martes, 22 de abril de 2014

Sobre lo de Málaga el Domingo de Resurrección

Después de muchas temporadas, este Domingo de Resurrección no he ido a los toros a Sevilla. Y no porque no me apeteciera ver a los miuras, que tan buena tarde nos hicieron pasar el año pasado. Sino porque me parecía que la conformación del cartel había hecho perder importancia al Domingo de Resurrección y, a la vez, quitar relevancia la tradicional tarde de los miuras al final de la feria. Dos errores más que añadir a los múltiples que coleccionan los gerentes del coso del Baratillo (lo de llamarles “empresarios” es ofensivo para quienes dignamente crean una empresa, riqueza e ilusión).

A cambio, fui desde Sevilla a Málaga en viaje de ida y vuelta en el día. Buen plan con amigos y mucha ilusión en lo que se aventuraba una gran tarde de toros. Me consta que, como yo, muchos fueron desde distintos puntos de España, Francia y otros países. Los toros, los toreros, la Fiesta, sigue atrayendo a mucha gente. La ilusión nos hace hacer largos trayectos y gastar no escasas cantidades de dinero.

El día en Málaga fue desapacible en los meteorológico, aunque mejoró a la hora de la corrida. Pero, al final, la corrida fue decepcionante. Y no tanto por la disposición de Morante y el Juli sino por el nefasto juego de los toros. Particularmente no veo inconveniente en que, en algunas tardes especiales (corridas de un solo matador, mano a mano o gestor con ciertas ganaderías), los toreros elijan los toros que quieran lidiar y que se obvie el sorteo. Creo que el reglamento no debe interferir en esto. Pero, obviamente, si esto se hace es porque hay una especial responsabilidad y conocimiento de los toreros en la elección de los toros. Era desolador comprobar la mañana de la corrida que se habían tenido que reconocer 18 toros para elegir los 6 de la corrida. Los corrales de la plaza esa mañana estaban llenos como si fuera el comienzo de la feria de agosto. Y en la trasera de la plaza esperaban varios camiones (es de suponer que para devolver al campo los toros que no se lidiaran). Y después de todo aquello, ninguno de los toros que salieron fueron especialmente pujantes, bravos, repetidores y nobles.

La sensación al final de la corrida, compartida con muchos aficionados, es que la responsabilidad de los toreros (y de los ganaderos de los que las figuras lidian casi toda la camada) pasa por conocer lo que hay en el campo y por asegurarse que lo que sale por chiqueros no se va a caer, se va a mover y va a tener poder para soportar la lidia. Particularmente no busco un toro grande, cornalón, ni de presencia apabullante. Habrá ganaderías que los den y otras que no. Pero sí quiero un toro que se mueva, que embista y que no claudique. Acepto que los toreros elijan las ganaderías que les gusten e incluso que, en determinadas tardes, se obvie el sorteo. Pero si lo hacen, es suya toda la responsabilidad de lo que salga a la plaza. Y si eso es así, en Málaga los toreros, intencionadamente o no, se equivocaron. Y echaron al traste la ilusión, el tiempo, los viajes y el dinero de mucha gente.

Seguiremos acudiendo a las plazas a verles otras muchas tardes. Porque los momentos que dejó Morante con el capote no se olvidan. Y porque el Juli está en un momento excepcional y demostró una capacidad y una inteligencia fuera de lo común. Pero precisamente por eso su responsabilidad es mucho mayor. Más aun cuando, por muchas razones, han decidido decir que no a la empresa de Sevilla. En Málaga todo estaba en sus manos. Tenían que haberlo hecho mejor, mucho mejor, en la selección de los toros a lidiar. La responsabilidad es suya. Y el error no debe repetirse.