martes, 14 de agosto de 2012

Reflexiones de agosto (I)


En los últimos diez días todas las revistas, portales y blogs taurinos han reseñado de forma prolija lo acontecido en Huelva los días 2 al 5 de agosto, en una feria que muchos recordarán largo tiempo y que a otros (me consta) les ha supuesto el nacimiento a la afición. Viví dos de esos días, los mano a mano de José Tomás-Morante y Juli-Talavante. El día anterior estuve en La Maestranza en la final de las novilladas de promoción y el domingo en El Puerto viendo a Finito, Morante y Perera. El jueves siguiente acudí por primera vez a los toros en Portugal, a la corrida mixta de Lisboa (Campo Pequeño) con Paulo Caetano y Joao Moura Caetano a caballo y Víctor Mendes y Manuel Dias a pie. Cinco festejo en cuatro plazas distintas, con una misma pasión y formas muy variadas de disfrutarla. Más allá de lo acontecido en el ruedo cada tarde, de lo que hay suficiente información, quiero compartir algunas reflexiones que me ha sugerido este periplo.

Una primera evidencia es que los aficionados hablan (hablamos) con insistencia de que la Fiesta se está acabando, parecemos regodearnos en los males que la acechan, y a la vez los festejos taurinos siguen siendo un elemento básico de distracción y entretenimiento de muchos. He visto todas estas tardes caras de felicidad y comentarios exultantes de cientos de espectadores que acudían ese día por primera vez en el año a una plaza de toros, que desconocían el nombre de la ganadería, los componentes de la cuadrilla de cada torero, el número de festejos en los que había intervenido cada matador y los triunfos que había tenido o desaprovechado. Gente, en fin, que sólo iba a pasarlo bien. Y que, con esa predisposición, disfrutó de la tarde.

Cada vez tengo más dudas de cuál es el adecuado equilibrio entre la exigencia del aficionado por la pureza y el ritual y la festiva despreocupación del espectador ocasional. Días antes, en Valencia, en el mano a mano entre Ponce y Morante, salí de la plaza con la sensación de haber visto sólo algunos chispazos de arte de Morante y de la inteligencia, capacidad y técnica de Ponce, pero sin la sensación de haber disfrutado de una gran tarde de toros. Algo muy distinto a lo que sentían la mayoría de los asistentes al festejo. Probablemente quien ha visto muchos toros en directo y en vídeo, quien ha leído en abundancia sobre la Fiesta, tiene la pretensión de vivir en cada corrida hechos memorables, dignos de ser recordados en libros y vídeos. El listón está cada vez más alto y la realidad difícilmente puede alcanzar la excelencia cada tarde.

Por eso, creo que los aficionados haríamos bien en tratar de liberarnos de muchos de los prejuicios acumulados y acudir a la plaza a disfrutar. Como todos esos que acuden por primera vez, que no leen las crónicas de los portales ni de las revistas especializadas, que no saben qué es el Cossío ni pueden responder a la pregunta de qué es un encaste. Tal vez de este modo pudiéramos engarzar nuestra forma actual de ver los toros con el origen de nuestra afición.

Sin embargo, esta “limpieza de corazón” de los aficionados sólo tiene sentido si se ve correspondida con algo que ha estado presente todas estas tardes de agosto: un compromiso y una motivación extraordinaria de los toreros. No comparto la visión de muchos aficionados de que los toreros siempre están tratando de “engañar” al público, de “hacer trampas”, y que por eso hay que ser tremendamente rigurosos y exigentes. Pero de lo que no cabe duda es que el compromiso y la motivación de los toreros varían sustancialmente de una tarde a otra. Por eso, la presencia de José Tomás es, en este momento, absolutamente insustituible. Porque cada tarde que actúa, más allá de su propia verdad, de su compromiso y de su toreo, supone un reto para el resto del escalafón, que en esa misma tarde en esa plaza, en otras tardes en la misma feria o en fechas cercanas en otras plazas quieren hacer la faena de su vida que les iguale o sobrepase al mito.

Vengo defendiendo desde hace tiempo que el futuro de la tauromaquia pasa por una reducción del número de festejos compensada por una mayor certidumbre de que el mismo tendrá interés, ya sea por el éxito artístico de los toreros, por la bravura y nobleza de los toros, o por sentir que los diestros se han dejado en la lidia hasta el último pedazo de su orgullo y su tesón. Algo tremendamente alejado del aburrimiento y la nadería generalizada tantas tarde. San Isidro en Madrid, sin ir más lejos.

Comentaba a la salida del sábado en Huelva con un compañero de avatares gastronómicos y taurinos de ese fin de semana que él, que acudía por primera vez esos días en esta temporada a los toros, en tres tardes (final de las novilladas en Sevilla, José Tomás-Morante y Juli-Talavante) había visto más toreo que el sucedido, agregadamente, en las Fallas, Feria de Abril y San Isidro de este año. Si hay exageración, no es mucha. Y la conclusión es apabullante: o las grandes ferias se reinventan o dejan de tener el más mínimo sentido. Desde luego, no crean afición. Y es más que probable que sólo colaboren a destruirla…

(Continuará)

1 comentario:

José María JURADO dijo...

Bien, por la vuelta Lorenzo.

No dejes de contar lo que es una Maestranza llena en plena noche asfixiante de julio!!!