a tomar la alternativa y cómo llegar a ser figura es casi imposible. Sé también lo mudable que es la fortuna en el mundo del toro y cómo una cogida puede truncar una vida o una carrera de éxito. Por eso, pretender decir a los toreros qué tienen que hacer para mejorar la presencia de la Fiesta en la sociedad, para salvaguardarla y llevarla a la modernidad, me parece temerario. Porque es lícito que se jueguen la vida con los toros que quieran y por el dinero que consideren. Porque no saben qué será de ellos ni de los suyos mañana…
No obstante, creo que no estaría de más que, de vez en cuando, las principales figuras reflexionaran si no deberían cambiar ciertas actitudes para mejorar la situación de la Fiesta. Me refiero a asuntos tan sencillos como ser más trasparentes a la hora de explicar por qué quieren tal o cuál ganadería o compañeros, a dar entrada en sus carteles a toreros jóvenes con interés, a ampliar el abanico de ganaderías que torean y los compañeros con los que lo hacen,… La premisa de la Fiesta es la emoción y cuando los carteles se repiten tarde tras tarde, nada impide que en el ruedo exista esa emoción. Pero uno puede legítimamente suponer que la emoción será menor que si cambian los toros y son otros toreros los que entran en liza. Esto no quiere decir, sería absurdo, que Morante tenga que matar toda la camada de Miura. Pero sí que no es obligatorio que mate toda la de Zalduendo, ni que se acartele de forma perpetua con Manzanares. Como Juli podría torear algo menos de lo de Garcigrande e incorporar otras ganaderías en su repertorio.
Y no estaría de más que intervinieran de forma más activa en la promoción de la Fiesta, que acudieran a la presentación de los carteles de algunas ferias (como se está empezando a hacer) y que aprovecharan su tirón mediático para hacer oír en los medios su voz hablando de la verdad del toreo.
Esta promoción de la Fiesta desde los toreros puede hacerse incluso sin aparecer… El ejemplo paradigmático es el de José Tomás. Creo que ningún buen aficionado puede cuestionar la verdad de su tauromaquia, aunque después unos opten por respetar su actitud de comparecer cada vez en menos festejos (y en menos plazas de relevancia) y otros lo critiquen de modo furibundo por ello. En todo caso, creo que la expectación que despierta cada comparecencia de José Tomás, el hecho de convertir cada festejo en un acontecimiento tratando de cuidar al máximo todos los detalles y su extremo compromiso cada tarde son elementos que deben invitar a la reflexión de sus compañeros.
Junto a los toreros, los otros grandes protagonistas de la Fiesta son los ganaderos. Sin ellos, sin su devoción y trabajo continuado para criar el toro bravo, ésta no sería posible. Ellos son los que más ha sufrido económicamente la crisis en los últimos años y los que han visto reducir paulatinamente su importancia en la estructura de la tauromaquia. Todo esto cuando se ha logrado el toro mejor presentado de la historia, con mayor bravura, nobleza y duración.
Sin embargo, uno tiene la sensación de que la uniformidad en la presentación y el comportamiento de los toros es cada vez mayor. Probablemente, en cuanto a la tipología, esto se ha propiciado por la “autoridad” alentada por cierto tipo de aficionados y de críticos que, años después, cuando muchas ganaderías han sucumbido a la presión de un trapío inalcanzable, claman por el retorno a una variedad de encastes cuya desaparición ellos mismos, o sus antecesores en cierto modo de ver la Fiesta, propiciaron (el que lo hicieran sin valorar las consecuencias, no elimina su culpa, la agranda).
En lo relativo al comportamiento, es más que probable que la uniformidad se deba a que para la mayoría de ellos, los prescriptores son los propios toreros, y no los aficionados. De este modo, ciertas virtudes que se aprecian desde el tendido, se convierten en inevitables riesgos en el ruedo y hacen que los toreros traten de evitar según qué tipo de acometividad. Sería, por eso, recomendable, que el ganadero mirara algo más a los tendidos y a la emoción que desde ellos se reclama. No para evitar la nobleza en la embestida, sino para que ésta se aúne con la imprescindible bravura.

Además de esa imprescindible labor de búsqueda de un toro bravo y noble, desde la variedad de cada encaste y cada ganadería, los ganaderos deben ser conscientes de que son poseedores de uno de los elementos claves en la defensa de la Fiesta: la ecología de sus explotaciones ganaderas y el modo de cría del toro bravo. Abrir estas explotaciones a los aficionados y al público en general es imprescindible para que una sociedad cada vez más alejada de lo rural entienda por qué es valioso el ganado bravo y cómo su lidia y muerte en la plaza permiten unas explotaciones muchísimo más sostenibles ambientalmente que las que cobijan las razas de engorde.

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