lunes, 16 de agosto de 2010

Enredos de corrales

Decíamos en la anterior entrada que había que hablar de lo ocurrido en los corrales de El Puerto de Santa María y de Málaga. Haremos primero un breve resumen de los hechos, mencionaremos luego la extraña amalgama que hacen algunos con lo de Cataluña y finalmente daremos nuestra opinión.

En El Puerto el día 8 a punto estuvo de suspenderse la corrida: los veterinarios rechazaron los toros inicialmente reseñados de Zalduendo y los representantes de los toreros se negaban a torear si no se mantenía un número mínimo de los toros inicialmente previstos; al final, en un gesto insólito, emitieron un comunicado horas antes de celebrarse la corrida indicando que finalmente torearían por respeto al público. Los astados finalmente fueron de Zalduendo (3), de Hermanos Sanpedro (2) y de Parladé (1). Los de Zalduendo no tuvieron casta alguna, salvo uno de ellos que tuvo algo de gracia, los dos de Hermanos Sanpedro fueron bastante buenos y el de Parladé fue descastado y sin fondo como en general lo está siendo su camada y la de Juan Pedro.

En Málaga se ha suspendido la primera de las corridas de toros anunciadas en su Feria. Un cartel no de toreros de relumbrón, sino un cartel de veteranos que lo siguen intentando y una promesa: Manolo Sánchez, César Jiménez y Oliva Soto. El problema difiere según las fuentes: el empresario (Puche) alega la falta de flexibilidad y de criterio de la Presidenta y los veterinarios en el reconocimiento y alega que se presentaron muchísimos toros de la ganadería anunciada (Ribera de Campocerrado), que la presencia era impecable (de hecho, han enviado fotos a los portales y medios de comunicación) y se ha insinuado que había cuentas pendientes que saldar de la Presidenta con la empresa. La Presidenta dice que los toros no tenían la presencia requerida para Málaga y que el empresario se negaba a que no hubiera al menos cuatro toros de la ganadería anunciada, ya que eso permitiría a los abonados devolver sus localidades y teniendo en cuenta el escaso tirón del cartel, hubieran sido muchos los que hubieran ejercido su derecho, lo que hubiera supuesto un importante perjuicio económico para él. Y que este fue el motivo por el cual se negó a llevar toros de otras ganaderías que hubieran podido remendar la corrida (¡será por toros en el campo!).

Las huestes taurinas, en un curioso ejercicio de ligazón intelectual, han puesto el grito en el cielo por el flaco favor que los taurinos están haciendo a la Fiesta con noticias como esta en momentos tan duros como los que ha supuesto la prohibición de Cataluña. Debo reconocer que no encuentro la vinculación y que si de lo que se trata es de defender la Fiesta y proclamar la necesidad de su integridad tanto da que haya prohibición o no. Debe defenderse por los que estamos y a los que nos gustan los toros, no por los que la prohiben. La prohibición, ya lo hemos dicho muchas veces, no es un grave problema para la tauromaquia (y, sobre todo, no lo es para los taurinos); es un problema para la libertad. Y por eso los que tendrían que clamar contra lo de Cataluña serían taurinos y no taurinos, porque el hecho de que los políticos restrinjan ámbitos de libertad es algo que nos afecta a todos, sea o no nuestra libertad. Porque la libertad no es fraccionable. Que el cine español que se difunde en las salas (es un poner) sea malísimo, no justificaría en absoluto su prohibición, sería sólo un problema de los aficionados al cine español. Y si se prohibiera, los aficionados al cine español y los que no lo sean deberían hacer todo lo posible para impedirlo: por respeto a la libertad, que no al cine español.

Dicho lo cual lo del Puerto y Málaga es una vergüenza, con prohibición en Cataluña o sin ella. No es de recibo que en uno de los dos carteles de más interés en una plaza tan significativa como la de El Puerto (el otro es el del próximo día 21), haya un baile de corrales que pudiera haber acabado en suspensión. Y no es de recibo que en la principal Feria del sur en Agosto (la de Málaga) se suspenda una corrida de toros por falta de toros en un año en el que hay cientos de toros en el campo que se quedarán sin vender. En ambos casos se plantea un debate que no es nada fácil de resolver y que acecha de raíz a la tauromaquia: autorregulación versus protección de los derechos de los espectadores y de la integridad de la Fiesta con carácter preventivo por los agentes de la autoridad. O dicho en sencillo: si deben ser los taurinos los que organicen los festejos como quieran y sólo se les pueda sancionar a posteriori si vulneran las normas que existan o si debe haber una autoridad que (supuestamente velando por la Fiesta y los aficionados) pueda imponer su criterio a la hora de no aprobar los toros que deben lidiarse.

Este debate es mucho más complejo que lo que algunos quieren hacer creer: porque ni los taurinos son todos unos golfos (que es lo que parece deducirse al leer muchas de las informaciones aparecidas), ni son unos benditos. Pero tampoco todos los Presidentes y veterinarios son almas puras con una clarividencia celestial de cuyos designios puedan venir sólo bondades para la Fiesta: también los hay rencorosos y los que hay que tienen prejuicios frente a algunas ganaderías, toreros, apoderados y empresas. La bondad y la estulticia están repartidas en porcentajes al azar en todos los gremios.

Por eso, creo que debería caminarse hacia una mayor autorregulación (no soy nada aficionado a los deportes, pero creo que en esto podrían ser un buen ejemplo). Primero: por convicción: porque creo que la Administración sólo debe intervenir en aquellos espacios en los cuales su presencia es imprescindible para el buen orden social. Y ellos excluye su intervención en la tauromaquia y en otra cantidad de espacios y situaciones en las que no pinta absolutamente nada. Pero, además, porque eso significaría una mayor responsabilidad de todos los que intervienen en el negocio taurino. Y les obligaría a asumir sus aciertos y sus errores. Con pérdidas manifiestas de espectadores cuando lo hagan mal y con incremento sensible de ingresos cuando acierten.

Probablemente esto no sea posible a corto plazo por la comodidad que la inercia proporciona a ciudadanos, políticos y empresarios. Hasta tanto se pueda alcanzar, creo que sería un gesto de responsabilidad de todos: empresarios taurinos, apoderados, presidentes y veterinarios, arbitrar todos los medios para que se eviten situaciones bochornosas como las vividas. Y hay dos que son sencillísimas y bastante baratas: visitas al campo y transparencia. Lo primero es que cuando se reseña una corrida asistan, junto con apoderados, veedores, empresa y demás artistas invitados, el Presidente y los veterinarios de la plaza en cuestión. De este modo, podrán dar ya su opinión sobre el trapío y la presencia de los animalitos en cuestión. Y si no hay acuerdo, será en ese momento (muchas semanas antes de la celebración del festejo) cuando, si tiene que haber lío, se organice y se resuelva, pero no con el público ya en los aledaños de la plaza o un día antes del festejo.

Lo segundo es la transparencia, algo que debe incrementarse absolutamente en lo taurino y que bien podría empezar por este ámbito. Transparencia, por ejemplo, al reseñar una corrida en el campo. Se indican los números de los animales, se les hace una foto y se pone en los portales de la plaza de toros. Y si media mucho tiempo entre la reseña y la celebración del festejo, se hacen fotos cada treinta o cuarenta días y se ve la evolución. Y si los veterinarios creen que hay problemas en la evolución, lo dicen entonces, y no el día antes. Y transparencia también si, pese a que en el campo los toros han parecido bien y no se han detectado problemas hasta el embarque, en el reconocimiento previo hay problemas: contar las cosas como son. Por ejemplo, que si hay duda de la integridad de los pitones, se diga con estas palabras y no con eufemismos. Y que si hay cualquier otro problema, se le llame también por su nombre (por un nombre que el común de los aficionados pueda entender).

No digo yo que con esto se eliminen absolutamente los bailes de corrales. Pero lo que es evidente es que de actuarse de este modo, cada cual quedaría perfectamente retratado. Y los aficionados podrían actuar en consecuencia. Que no es poco.

1 comentario:

José María JURADO dijo...

Con independencia de lo de Cataluña, ayuda muy poco o nada a la tauromaquia esa negativa destrucción de sí misma.