domingo, 3 de julio de 2011

Madrid (26 de junio de 2011) - Estampas costumbristas

La corrida del pasado domingo en Madrid no da para una crónica taurina (lo que salió por chiqueros impidió cualquier atisbo de actuación artística), pero sí permite una curiosa reseña costumbrista.

Una reseña para contar, es un ejemplo, que uno llega a la plaza con media hora de antelación para poder comprar tranquilamente su entrada y dar antes del festejo una vuelta por las exposiciones de rigor, agenciarse un programa, degustar unos tragos,... Uno llega media hora antes y debe pasar más de veinte minutos en la cola para comprar su entrada, al tórrido sol de finales de junio. Las taquillas son las que son y para qué vamos a abrirlas todas pudiendo haber sólo tres o cuatro abiertas. Para qué vamos, además, a preparar información básica para los turistas (mayoría que ocupan la cola) que explique en su idioma lo que van a ver, les informe sobre los precios y les ayude a agilizar la compra en la taquilla. Para qué vamos a poner unos carteles que indique a estos neófitos que quienes han comprado entrada por internet no tienen que hacer cola sino que deben pasarse por la máquina expendedora adecuadamente camuflada que hay en el recoveco más recóndito de la plaza...

Uno no debe, sin embargo, quejarse de esas cosas. Da tiempo a entablar conversación con alegres estudiantes americanas que no guardarán en su retina lo que pasó en la plaza, pero sí lo modernos que son los españoles organizando sus cosas.

Estas esperas, además, generan ocupaciones variopintas, oportunidades profesionales, algo que en épocas como esta es algo de agradecer. Por ejemplo, ese tipo de edad indefinida, desaliño apabullante, olor nauseabundo y ausencia de conocimiento alguno de idiomas (maneja sólo el español, y con dificultad), que pretende ahorrar minutos de cola a los desprevenidos, indicándoles que no van a poder comprar las entradas que quieran en taquilla y que él las tiene (eso sí, a cinco veces su precio). Lo de los reventas en días como estos, con menos de un cuarto de plaza cubierto, es sencillamente delirante.

Uno va acercándose a taquilla pensando en estas cosas y comprueba que han cambiado los toros de la ganadería anunciada. No está mal, con decenas de miles de toros en el campo que al parecer "sobran" esta temporada, se reseña una corrida para Madrid y seis o siete días después, se percatan de que no sirve. Pero no passssaaaaa nada, se cambian los toros y a correr. (A lo que se ve, no es preciso ni que vengan las figuras ni que estemos en San Isidro para que haya lío en los corrales. ¡Vaya tropa!).

Como ha habido cambio de toros y el Reglamento permite la devolución de las entradas, debiéndose anunciar esta circunstancia al público, la empresa pone un pequeño folio explicativo (no sé yo quién habría comprado la entrada con antelación y va a cambiarla ahora, pero esto es otra guerra...). Eso sí, lo del folio es parte de la gymkana a la que quieren someter a los turistas. "Los toros de la ganadería anunciada... han sido sustituidos... lo que se anuncia a los efectos oportunos". Antes, cuando pasaban estas cosas, el cartel decía con claridad que se podían devolver las entradas. Esta empresa, sin embargo, prefiere la literatura policíaca a los carteles de ultramarinos, y con ese "a los efectos oportunos" despierta la imaginación y el ansia de saber de aquellos curiosos que lo lean. Todo un alarde de ingenio para cumplir la ley (nosotros lo hemos anunciado), burlando su finalidad (que la gente sepa que puede cambiar sus billetes).

Después de todo esto, uno entra a falta de dos minutos para que salgan los alguacilillos, no hay programas (para qué vamos a hacer de sobra, pensará la empresa), no hay tiempo para ver las exposiciones, la copa hay que pedirla de forma apresurada y llega uno más justo a su sitio que en las tardes de San Isidro. Realmente, la forma de montar el espectáculo en la primera plaza del mundo es para ponerle un monumento a seis o siete.

Lo que después salió por chiqueros fue un absoluto despropósito, con toros flojos y descastados, dos devueltos, lo que sumado a un "remiendo" en la corrida ya remendada hizo que viéramos toros de cuatro ganaderías (María Gascón, Javier Pérez Tabernero, Domínguez Camacho y El Sierro). Y alguno más pudo ser si se hubiera devuelto al quinto bis, flojísimo toro que el Presidente se empeñó en no devolver, supongo que para no hacer aquello más interminable.

Los toreros, Joselillo, Joselito Adame y Pepe Moral, pusieron voluntad y evidenciaron que quieren ser algo en esto, que tiene maneras y cierto oficio, que mejorarían si les dieran más oportunidades y con toros que permitieran algo más el lucimiento. Adame, además, sufrió una pequeña cornada a la que se sobrepuso para no perder su oportunidad. Como curiosidad, Adame instrumentó unas lopecinas en el segundo, toro al que se picó bastante bien.

La corrida, al cabo, un despropósito infinito. Una nueva experiencia de lo peor del casticismo y de la urgente necesidad de que la "plaza de temporada" no se convierta en una plaza de saldo que recoja a turistas despistados a los que, además, se pretende engañar cuando hacen tranquilamente al sol la cola para comprar su entrada.

2 comentarios:

José María JURADO dijo...

No vuelva a usted a los toros mañana.

José María JURADO dijo...

Que diría Larra.

Yo, con más de cuarenta, me perdoné la novillada de Sevilla.