viernes, 24 de agosto de 2012

Reflexiones de agosto (III)

Dejaba anotado al final de mi anterior entrada la referencia a Vargas Llosa. Creo que muchos de los aficionados que leyeron el diario El País el domingo 12 de agosto debieron llevarse las manos a la cabeza. Mario Vargas Llosa publicaba en las páginas de opinión un artículo, “La ‘barbarie’ taurina” en el que replicaba a Rafael Sánchez Ferlosio que, unos días antes, había publicado en las mismas páginas “Patrimonio de la humanidad”, un ataque a la consideración de la tauromaquia como cultura, descalificando de forma poco elegante a muchos de intelectuales que, a lo largo de la historia, han defendido la Fiesta (desde Ortega y Benlliure hasta Savater y Gómez Pin).


Ataques como estos probablemente haya que dejarlos pasar por la falta de clase de quien escribe de forma tan intencionadamente agresiva, careciendo, además, de una mínima base intelectual para hacerlo. Hay que recordar que a Sánchez Ferlosio no se le recuerda obra alguna de interés después de Alfanhuí, de 1951, o El Jarama, de 1955, lo cual da prueba de su fertilidad intelectual en los últimos sesenta años. Y si bien a los ancianos hay que respetarlos, es evidente que ello no exige reverenciar una inteligencia que tan escasamente se ha prodigado en tiempos recientes.

Pero Don Mario sí entró al trapo y replicó. Haciéndolo probablemente de un modo que consiguió (hete ahí la paradoja) disgustar tanto a los antitaurinos, para quienes se ha convertido en poco más que un apestado, como a muchos aficionados, que probablemente veían en él al intelectual comprometido con la Fiesta de más prestigio internacional. Vargas Llosa tiene no pocas páginas dedicadas a la tauromaquia. Y, afortunadamente, no todas a su defensa, sino que muchas de ellas son las incluidas en sus libros insertando el fenómeno taurino, la asistencia a los toros, como un elemento de normalidad en la vida de sus personajes (recientemente he leído “La tía Julia y el escribidor” y son varios los pasajes en los que esto sucede).

Vargas Llosa ha defendido la Fiesta sin complejos y acude a los toros de vez en cuando, como también lo hacía su primero amigo y luego, al parecer, bstante menos, García Márquez, a quien Joselito brindó en Las Ventas un toro en aquella gloriosa temporada para el de la Guindalera del año 96. Desde luego no es un aficionado de esos que ven cincuenta o sesenta corridas al año, pero es que probablemente eso no sea lo razonable en alguien equilibrado en sus gustos y aficiones culturales. Y lo dice uno que sí ve ese número de festejos al año. Tengo para mí que Vargas Llosa va a los toros porque le apetece, cuando le cuadra, y a divertirse.

Y eso es lo que debió pasarle la tarde de Marbella con Paquirri, el Cordobés y el Fandi. Una tarde que seguro que no hará historia en las revistas taurinas, ni en las crónicas de los periódicos que aun mantienen la sección de toros, ni en los programas taurinos de las televisiones,… No fue en una plaza de renombre, ni con toros de encastes minoritarios, ni con toreros que son una eterna promesa que no acaba nunca de consolidarse, ni perseguidos por el infortunio,… No. Eran los toreros mediáticos. Los proscritos por los aficionados. Los mayores enemigos de las sesudas peñas y tertulias de aquí y de acullá.

Pero vaya usted a saber por qué, Don Mario, que recientemente ha escrito en su agudo ensayo “La civilización del espectáculo” una crítica acerada a la frivolidad y la banalización de la cultura actual, pone como ejemplo de una gran tarde de toros un festejo en Marbella con toros de Salvador Domecq para Paquirri, el Cordobés y el Fandi. ¿No es eso precisamente lo que él critica en su ensayo, en cuya solapa puede leerse que “Este pequeño ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la cultura contemporánea, sólo a dejar constancia de la metamorfosis que ha experimentado lo que se entendía aún por cultura cuando mi generación entró a la escuela o a la universidad y la abigarrada materia que la ha sustituido, una impostura que parece haberse realizado con facilidad, en la aquiescencia general.”? ¿No es eso mismo lo que un festejo como ese supone respecto a la verdadera tauromaquia?

Pues probablemente no. Al menos, no para este Nobel de Literatura que es capaz de apreciar la belleza, la hondura y el rito en tardes de toros como ésta. Que le sirven incluso de inspiración para la defensa intelectual de la Fiesta frente a un viejo novelista. Se ha repetido mucho que el mejor aficionado es aquel a quienes más toreros le caben en la cabeza. Parece que sólo los más inteligentes son capaces de practicarlo de verdad. Los otros, los de las revistas, los programas y los blogs taurinos, excluyen a algunos de la verdadera tauromaquia.

Un motivo más de reflexión.

2 comentarios:

José María JURADO dijo...

Querido Lorenzo, literariamente el artículo de Ferlosio es magnífico, lo lleva siendo muchos años y tiene más profundidad de la que de una lectura superficial se pueda desprender. No estoy de acuerdo con él, lógicamente, pero lo que desmonta Ferlosio es el taurinismo atávico, y me parece bien. Creo que Vargas LLosa en su artículo, tan bien muy bueno, lo que hace es una provocación para que su réplica a Ferlosio no sea esgrimida como una bandera por los taurinistas levíticos. Simple y llanamente defiende la libertad de pasar la tarde en lo que se quiera. Muy interesante todo.

L.C. dijo...

José María, no seré yo quien discuta contigo en términos de valoraciones literarias. En todo caso, me parece a mí que con la excusa del "taurinismo atávico" este sujeto trata de limitar la libertad ajena, algo a lo que tan aficionados son ciertos "intelectuales".