lunes, 1 de agosto de 2011

Valencia (22 y 23 de julio de 2011) - Sentimientos encontrados

La vida es paradójica a menudo. Y, de vez en cuando, cruel, muy cruel.

El fin de semana se prestaba a la fiesta y al regocijo, al reencuentro y la celebración. Pero el viernes, recién estrenada la mañana, golpeó con fuerza y donde duele.

Uno no estaba ya con cuerpo de celebración, pero fuimos a Valencia en parte con inercia por aquellos que habíamos convocado (que nos habían convocado) y en parte como homenaje. Porque no ha habido nadie que nos haya transmitido tanto ímpetu y tanta alegría.

La tarde del viernes, la corrida de Garcigrande salió sosa y sin clase, a excepción del cuarto. Con ese material, Ponce nada pudo hacer con su primero, un toro sin casta alguna al que cuidó para nada. A su segundo, el único que sirvió de la corrida, le hizo una faena marca de la casa, con temple y estética, finalizada con dos poncinas y mal rematada con la espada. Pudo haber salido a hombros, pero los aceros se lo impidieron.

El Juli demostró una afición demedida y que atraviesa un momento extraordinario, pero no hubo nada que hacer. Su primero se iba después de cada muletazo. Le aguntó y le fue haciendo las cosas cada vez mejor, con algunos pasajes de calidad. Una faena de mucho mérito que marró con la espada (pinchazo y estocada tendida). El quinto fue un toro que manseó en varas y que se puso incierto en la muleta. El julio lo intentó de todas las maneras, pero no había un gramo de bravura y nobleza que permitieran al animal venirse arriba.

Manzanares cortó una oreja a cada uno de sus oponentes, refrendando el momento excepcional que atraviesa, aunque ninguna de las faenas tuvieron la intensidad de otras que le hemos visto esta misma temporada. En el tercero, un toro sin presencia alguna muy protestado, tuvo alguna serie muy completa (la primera por la derecha y otra al natural) y pases aislados de mucha calidad. Intentó matar recibiendo, tal vez para desquitarse de la tarde de aquella inmensa faena de Fallas, y marró a la primera, acertando al segundo intento. El sexto, hizo amago continuamente para irse a tablas, pero Manzanares le retuvo a base de técnica y tesón, enjaretándole pases de una estética importantísima. Mató al toro de una estocada recibiendo con el toro apoyado en tablas, lo cual demuestra una convicción en su poder con la espada fuera de lo común.

Una tarde, en fin, de un torero que quería demostrar que esa plaza era y es la suya, pero que sólo pudo demostrarlo en el único toro de cierto interés de la corrida. Y otros dos, que querían reivindicar que la temporada es algo que se libra entre ellos. Pero son toros desigualmente presentados y, sobre todo, sin fondo de bravura y de clase, no hay manera. Algo habrá que hacer para que tardes como estas tengan una rotundidad mayor, porque los toros lo permitan.

* * *

La tarde del sábado era una tarde propicia para que los sentimientos se desbordaran. La ciudad de Valencia, los aledaños de la plaza, estaban llenos de aficionados de todo el mundo que no querían perderse el regreso del mito y que querían verlo triunfar a toda costa.

Lo importante, sin embargo, es el hombre. Recuperado sin duda en su mentalidad de triunfo y compromiso, aunque continúe aún algo mermado en lo físico y con un punto espectral en su figura que añade congoja al verle en la plaza, desde que se rompe el paseillo.

El traje de la reaparición, un malva y oro, mezclaba de forma curiosa el clasicismo del conjunto con unas lunas en cuarto creciente que le daban un toque innovador y mágico. Vimos a un José Tomás tan comprometido como siempre por hacer las cosas como las siente, por hacer el toreo desde la verdad más absoluta. Con algo más de variedad, pero sin renunciar un ápice al rigor y al estoicismo. Y toreando cada vez más por abajo y más lento.

Quitó por delantales y media abelmontada en el primer toro de Puerto, por gaoneras rotundas en su primero y por chicuelinas en el quinto. Siempre con pureza, con perfección. A pesar de que el viento molestó durante todas la faenas.

En el segundo de la tarde demostró que quiere hacer las cosas cada vez más rotundas, aunque un par de enganchones por abajo, muy por abajo, y la poca clase de su oponente, hicieron que hubiera vibración y sentimiento, pero no la rotundidad de la belleza.

La faena al quinto fue una faena más maciza, más honda. Empezando por el cite desde el centro del ruedo del que salió arrollado y del que se repuso, pese a todo. Y, luego, con series largas y de muchísima entrega y profundidad rematada con una estocada entera. ¿Era de dos orejas? Sin duda, siempre que uno no vaya a la Plaza con escuadra y cartabón, que no se deje el corazón el casa. Sin sentimientos y sin pasión el toreo queda en nada. Y a veces algunos presidentes lo olvidan de plano.

Víctor Puerto recibió bien de capa a su primero e inició la faena de muleta de rodillas con temple y emoción. Luego, la faena se vino a menos y no hubo conexión. Igual que sucedió en el cuarto, un toro sin fuerza con el que no hubo nada que hacer.

Saldívar fue el triunfador numérico de la tarde a base de pundonor (siempre) y de buen toreo (a veces). Tuvo el mejor lote con diferencia y no siempre estuvo a la altura. Hubo ajuste, una cierta imitación de José Tomás (del José Tomás de antes, el reaparecido iba ya dos pasos por delante) y cierta sensación de falta de oficio. Hubo también entrega y verdad. Tiene condiciones, pero le falta reposo y un estilo propio.

Era la tarde de JT. Como hombre y como torero. Y con él lo celebramos. Porque si estamos aquí, mientras estemos, hay que celebrarlo.

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