domingo, 16 de diciembre de 2007

Julio Aparicio

Los noventa, en Madrid, fueron unos años muy duros para los aficionados a los toros. Ferias interminables, pocos toreros de verdadero interés y toros perpetuamente por los suelos.

Hubo ferias con sólo cinco o seis orejas para los matadores. Años en los que el triunfador fue Florito.

Pero, aún así, hubo tardes memorables. De dos de ellas ya hemos hablado aquí: la Goyesca de Joselito un dos de mayo y la de Curro con Soneto. La otra tarde que recuerdo sentir cómo la plaza se volvió loca por lo que estaba viendo fue la de la confirmación de alternativa de Julio Aparicio.

Aparicio, que de novillero tenía ya una importante legión de seguidores, tardó varios años en confirmar en Madrid. Primero por desacuerdos con la empresa, dudas,… y, finalmente, porque una lesión le hizo caerse de la Feria de San Isidro de 1993 en la que estaba anunciado.

La confirmación tuvo lugar el 18 de mayo de 1994, alternando con Ortega Cano y Jesulín. En el toro de la confirmación, Julio no lo vio claro y abrevió.

En el quinto, con la muleta, después de un par de pases de tanteo, echó a correr hacia el centro del ruedo. Comenté entonces con mi compañero de asiento si no habría tenido una visión el torero. Nos extrañaba, pero debió ser algo así. Desde allí, citó al toro y lo embebió en su muleta con pases de una inspiración desbordada. Toreó no sé si por bulerías, soleás o alegrías. Pero toreó flamenco en cualquier caso.

Era un toreo desgarrado. Técnicamente perfecto, pero radicalmente nuevo. Inimitable. Un toreo con el corazón. Arrebatado. Mezcla de improvisación y genio. De sentimiento y raza. De profundidad y adorno pinturero.

Desde la primera serie la gente vibró de una forma que pocas veces he visto en una plaza de toros, y casi ninguna en Las Ventas. Hubo quien se echaba las manos a la cara. Se pellizcaba para ver si estaba soñando. Abrazaba a quien tenía al lado.

Aquello no era una faena al uso. No era sólo buen toreo. Era magia. Un momento único que hacía sentirnos privilegiados a todos los que estuvimos allí.

El torero lloraba, desfondado, después de cada tanda. Y se sentó derrumbado junto a las tablas después de matar al toro. Se vació por completo y nos hizo sentir la inmensa majestad del arte a eso de las ocho y media de la tarde.

Los periódicos lo recogieron al día siguiente.

Joaquín Vidal tituló su crónica “soñar el toreo” y decía cosas como estas:

Fue el toreo soñado. Fue el toreo que los diestros con torería intensa rumian en las duermevelas de las corridas, cuando se amalgaman en los vericuetos del pensamiento los sueños de gloria y los presagios de tragedia. Así fue, como un sueño, el toreo cumbre que recreó Julio Aparicio ante el asombro de la cátedra, en el centro geométrico del redondel.

Fue también el toreo que había soñado la afición. El toreo perfecto, el toreo mágico; la suma y compendio de cuantos retazos de toreo profundo, emotivo y bello se hayan podido ver en toda una vida de aficionado. Aquellos muletazos de dominio, aquellos pases de suavidad infinita, la galanura de las trincherillas y de los cambios de mano, los naturales en su expresión más pura, los redondos convertidos en exquisitez; el broche deslumbrante de las suertes cabalmente ligadas, resuelto mediante el revoloteo jubiloso del pase de pecho el embrujo del ayudado; la estocada en la cruz a volapié neto, volcándose el matador sobre el morrillo del toro. Todos esos retazos de la tauromaquia excelsa —con marca exclusiva y autoría precisa cada cual—, que se hubieran llegado a ver en toda una vida de aficionado y se mantenían frescos en el recuerdo, de repente se ensamblaban y fundían convertidos en una sola y monumental creación artística, en el centro geométrico del redondel de Las Ventas.

Julio Aparicio fue el creador. Ocurrió de súbito. Trasteado el toro en unos armoniosos pases de tanteo, debió venirle de golpe la inspiración, corrió al centro geométrico del redondel, citó desde esa distancia, embarcó al toro que acudía vivo y fijo a tranco alegre, y de ahí en adelante obró el prodigio de transfigurar el toreo técnicamente perfecto en una explosión de fantasía.

¡Qué locura, entonces! El público pasó del pasmo al delirio.

Ruben Amón, en El Mundo, titulaba “un torero en trance” y escribía en su crónica:

El trance, en términos religiosos, es el estado del alma en unión mística, y, en términos de esoterismo, la manifestación de situaciones paranormales a través de un médium. Una y otra definición aproximan la revelación de Julio Aparicio en Las Ventas, pero resultan insuficientes para explicarla completamente.

Ignoramos las razones que animaron al torero de Sevilla -y ya de Madrid- a romper con su apatía para desafiar en los medios al toro de Alcurrucén. Nunca sabremos si la inspiración divina alentó semejante aparición o si la faena -el faenón- fue la expresión de una raza contenida por la incertidumbre del futuro y la responsabilidad de la tarde. El caso es que Julio Aparicio meció en sus muñecas el incansable ir y venir del toro, desató la pasión con naturales de ensueño y dibujo derechazos de oro que iluminaron los tendidos y desataron la emoción.

El toreo, un clamor. Y Aparicio, un artista en estado de gracia que acariciaba en el vuelo de su muleta la nobleza de aquel bravo animal cuyas embestidas obedecían el camino de una faena memorable.

En los medios, Julio Aparicio ofrecía el pecho, adelantaba el engaño, cargaba la suerte y encadenaba los muletazos con los pies atornillados y el gesto hierático. Inolvidable.

Lloraba Aparicio y aplaudía el público. Era el símbolo de una comunión efímera en la plaza e imborrable en la memoria. «Los muletazos me salían del alma», dijo Rafael de Paula cuando se apareció en Las Ventas aquella feria de otoño del 87. Y del alma le salían los muletazos a Aparicio, que se desmayaba en series de muletazos hondas y bellas, unas veces rematadas con pases de pecho interminables y, otras, mediante aterciopelados trincherazos y pintureros cambios por delante.

Aquella tarde, más que una alternativa, se confirmó la genialidad de este torero. Que desafortunadamente no ha tenido la continuidad que hubiéramos querido. La temporada pasada parece que algunos tuvieron la suerte de verle también momentos de inspiración.

¿Se repetirá en el 2008? ¿Por qué no lo ponen en la tarde de la reaparición en España de Morante, el 29 de febrero en Vistalegre? Con Juan Bautista o Curro Díaz, por completar el cartel.

1 comentario:

aleloquerido dijo...

¿No se habían "acabao" ya los toros? Por lo menos en el canalplus ya no los ponen...

Voy a poné la clave pa que se inserte el comentario.