jueves, 14 de agosto de 2014

Reflexiones de agosto

En medio de una temporada plana, con un solo triunfador rotundo (Perera), que ha golpeado en Madrid, pero al que los rencores de despacho han dejado apartado de muchas ferias y festejos de importancia, los aficionados seguimos repartiéndonos mandobles entre nosotros mientras la mayoría de la sociedad vive ajena a la realidad taurina y unos pocos antitaurinos consiguen un hueco muy superior al que le da su representatividad por inacción y desorganización de los de dentro.

Hay quienes desde el pesimismo más tenaz, no paran de augurar el fin de la Fiesta por la desaparición de la variedad de encastes en las plazas de toros o por el compadreo de los taurinos haciendo festejos y ferias cada vez más predecibles y aburridas. Vano afán. La Fiesta durará lo que tenga que durar, como el fútbol, la ópera, las novelas policiacas o el Concierto de Año Nuevo de Viena. Cada manifestación cultural, cada representación del entretenimiento humano, se mantiene en tanto sirve a la sociedad en la que se inserta. Y el modo de entender del ocio actual es diferente del de hace treinta, trescientos y tres mil años. La sociedad ha evolucionado y con ella el modo de organizar sus horas y sus placeres. Incluso cuando un determinado evento se mantiene, va evolucionando o desaparece (salvo cuando queda como una reliquia vistosa que se contempla durante unos pocos años como pura añoranza del un pasado extinto).

Una reflexión medianamente desapasionada concluirá que es bastante inútil, pretencioso y absurdo gastar las energías en tratar de hacer eterno un mero pasatiempo o una manifestación cultural, sea ésta de la importancia que sea. Pero esto tampoco supone que uno deba resignarse y rendirse cuando unos pocos tratan de impedir que se divierta y disfrute como le venga en gana. Y menos aun, que tenga que dar la razón con su silencio a quienes tratan de reivindicarse como poseedores de una ética más depurada, en lo que no es sino una sensiblería mojigata de urbanitas infantilizados que sólo conocen el reino animal por dibujos animados y documentales añejos.
La preocupación primera como aficionados, la primera para mí, al menos, es la de seguir yendo a los festejos que a cada uno plazca, disfrutar y divertirse. Y que cada corrida de toros sea un momento de encuentro con los amigos y, si es posible, con la emoción y la belleza. Y cuando eso deje de ser así en alguna plaza, con alguna ganadería o con ciertos toreros, deja uno de ir y se ha acabado el problema. Si se puede, se deja constancia de aquellos que han acabado con su paciencia y a otra cosa.

Porque me resulta muy complicado exigir a los ganaderos criar no sé qué tipo de toros cuando, incluso sin tener todos los datos, me temo que es un negocio cada vez más ruinoso. Y que debe serlo aun más si no se pliegan a las demandas de las figuras (ciertos tipos de ganadería) o de algunos sectores de la afición (otras, que también tienen su demanda y a ella se deben). Aun cuando en su interior probablemente unos ganaderos y otros desearían seleccionar animales con otras hechuras y comportamientos.
Y tampoco soy capaz de pedir a las figuras que maten ganaderías distintas a las que lidian habitualmente. ¡Claro que me gustaría! Como querría que los toros de esas ganaderías habituales en las corridas de postín tuvieran más movilidad y bravura. Pero como me parece una temeridad ponerse delante de cualquier toro, no se me ocurriría exigir que nadie se ponga delante de toros distintos de los que ellos elijan. Y ha quedado dicho, si con los que se anuncian me aburren, con no ir, fácil lo tengo. No son las figuras las que tienen aquí la principal responsabilidad, sino los toreros del segundo o tercer nivel, que deberían demostrar, si tienen capacidad, que ellos sí pueden torear distintos encastes y que lo que hacen en la plaza con esos toros tiene más interés. Si así fuera, nadie dude que cambiarían las tornas, y serían ellos los que llenarían las plazas y atraerían al público. Si así fuera y si éste fuera el problema.

También a los empresarios podría recomendarles que hicieran carteles más abiertos. Pero no tengo claro si sería posible confeccionarlos. Si las figuras lo aceptarían, si los noveles estarían a la altura, si los públicos responderían,… Y si ya es costoso y arriesgado organizar un cartel en el que la respuesta del público es previsible, la incertidumbre de los otros debe ser infinita. Son ellos los que arriesgan su dinero. Si los supuestos salvadores de la Fiesta no están dispuestos a arriesgarse y hacer ellos y sus clubes y tendidos esos carteles, ¿por qué hay otros que deban tener una responsabilidad de no sé qué tipo para hacerlo?
Dicho lo anterior, creo que sería bueno plantearse que la Fiesta precisa, en sus mecanismos organizativos y de comunicación, ciertas dosis de adaptación a la sociedad actual. Y que si no lo hace, se quedará fosilizada e irá perdiendo pujanza, languidecerá y, tal vez, en unas décadas, desaparezca. O si permanece, lo hará sólo como un reducto extremadamente minoritario.

El rito, lo que sucede en la plaza, debe permanecer invariable. O, al menos, mantener su esencia y profundizar en lo que tiene de puro, de más verdadero. Es imprescindible que cada tarde de toros provoque la emoción en los tendidos. Y hay que ser conscientes que, en una sociedad en la que la cultura audiovisual lo ha invadido todo, en la que quien va a una plaza de toros ha podido ver en un ordenador cientos de veces las grandes faenas de los toreros que se anuncian, la pureza y exposición en el ruedo tienen que ser absolutas. O eso, o será el aburrimiento más total. (Dicho sea con todos los matices: Fandi emociona con su forma de estar en la plaza a miles de espectadores cada año; como Padilla; y Manzanares también lo hizo en el Puerto el pasado domingo con faenas muy alejadas en empaque y profundidad de las que hizo en sus mejores tardes).
Pero a la vez, hay que conseguir que el disfrute de la Fiesta en la plaza sea algo único, cómodo y que acompañe y transcienda lo que sucede en el ruedo. Esto implica desde adaptar los recintos, dar más información al espectador, hacer la lidia más ágil, con menos parones, crear espacios donde sea fácil acudir con niños y con mayores,… Y habría que valorar que quien acude a la Plaza tuviera después la oportunidad de comentar con profesionales el comportamiento de los toros, la actitud de los toreros, los aspectos grandiosos y menos lucidos de la tarde,… Hacer, en definitiva, que ir a los toros fuera una experiencia especial. Del modo que corresponda y tenga sentido en cada plaza y circunstancia: no puede plantearse igual en Pamplona, en plenos sanfermines, donde tal vez lo mejor sea no hacer retoques, que en Las Ventas (donde lo que haya que hacer durante un mes seguido de toros a plaza casi llena será distinto que los domingos en los que cada vez hay menos gente y suceden cosas de menos importancia).

Junto a ello, el gran reto del toreo en la actualidad, como se viene poniendo de manifiesto por los aficionados más lúcidos desde hace varios años, es conseguir que lo taurino se traslade con normalidad a la sociedad. Muchos aficionados y profesionales, cuya vida gira por y para el toro, que solo leen de toros, hablan de toros, escriben de toros en twitter, siguen las andanzas de tal torero o ganadero,… no son conscientes de que eso a lo que ellos dedican su vida no le importa a casi nadie y no tiene trascendencia social alguna. Ferias taurinas como la de San Isidro, que congrega a casi un millón de personas durante un mes en Las Ventas, pasan prácticamente inadvertidas para la mayoría de la sociedad (este año, diez días después de iniciada la feria, muchos taxistas en Madrid no sabían aun que había toros todas las tardes). Y pocos ciudadanos sabrían dar el nombre de más de tres o cuatro toreros, de dos o tres ganaderías, de un solo subalterno.
Convertir la tauromaquia es un reducto para iniciados es una tentación. Pero no es realista. Aunque a muchos nos pudiera gustar disfrutar de la Fiesta entre gente experta y entendida, que apreciara una lidia bien hecha a un toro difícil, que reprochara con respeto una faena desajustada, que reconociera la diversidad de encastes, sus distintos trapíos y comportamientos,… lo cierto es que la Fiesta lo será en tanto sea popular y diversa, subsistirá si hay muchos espectadores que llenas muchas plazas de toros, que pagan sus entradas y repiten año tras año en los festejos de su localidad. Y para ello, además de conseguir que lo que sucede en el ruedo tenga interés, hay que lograr que la gente vea normal hablar de toros, escuchar noticias taurinas, ver imágenes de festejos en televisión.

A esto es a lo que debieran dedicar sus esfuerzos aquellos a los que preocupe la pervivencia de la tauromaquia. Algo que resulta difícil exigir a los que viven de esto (sean toreros, ganaderos o empresarios), a quienes les preocupa, como es normal, su cuenta de resultados inmediata. Por eso, cualquier esfuerzo tendrá que venir liderado por quienes no tienen un interés económico en ello, por aquellos a quienes solo les mueve la pasión. No será sencillo. Pero sería bueno intentarlo. No por tratar de ilusionarse con que la tauromaquia sea algo eterno, sino porque sería una pena que quienes vengan detrás no pudieran sentir la belleza y la verdad que nosotros hemos vivido en las plazas de toros.

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